Nickolas Butler – Canciones de amor a quemarropa

Y ahora, detrás de la barra hay un tarro nuevo, uno de conservas, pequeño, justo para chutney o mermelada o un puñado de judías verdes, completamente lleno de aire salvo en el fondo, donde reposa una cosa tosca y llamativa: la bala de Lee, una bala sin encurtir que un forastero que pasaba por el pueblo disparó con su pistola.

arton1234-185ad.jpg            Antes de leer un libro, suelo investigar qué dicen de él. Sorprendida me hallé cuando me encontré tan buenas críticas internacionales sobre la primera novela de Nickolas Butler, Canciones de amor a quemarropa (2015, Libros del Asteroide). Más de un año después de haberlo leído por primera vez, los personajes, la historia y la maravillosa escritura de Butler seguían conmigo, así que decidí dedicarle otra lectura. Pocos libros siguen ganando una segunda vez, pero este es, sin duda, uno de ellos.

            Canciones de amor a quemarropa es una novela de las que más me gustan, de aquellas que están llenas de vida y, con ello, melancolía, de las que no ocultan nada. Con él, Butler nos demuestra que tiene la sensibilidad y el talento necesarios para hacer de la vida una poesía y, qué queréis que os diga, no hay nada que me parezca más bello que eso.

            El relato se centra en Little Wing, un pueblecillo de Wisconsin, donde nada y todo pasa. En dicha ubicación, la amistad, el amor, la traición y la vida en general se explican a través de la narración de cuatro amigos y de la mujer de uno de ellos. Henry y Beth, novios desde la infancia, se casaron y asentaron en Little Wing; Lee se convirtió en un músico de gran fama, viajando por todo el mundo; Kip, con un gran negocio entre manos, se fue a vivir a Chicago con su mujer, mientras Ronny era un gran cowboy de rodeo. Salvo Henry y Beth, todos acabaron yéndose de la ciudad, pero, tras la reunión en una boda, decidieron volver a su hogar para empezar otra vez e intentar solventar sus vidas truncadas.

            Desde ese momento, los problemas empiezan a aflorar: Kip invierte todo su dinero en una fábrica que no consigue sacar a flote; Ronny sufre problemas de alcoholismo y de salud tras su gran accidente como cowboy; Henry y Beth luchan por superar el estatismo de la ciudad de la que no han salido, así como el dolor de un gran secreto sacado a la luz, y Lee vuelve, tras un divorcio exprés, con el corazón roto y con un gran amor de la infancia del que no se ha podido olvidar.

            Estos problemas cotidianos que podríamos vivir cualquiera de nosotros sirven como puente para tratar los temas principales de la novela: el amor, la amistad, la traición, el perdón, el sentimiento de “hogar” y, en definitiva, todo aquello de lo que trata la vida. Todo ello lo vemos en la estabilidad matrimonial de Henry y Beth en Little Wing que, aunque a veces resulte difícil de llevar, acaba por unirles más aún; en la intensa necesidad de Lee por encontrar el amor verdadero, alguien que le quiera como es y que también quiera a su ciudad, es decir, alguien como Beth; en la amistad entre personas que han crecido juntas pero que han evolucionado individualmente, cambiando con el paso de los años; o, también, en la sensación de tener un hogar al que, aunque te hastíe a veces, acabes volviendo siempre porque te hace sentir seguro.

            De todo esto y de cada aspecto de la vida, con sus simplezas y complejidades, trata Canciones de amor a quemarropa. Y es que Butler es tan gran escritor como observador y no falla al mostrarnos, en palabras de Beth, que, pese a que las personas evolucionen inevitablemente y resulte difícil crecer junto a ellas en el mismo estático lugar, lo más importante es reconocer a aquellas necesarias para nosotros, esas «personas que descuelgan el teléfono en el momento justo y llaman porque están preocupadas por ti, porque quieren oír tu voz», aquellas «que te dicen que no pasa nada por llorar o que ya es hora de dejar de llorar y que hay que ponerse en pie y seguir adelante» o «que te dicen que eres hermosa, que te quieren», aceptarlas con sus imperfecciones y, sobre todo, perdonarlas.

            Quizá la belleza y la credibilidad de la historia que Butler nos cuenta se deben, entre otras cosas, al uso tan apropiado de la narración múltiple. Los diversos narradores que se intercalan ayudan a que comprendamos y empaticemos con todas las versiones de la historia, con todos los puntos de vista y con todas las diferentes emociones. Solo con esto, que no es fácil de conseguir, sentimos que Canciones de amor a quemarropa vale la pena.

            Además, otro de sus muchos puntos fuertes es la brillante descripción de la ambientación, sirviendo no solo como un perfecto escenario para el tratamiento de dichos personajes sino también como un personaje en sí mismo. Little Wing está perfectamente alineado con cada uno de los amigos y es el hogar que hace que el relato sea real, creíble, sin el que no habría historia en absoluto. Butler usa las diferentes narraciones de los personajes para mostrarnos la relación que tienen con su entorno y, además, de una forma tan bella que no podemos evitar sentirnos tan unidos a Wisconsin como ellos lo están.

            Little Wing, además de servir como una ambientación perfecta, es usada para contraponerla con la gran ciudad, Nueva York, en el momento en el que todos, menos Kip y Felicia, acuden a la boda de Lee. El hogar, por muy pequeño o estático que sea, rezuma honestidad y autenticidad, mientras que Nueva York es descrita como una ciudad efímera y cínica. Y, aunque mi “hogar” siempre haya sido una ciudad de millones de habitantes, consigo comprender sin dificultad el amor que puede llegar a sentir alguien por el pueblo que le vio nacer y crecer, ese amor que te hace daño en ocasiones por su inmovilidad, pero al que siempre acabas perdonando y volviendo porque sabes que en ningún otro lugar vas a sentirte seguro, genuino o querido. Algo muy parecido a lo que les ocurre a Henry y a Lee o a Henry y a su esposa: por mucho que nos hagan daño, si la balanza compensa, siempre vamos a perdonar, siempre vamos a volver

            Sé que muchos aseguran que Canciones de amor a quemarropa es un tópico o que es excesivamente cursi sin decir nada. Y, aunque sea una firme creyente de la libertad de opinión, les debo decir que a mi parecer están confundidos. Es un libro precioso con un lenguaje lleno pero poético que no solo cuenta una realidad sino que, además, la hace creíble, la hace especial, como todas nuestras realidad pueden serlo si son bien contadas.

            Canciones de amor a quemarropa fluye y nos hace sentir con cada palabra como si estuviésemos en un largo domingo invernal, observando tras la ventana los copos caer mientras los niños saltan y corretean por la nieve, cayéndose, jugando y, en definitiva, viviendo. Su narración fluida y poética te envuelve en melancolía y te dejas embaucar por ella, disfrutas cada momento, cada lágrima y cada sonrisa, como una canción de Bon Iver —mucho estaba tardando en nombrarlo, ¿verdad?— que duele porque desborda emoción y, en el fondo, eso nos encanta.

            Con su precioso relato, Nickolas Butler nos rompe el corazón una y otra vez para luego curárnoslo, como sucede con la amistad, el amor o la vida en general. Y es que no es nada raro que Canciones de amor a quemarropa haya triunfado tanto que dentro de poco la podamos ver —por favor, no la caguéis— en la pantalla grande, pues me atrevo a asegurar que no he leído libro que emocione tanto, con el que empatices tanto, y que consiga todo eso sin perder su brillante estilo literario, lleno de poesía y melancolía, y con una caracterización de los personajes tan profunda que encaja perfectamente con su entorno.

            La primera novela de Nickolas Butler es para aquellas personas sensibles que amamos la vida con sus sufrimientos y alegrías, para aquellas que pensamos que la poesía se halla en todas partes y para aquellas que amamos la melancolía. Porque a veces el arte imita a la vida y es un honor que todavía exista gente que sepa hacer esa magia.

NOTA: 5/5

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Charles Bukowski – Mujeres

Le abrí una lata de atún blanco, conservado en aceite de primera calidad. Peso neto 7 onzas.

CM95_G.jpg            Todo el mundo que sea un poquito conocedor o amante de la literatura sabrá quién es Charles Bukowski y, sin duda, tendrá una opinión bastante firme —positiva o negativa— al respecto. Por esta misma razón, he de dejar claro que Mujeres, su tercera novela, no es apta para aquellos que se tomen la vida demasiado en serio. Sin embargo, si consigues olvidarte un poco de la superficie misógina de la que se compone casi todo el libro, descubres que, al menos en esta ocasión, la lectura sí merece la pena.

            Empecemos por lo básico: Mujeres es el relato de Henry Chinaski, álter ego del propio autor, basado principalmente en sus raras experiencias amorosas o sexuales, desamores, rupturas o desinterés en torno a las mujeres. Chinaski es un señor de avanzada edad que dejó su trabajo en una oficina de correos para convertirse en escritor. Se nos presenta como un hombre egoísta, misógino, solitario, que no espera gustar a nadie —como el propio Bukowski—  y, en ocasiones, altamente paradójico. Odiando como odia al mundo de la literatura y no queriéndose relacionar con ningún escritor, resulta curioso cómo se aprovecha de su fama para conseguir experiencias sexuales con jóvenes mujeres. Para él, dentro de los placeres de la vida se sitúan las cosas más mundanas: ir al hipódromo, al boxeo o, por supuestísimo, follar.

            Durante todo el relato, se nos muestran numerosas experiencias sexuales detalladas con mucha concreción, pero también una gran cantidad de situaciones hilarantes que vive con sus amores o desamores, normalmente tan mal de la cabeza como él mismo está. Conforme el libro va avanzando, me sentía realmente aburrida de tantos detalles sexuales y de tanto “usar y tirar” con las mujeres que aparecían en su vida. Esperaba ansiosamente que Chinaski tuviese alguna epifanía que le eximiese de toda esa carga misógina que mancha su relato. Afortunadamente, esa evolución ocurre a lo largo de la última parte del libro. Y así conseguimos ver, por fin, cómo Chinaski es capaz de practicar la autocrítica e, incluso, rechazar la llamada de una jovencísima seguidora por primera vez.

            Mujeres es una novela que engancha, y una de las razones por la que eso es así es que no nos podemos creer que exista alguien tan sumamente gilipollas como el protagonista. Porque, al fin y al cabo, todas sus conductas, lejos de resultar ofensivas, acaban por parecer un mecanismo de defensa desesperado para protegerse de algo. ¿Y qué es ese “algo”, aquello que perturba tanto la existencia de Chinaski?, nos preguntamos, mientras sentimos un ápice de pena por él.

            Es completamente comprensible llegar a sentir odio por este personaje, pero si el lector es una persona ligeramente empática y sensible entenderá que todos tenemos miedos y vulnerabilidades como el protagonista, que Chinaski no deja de ser un hombre «viejo y feo» que, como él mismo se replantea, está tratando de meterse en un camino que le «alejase a la muerte». Lo que él no quiere, en absoluto, es «envejecer de mala manera», sino simplemente «estar muerto antes de que llegase la muerte»; es decir, carecer de sentimientos —o intentarlo desesperadamente—  para que el final de los finales duela menos. De hecho, él mismo reconoce que prefiere a las prostitutas, ya que las «buenas mujeres […] a veces querían tu alma».

            Quizá para muchos esa no es una razón de suficiente peso para tratar a otros ser humanos de la manera como él los trata. Sin embargo, no me mintáis: ¿quién no se ha sentido tan solo que todo lo que podía hacer era usar a las personas con el fin de sentir un poco de compañía? Puede ser que no con tanta crueldad como Chinaski, pero es imposible —al menos para mí— no empatizar, no comprender el sufrimiento existencial que vive una persona en sus últimos años y, sobre todo, no compartir el deseo de devolverle a la vida todo el daño que produce. «A mí nunca me parece bien estar solo, algunas veces no me sentía mal, pero nunca me parecía bien», nos suelta en un momento en el que parece derribar algunas barreras. Y que levante la mano quien esté libre de pecado.

            En la parte técnica, por supuesto, Mujeres, como todas las obras que he tenido el placer de leer de Bukowski, es impecable. Bukowski no se molesta en decorar las palabras, en usar eufemismos o en pintar una realidad de un color que no es suyo, y eso me encanta. Su realismo sucio, más sucio que el de cualquiera de los demás representantes, enamora porque, al fin y al cabo, como persona amante de las letras que soy, considero que, a la hora de describir una situación o una realidad, las palabras más burdas son las más honestas y las que poseen mayor significado. Su estilo literario es brillante y único y, por este motivo, ha sido y seguirá siendo imitado —a veces gloriosamente, y otras no tanto— en numerosas ocasiones.

            Bukowski fue sin duda uno de los mejores escritores de su época. Sin embargo, yo siempre he sido una acérrima seguidora de su poesía, porque en ella es muy complicado esconderse tras un velo de egoísmo y maltrato. Puede ser que en prosa sea conocido por sus brutas historias que quizás en relatos cortos llegan a apasionar, pero en novela se hagan pesadas e, incluso, molesten con tanta hazaña sexual repetitiva. Y, posiblemente, se haría una historia completamente imposible de soportar si no fuese tan gran escritor o si no se nos presentase una evolución del personaje tan clara y que tanto agradecemos.

            Y es que Mujeres es una obra más sentimental de lo que parece, es un ejercicio de exploración personal, de redención en cierto modo. Sin duda, no os culpo si os molesta su relato, pero, a mi parecer, no hay nada más humano que cuando alguien —llamémoslo Chinaski; llamémoslo Bukowski— se explora para conocerse e intenta pedir perdón y enmendar sus errores. Todos cometemos fallos, pero no todos aprendemos de ellos.

            Leedlo, comprendedlo y perdonadlo. O no, o simplemente disfrutad, reíd y divertíos con su molesto pero hilarante relato superficial, que es algo que sin duda Bukowski sabe hacer mejor que nadie.

NOTA: 3/5

María Virginia Jaua – Idea de la ceniza

And the rest should be silence…

virginia jaua idea de la ceniza.cdr            «Filosofar es aprender a morir», decía Derrida. Esta frase, incluida en el libro Idea de la ceniza (Periférica, 2015), quizás sirve para comprenderlo en su totalidad. Prestemos, pues, mucha atención, porque Idea de la ceniza es una “novela” difícil: difícil de leer, de comprender, de reseñar y, como supongo, difícil de escribir para María Virginia Jaua.

            Pongo “novela” entrecomillada porque nos encontramos frente a un texto que bien podría ser novela epistolar y bien podría ser un ensayo. Pero dejemos los géneros, que solo sirven para clasificar y este libro no se merece ser clasificado. Porque lo que es importante aquí no son ni los personajes, ni el narrador, ni la ambientación, ni la tensión narrativa, ni tan siquiera la emoción: solo y únicamente las cenizas. Las cenizas de la pérdida de un ser amado sin el rastro concreto del dolor.

            Idea de la ceniza es un libro sobre el duelo, es un ejercicio espiritual para aceptar dicha muerte. Mediante la recopilación de unos emails que los enamorados se envían en la distancia descubrimos su amor, el recuerdo de ese amor que sigue sobreviviendo aunque uno de los personajes haya dejado de existir. Lo único que queda son las cenizas, transformadas en palabras, de sus protagonistas que, durante todo el relato, se funden en uno. De hecho, no sabemos con exactitud quién está hablando, a no ser que sea por el género de algún adjetivo o participio, ya que en realidad no importa.

            Sin embargo, no es un libro para todo el mundo. Es exigente, requiere mucha atención, mucho conocimiento y, en parte, mucha sensibilidad. Para quien esté buscando una mera novela sobre el amor o sobre la pérdida del ser querido con la que entretenerse y con la que no pensar en exceso, le diría que hay muchas, y que busquen También esto pasará. Pero si lo que buscáis es un texto que os haga reflexionar, que se os plantee como el reto que seguro también se le planteó a la escritora, sin duda es vuestro libro.

            De Idea de la ceniza agradezco que me haya hecho intentar unir todas las neuronas que me quedan para comprender el duro proceso que conlleva el duelo, aunque reconozca que mi carencia del suficiente bagaje filosófico y de la necesaria experiencia con la muerte me haya imposibilitado para disfrutarlo completamente.

            De todas maneras, este “epitafio” en forma de texto es original —adjetivo que es muy difícil de encontrar dentro de la marabunta de libros que se publican cada mes— y es muy recomendable. María Virginia Jaua ha conseguido crear, a través de las cenizas, dos personajes que son uno y que, en gran parte y gracias a las palabras, siguen sobreviviendo.

… Y a pesar de la distancia, tu pensamiento es lo único que alcanzo a escuchar, lo único que en medio de todo este estruendo  «habla». (p. 30)

NOTA: 3,5/5

Aleksandra Lun – Los palimpsestos

El explorador polar me guiñó un ojo.
—Llámame Ernest.

9788494353956.jpg            He de decir la verdad: no sé muy bien cómo empezar a escribir sobre la primera novela de Aleksandra Lun, Los palimpsestos (2015, Minúscula), no porque haya poco que decir sobre ella, sino porque hay demasiado; porque es tan sumamente original y disparatada que cualquier palabra es insuficiente para describirla como se merece.

            Los palimpsestos narra la historia de Czeslaw Przesnicki, un aspirante a veterinario que fracasa con su primera novela Wampir, escrita en antártico pese a ser polaco. Czeslaw es ingresado en un hospital belga, donde le aplican la “terapia bartlebiana” para curar su “síndrome de escritor extranjero”. Pronto descubre que no es el único afligido por esa curiosa enfermedad y recibirá la visita de otros escritores que tampoco escriben en su lengua materna.

            Czeslaw Przesnicki se nos presenta como un “unreliable narrator” —como nos gusta llamarlo a los filólogos ingleses, deseosos de encontrar uno—, es decir, su narración no es confiable porque partimos del hecho de que, evidentemente, no está bien de la cabeza. Sin embargo, en su incredibilidad nace la extrema comicidad de la obra. La narración es tan sumamente brillante que, desde el principio hasta el final, no podemos parar de reírnos con su inverosímil relato.

            Otro fantástico aspecto de Los Palimpsestos son, sin lugar a dudas, los personajes secundarios. Personalidades tan grandes de la literatura como Cioran, Conrad, Nabokov, Beckett o Blixen, entre otros, que irrumpen en la historia por sorpresa para ofrecernos un jocoso espectáculo en el que se mezcla la irrealidad con la realidad. No contenta con eso, Aleksandra Lun nos muestra también, haciendo alarde de su increíble bagaje cultural, la obsesión de Przesnicki, no sólo con el sexo —o con su carencia de vida sexual—, sino también con los hombres de la literatura. Przesnicki describe, siempre desde la comicidad, sus efímeras relaciones amorosas con personajes de la literatura como Hemingway, Meville o Javier Cercas, que siempre acaban en un desencanto en el que el protagonista se ve sumido en un océano de llantos y de lectura filosófica.

            Conforme el relato de Przesnicki avanza y nos vamos encandilando con sus sesiones de psiquiatría, descubrimos la verdadera razón por la que se volvió loco y lo acabaron encerrando en dicho hospital psiquiátrico de Lieja. Eso sí, siempre oculta en un fondo de situaciones tan locas como unos escritores antárticos pegándole palizas a nuestro ya amado protagonista, dejándole siempre en una ciudad diferente de Europa para vivir otra aventura. Su obsesión resulta ser, simplemente, su incapacidad para escribir en su idioma materno y su fracaso a la hora de convertirse en veterinario —hecho que le hace maltratar en ataques de locura a animales, pese a tener una curiosa fijación con Rex, un policía diferente—.

            Como amante de la literatura he de dar las gracias a Aleksandra Lun por las maravillas que ha conseguido a la hora de crear este libro. Perfila perfectamente a los personajes para hacerlos divertidos y creíbles dentro de su inverosimilitud. Crea repeticiones verbales continuas en el personaje que no nos aburren sino que nos divierten cada vez más. Przesnicki es un personaje tan brillante que solo necesitamos a él y a su locura obsesiva para que la obra funcione perfectamente. Necesitamos que le traicionen mucho los nervios y que siga haciéndonos reír y eso, definitivamente, es lo que consigue.

            Además, hay que añadir que la autora de esta obra, Aleksandra Lun, también es polaca y también escribe en un idioma que no es el suyo. El paralelismo con su protagonista es inevitable y en todo momento nos hace preguntarnos por qué y para qué un escritor decide escribir en un idioma extranjero o, incluso, si es decisión propia o algo que le ha venido impuesto. De hecho, su personaje principal, Przesnicki, hace una fantástica comparación entre los animales domésticos y las lenguas: la lengua materna es un perro dócil que nos saluda al llegar a casa, contento de que hayamos vuelto, que nos da cariño y es fiel; la extranjera es como un gato, arisca, que no nos necesita salvo para darle de comer.

            Y es que siempre me ha costado a mí, personalmente, comprender por qué una persona elige un idioma que no es el suyo de forma nativa para escribir, ya que, sin duda, no tendría tanta libertad creativa. Sin embargo, si Aleksandra Lun me ha hecho llegar a alguna conclusión es que da exactamente igual en qué idioma escriban si son capaces de crear obras con tanto nivel literario y tanta originalidad.

            Los palimpsestos es una historia inverosímil y absurda que, lejos de parecer ridícula, resulta tan hilarante en su surrealismo que no te permite apartar los ojos de cada palabra. Y también es que yo siempre he sido más de gatos.

NOTA: 5/5

 

Harper Lee – Matar a un ruiseñor

Apagó la luz y fue al cuarto de Jem. Se quedaría allí toda la noche, y seguiría allí cuando Jem se despertara por la mañana.

matar-un-ruiseñor-harper-lee-nuevaedición-harpercollinsespañol-to-kill-a-mockinbird.jpg            Hay algunos afortunados que nunca mueren de verdad porque siempre tendrán un legado en el mundo y siempre habrá una parte de ellos que será recordada. Harper Lee murió el 19 de febrero de este año y este es mi intento de mantenerla viva. No hay mucho que pueda decir que no se haya dicho ya sobre la primera —y única, hasta que se publicara hace poco Ve y pon un centinela (2015, Harper Collins)— obra de Harper Lee, Matar a un ruiseñor, pero eso no me impedirá intentarlo.

            Lo primero que quiero decir de esta gran obra es que ahora, por fin, comprendo por qué es lectura obligada en los colegios de países anglófonos. Y lo segundo es que, de hecho, lo que no entiendo es por qué no lo es en los colegios de los demás países. Matar a un ruiseñor es pura bondad y respeto y, sin duda, opino que nos hace mejores personas al leerlo. Hace daño pensar que los temas tratados —el racismo, las clases sociales, la problemática dentro del género, etc.— en el escenario del sur de los Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX no se han quedado anticuados y seguimos sufriéndolos en todo el mundo.

            Al meternos en los ámbitos concretos del libro, nos encontramos con que Matar a un ruiseñor es una obra narrada desde la perspectiva juvenil de Scout Finch, con un toque de madurez, como si lo estuviese recordando la ya adulta Jean Louis Finch. Scout, según avanza el libro, va aprendiendo poco a poco de su padre, Atticus Finch, el abogado del pueblo, valores como el respeto, la justicia o la igualdad. La novela se revuelve alrededor de un difícil juicio en el que Atticus defiende a un negro —Tom Robinson— de la injusta acusación de haber violado a la hija de Bob Ewell, el borracho y violento del pueblo. Pese a la inocencia de Robinson y la maldad de Ewell, el juicio acaba por ignorar los hechos y basarse en la lucha entre blancos y negros. Jem Finch, hermano de Scout, ve su respeto por la justicia americana roto tras el veredicto de dicho juicio y Dill, amigo de Scout, siente náuseas al oírlo. Sin embargo, el mundo adulto se queda igual y da la impresión, en palabras de Atticus Finch, de que, al ver la injusticia, «al final, parece que solo lloran los niños», ya que son ellos los únicos que todavía no han sido corrompidos con los valores, aunque incorrectos, de la sociedad y conservan su inocencia.

            De todas maneras, aunque el suceso principal de la novela sea el juicio, hay personajes que son un argumento en sí mismos y que sirven para desarrollar los temas que se tratan. Por ejemplo, en la cuestión de las clases sociales, tenemos a las familias Ewell y Cunningham que, aunque son igual de pobres, los Ewell carecen de los correctos valores y de respeto hacia los demás, mientras que los Cunningham son el paradigma de bondad y respeto, no aceptando nada de forma gratuita, aunque, en ocasiones, tengan que seguir los valores de la sociedad por miedo. Asimismo, en el tema del racismo tenemos a personajes tan claves como Calpurnia o Dolphus Raymond. Calpurnia es la criada de la familia Finch pero es tratada como mucho más que eso: cuida y educa a los niños correctamente y a su voluntad, es respetada y ayudada todo el tiempo e, incluso, lleva a los niños a las ceremonias religiosas de la gente de color sin que suponga ningún revuelo. Dolphus Raymond es un blanco que vive entre negros, según es descrito, y que, de hecho, tiene como esposa a una mujer de color con la que tiene varios hijos mestizos. El Señor Raymond se hace el borracho para que la gente no cuestione sus actos pero, en realidad, confiesa a los hermanos Finch que es así como quiere vivir y como se siente a gusto. Por otro lado, tenemos a la tía Alexandra que lucha contra Scout y contra su padre, demostrando, también, las problemáticas de género vividas en la época. Scout es una chica imaginativa, que juega con su hermano mayor y que se ensucia, a la que no le gusta llevar vestidos y, en definitiva, llevar el papel de “dama” como es comúnmente considerado. Y, por si no fuese poco, también encontramos una crítica al sistema educativo de la época cuando Scout es castigada en la escuela por saber leer, hecho que le enfada ya que, según considera — ¡y cuánta razón!—, «leer es como respirar».

            Aunque todos estos personajes son maravillosas y están perfectamente perfilados, nuestro corazón está con Boo Radley y Atticus Finch. Cuando Dill volvía a Maycomb, la ciudad de los Finch, por el verano, Scout, Jem y él inventaban historias sobre la misteriosa historia de los Radley. Boo Radley jamás salía de su casa y corrían leyendas terribles sobre su naturaleza. Los niños se cuelan en los alrededores de la casa varias veces para intentar descifrar el misterio y sueñan con encontrarse con Boo, pero no es hasta el final del libro cuando su verdadera presencia y, con ella, su bondad son reveladas.

            Por último pero no por ello menos importante, es necesario señalar la labor del gran Atticus Finch. Viudo de su mujer, Atticus intenta cuidar de sus hijos de la mejor manera que puede, junto a Calpurnia. Les inculca valores tales como el respeto, la actitud pacífica frente a los insultos, la empatía hacia todos los demás, por muy diferentes que sean a ellos… Y no sólo se los inculca a ellos, sino a toda la ciudad de Maycomb en el juicio, pese a que sabía que iba a perder, ya que «solo porque fuéramos derrotados cien años antes de haber comenzado no es razón suficiente para no volver a intentarlo». Y, por supuesto, todos estos personajes perfectamente encajados con una sublime ambientación de la época en la América sureña.

            Matar a un ruiseñor es un libro que, pese a que resida su importancia en los temas tratados, está escrito de una forma tan bella y visual y con un ritmo tan correcto que te lleva sin parones desde el principio hasta el final. Y, además de ello, posee uno de los símbolos más bonitos que he podido llegar a leer: el ruiseñor. El ruiseñor, aquel que es pecado matar, pues lo único que hace «es música para que la disfrutemos». El ruiseñor que se personifica en Tom Robinson y en Boo Radley, el ruiseñor al que condenar sería un pecado porque está lleno de bondad y carece de intención de dañar a nadie.

            Atticus, sin duda, es un activista de su época en toda regla y no se rinde aunque tenga a toda la ciudad en su contra. Y eso es algo que todos deberíamos aprender en los tiempos que corren. A 2016, se multiplican las agresiones homófobas cada año en España; el año pasado acabó con 57 mujeres asesinadas por violencia de género, sin contar las que ingresan cada día en centros de acogida por maltrato; en unos meses, hemos tenido dos atentados terroristas en Europa e innumerables más en el resto del mundo; los terroristas siguen matando a mujeres y a niños por razones de cultura y religión y, lo que es peor, nosotros seguimos matando a mujeres y a niños por razones de cultura y religión.

            «Nunca llegarás a entender realmente a una persona hasta que consideres las cosas desde su punto de vista… hasta que te metas en su piel y camines con ella», escribió Harper Lee a través de Atticus Finch. Estoy segura de que ella, como la mayoría de nosotros, quería morir viendo un importante cambio en la sociedad. Tomemos las palabras de Atticus Finch como sagradas y, antes de juzgar a una cultura entera o a individuos en concreto, empaticemos. Porque la empatía es la mejor característica que puede tener un ser humano. Porque todos podemos ser como Tom Robinson o Boo Radley, todos tenemos algo de ruiseñor dentro de nosotros y, sin duda, «la mayoría de las personas lo son [buenas], cuando por fin las ves».

NOTA: 5/5

Hillel Halkin – ¡Melisande! ¿Qué son los sueños?

mi Lo leerás. Después, charlaremos. Ahora solamente diré que, si tuviera que vivir mil vidas, querría vivirlas todas contigo.

       arton1134.jpg     He de decir que cada vez que abro un libro de la editorial Libros del Asteroide sé que me espera algo muy bonito. Dejo claro que no me pagan por ello para poder asegurar, desde mi más humilde opinión, que para mí tienen el premio a la labor editorial perfecta: su selección de autores y textos es sublime, y sus cuidadas ediciones hacen que me enamore sin ni siquiera haber abierto el libro.

            Dicho esto, arranco con una de las historias más bonitas y mejor contadas que he leído en mi vida: ¡Melisande! ¿Qué son los sueños? es la primera novela de Hillel Halkin, escrita cuando tenía 72 años, y en ella nos habla de la tanto triste como bonita emotiva belleza que reside en la evolución de una relación, en su principio, en su más alta cúspide y en el decaimiento pero nunca —y esto es lo mejor de ello— del final.

            ¡Melisande! ¿Qué son los sueños? es la más preciosa carta de amor escrita por Hoo para su querida Mellie, narrada directamente en segunda persona. Halkin empieza presentándonos el triángulo amoroso que existe entre los tres amigos en Nueva York de los años 50: Hoo, Melisande y Ricky. Pese a que esté contada desde la perspectiva de Hoo, la protagonista real es Melisande, ya que los personajes se desenvuelven y se descubren con relación a ella. Ricky es un chico extremadamente inteligente que, en cierto punto de su vida, decide vivir en la espiritualidad sin nada más que lo puesto: regala su dinero y se hace mendigo, haciendo autostop para recorrerse el país, se convierte al hinduismo, ayudado por sus mentores en la India y, poco a poco, acaba enfermando de esquizofrenia. Hoo es un chico sensible, con los pies un poco más en la tierra que su amigo, obsesionado con los neoplatónicos y la cultura griega antigua. Melisande es, pues, el nexo de unión, y está entre los dos a los que, según ella afirma, quiere por igual.

            Desde que Melisande inicia relaciones con Ricky, los conflictos entre los tres y ellos mismos se disparan. Los engaños, las rupturas, una muerte, un aborto y la posterior incapacidad para tener hijos son los principales conflictos de esta novela que, en definitiva, nos suenan a vida, a nosotros y, sobre todo, a realidad.

            Y es esta realidad del amor la que hace este libro especial. Es el esfuerzo de Hoo por narrarle a Melisande su historia desde el principio, todo lo que sentía por ella y todo por lo que pasó sin ella y con ella, lo que nos enamora. Hilken sabe utilizar ese intento de Hoo por recordar cada ápice de su vida, la que gira en torno a Melisande, de forma gradual y coherente para que, gracias también a un precioso lenguaje poético, empaticemos con él, nos sumerjamos en él, seamos él, nos enfademos con él y, sobre todo, lloremos junto a él.

            Así pues, Hoo escribe a Melisande desde la cercanía, el amor y la unión que siente hacia ella. Le escribe con un registro informal, intimista, poético pero, también, vulgar cuando hace referencia a temas sexuales. Es decir, le escribe como escribiría una persona a su objeto de amor con el que tanta confianza tiene. Hoo se esfuerza por recordar para explicarle todo a Mellie, ahora que no está, y sentimos que, también, lo necesita para sí mismo, para seguir esperando y para seguirla recordando.

            Melisande, investigando a Keats, afirmaba que el poeta creía en la posibilidad de crear nuestra propia alma. No un alma “de segunda mano”, como en la que Ricky creía, o un alma nueva y perfecta al nacer para que, más tarde, sea juzgada por un dios cristiano, no, sino en nuestra propia alma, que íbamos formando y que no tendría por qué ser juzgada. De este modo, querer a alguien, para Hoo —para mí y para unos cuantos románticos más que vagamos por el mundo— es extrapolar tu alma hacia esa persona, construirla junto a ella para que, así, sean una, inseparable aunque no estén juntos en presencia. Por eso, siempre se encontrarían. Por eso, siempre la esperaría. Porque no hay nada altruista en el amor, pese a la creencia popular. Porque el amor es un sentimiento humano y, por ello, imperfecto que te hace ser egoísta y arremeter contra él —como lo ataca Hoo cuando no encuentra otra manera de avanzar— cuando no hay otra solución para curarlo.

            ¡Melisande! ¿Qué son los sueños? es uno de los mejores cánticos al amor real que he leído. Sentimos cómo Halkin apunta al corazón y acierta cuando Hoo asegura que deseaba, como muchos de nosotros deseamos o deseábamos, vivir mil vidas para «hacer un millón de cosas y amar a un millón de mujeres» pero que, desde que se enamoró de Mellie, sólo quería tener mil vidas para vivir con ella cada una de ellas y que, si pudiese elegir entre mil vidas sin ella o una con ella, elegiría una sin dudarlo. Y, de hecho, su amor por ella es tan fuerte que ni siquiera él es capaz de ser sin ella: no sabemos el verdadero nombre del narrador y solo le conocemos por el mote cariñoso que Mellie usa para referirse a él.

            Dejo claro que este libro, pese a la fuerte carga emotiva que emana, no es un mero libro romántico. Este libro es pura literatura, escrito admirablemente, con unos diálogos muy creíbles y reales y un estilo sublime.

            Esta novela acierta en todos los sentidos. Acierta tanto que reconozco que forma parte de los dos únicos libros que me han hecho llorar. Me ha hecho querer vivir y, sobre todo, amar por encima de todas las cosas, aceptando lo bueno y lo malo que está por llegar.

            Por todas las razones anteriormente expuestas, recomiendo este libro a todos los lectores, de todas las edades y con todos los tipos de personalidades. Porque Halkin ha creado una novela perfecta, tanto en forma como en contenido, que, si no te duele, no te hace sonreír o no te emociona, te quito el carné de humano.

 

Oda a Psique – John Keats

¡Oh diosa! Escucha estos versos silentes, arrancados

por la dulce coacción y la memoria amada,

y perdona que cante tus secretos

incluso en tus suaves oídos aconchados.

¿Soñé hoy acaso, o es que he visto

a Psique alada con ojos despiertos?

Vagaba descuidado por un bosque sin razón ni cuidado,

y observé de repente, lleno de sorpresa

dos hermosas criaturas que juntas yacían,

sobre la hierba crecida bajo un techo de hojas

que susurran y flores temblorosas y fluía

un arroyuelo perceptible apenas.

Entre flores tranquilas, de raíces frescas y aromáticos

capullos, azules plateadas con yemas de púrpura,

yacen sosegados en el lecho de hierba;

juntos, abrazadas sus alas,

sus labios no se rozan, mas no se despiden,

separados por las suaves manos del letargo,

y dispuestos a exceder los besos ya entregados

al abrir sus tiernos ojos como auroras de amor:

al muchacho alado conocía,

pero ¿ quién eres tú, feliz paloma?

¡Eras tú, su fiel Psique!

¡Tú, la última nacida, y visión más hermosa

de aquella apagada jerarquía del Olimpo!

Más clara que la estrella de Febe en su espacio

de zafiros, que Véspero, amorosa luciérnaga

del cielo, más hermosa, aunque templo no tengas

ni altar de flores colmado

ni un coro de vírgenes con cantos deliciosos

en las hojas de la noche,

ni voz, ni laúd, ni flauta, ni incienso dulce

ni santuario, ni bosque, ni oráculo, ni ardor

de profeta de labios macilentos que sueña.

¡Oh tú, la más brillante! Ya es tarde para votos antiguos,

muy tarde para liras devotas y entusiastas,

cuando sagrados eran los bosques encantados

y sagrados el aire, el agua y el fuego;

incluso en estos días, tan alejados

de ofrendas jubilosas, tus alas refulgentes,

batiendo entre los pálidos seres del Olimpo,

veo, y canto inspirado tan sólo por mis ojos.

Déjame ser, entonces, el coro que te cante

en las horas de la noche,

tu voz, tu laúd, tu flauta, tu incienso dulce

que exhala el incensario que ligero oscila,

tu santuario, tu bosque, tu oráculo, tu ardor

de profeta de labios macilentos que sueña.

Yo seré tu sacerdote y edificaré un templo

En alguna región oculta de mi mente,

En la que rámeas ideas, nacidas con dolor

Gozoso, murmuren al viento en vez de los pinos:

y lejos esos árboles oscuramente unidos

cubrirán cada ladera de las montañas de cimas

agrestes, y los céfiros, los ríos, aves y abejas

arrullarán a las dríadas sobre el musgo;

y en medio de esta vasta quietud

adornaré un santuario con rosas

con el rico emparrado de mi laboriosa mente,

con brotes, campanillas, y con estrellas sin nombre,

con todo aquello que Fantasía pudo jamás crear,

jardinera que cría flores que nunca crecen iguales,

y para ti habrá las más suaves delicias

que consiguen los pensamientos vagos,

una antorcha brillante y una ventana en la noche

para que el cálido Amor penetre.

NOTA: 5/5

Javier Marías – Todas las almas

Podía habérselas dejado al niño Eric, que por estas fechas volverá de Bristol para las vacaciones. Pero quizás este niño nuevo también quiera coleccionarlas un día. El niño Eric vive, y crece.

todas-las-almas-bolsillo1_libro_image_big1            Al leer a Javier Marías, no puedo evitar pensar en que nos hace, mediante su sublime prosa, partícipes de él mismo y de sus propias creaciones. En su sexta novela, Todas las almas, publicada en el año 1989 por la editorial Anagrama, dicha experiencia se consolida en nosotros para recorrer emocionalmente los engranajes de pensamiento y sentimiento de nuestro querido narrador, cuyo nombre no se desvela ya que no es ahí donde su importancia reside.

            El Narrador —también llamado El Español— nos cuenta —o, más bien, se recuerda a sí mismo— los dos años que pasó en Oxford dando clases de literatura española y traducción dos veces a la semana. Sin embargo, no es esa su principal dedicación sino más bien todo aquello que sirva como ocupación de su tiempo y, por consiguiente, mente: recorrer las calles y sus librerías, preguntar, observar, amar y, sobre todo, pensar.

            En una ciudad como Oxford, para saber todo lo que se puede saber de una persona hay que preguntárselo a la persona más cercana a ella. Para pasar desapercibido, hay que ser la persona que posea mayor cantidad de información sobre los demás y, por lo tanto, observar. Amar y encontrar el objeto al que dedicarle el verbo es la mejor manera de pertenecer a un lugar que no es tuyo y que nunca lo será. Y, por último, pensar, pensar mientras recorres las calles, preguntas, observas, amas o follas sin amar.

            Para El Español —personaje que Marías disfraza de él mismo sin llegar a mimetizarlo—, su historia de amores desdichados con Clare Bayes es tan necesaria para él como para ella. Clare necesita la emoción que el adulterio da con la certeza de que jamás iría a más para poder ser una buena esposa. El Español no necesita  a Clare pero sí a un objeto al que amar —antes de conocer a Clare en una de las High Tables a las que acudía, su obsesión era una chica con la que su mirada se encontró en una de sus paradas en la estación de Didcot— con urgencia, ¿pues qué mejor manera hay de pertenecer a un sitio que no es tuyo, que no te ha conocido en la infancia, que no te ha visto pasear con tu niñera por la calle Covarrubias, si no es amando?

            Así pues, no podría decirse que este libro abordase en primera instancia el tema amoroso, sino que más bien su único tema es la sensación de ser extraño, de vivir en extrañeza, y cómo poder huir de ella. Cómo poder quedarse sin ser un extraño que vaga sin rumbo —El Narrador se siente un vagabundo disfrazado de oxoniense—, cómo no ser John Gansworth, cómo quedarse sin ser Marco Polo, «el chino con los ojos azules»…

            La narración en primera persona de Todas las almas, focalizada internamente, que roza el fluir de consciencia, y su estructura no lineal hacen pensar al lector que cada capítulo es una parte del nostálgico pero necesario esfuerzo por recordar de El Español, volviendo ocasionalmente al presente para informarnos de que él, casado con una española y con un hijo, ya no forma parte de esa historia. De este modo, podría decirse que el punto fuerte de esta novela es que el lector se hunde en la historia contada, quiere saber más y, principalmente, quiere seguir recordando junto a él.

            Todas las almas rebosa literatura en mayúsculas. Marías, con un estilo digresivo y un toque intimista, nos enreda en la nostalgia de El Narrador y nos muestra brillantemente a los excéntricos personajes de los que sólo sabemos, como él mismo, lo que los demás saben de ellos, así como el oscuro ambiente lleno de secretismo de la ciudad de Oxford.

            «Todo lo que nos sucede, todo lo que hablamos o nos es relatado, cuanto vemos con nuestros propios ojos o sale de nuestra lengua o entra por nuestros oídos, todo aquello a lo que asistimos, ha de tener un destinatario fuera de nosotros mismos», escribe Marías en este libro. Démosle, pues, las gracias a Marías por tener siempre la mejor historia que contar y agradezcámoselo convirtiéndola en leída.

NOTA: 5/5