Ben Brooks – Hurra

Nueve millones de años en el futuro, seguiremos existiendo en lejanas nubes estelares, separados por años luz pero en el mismo lugar de siempre.

29908790.jpg           Ben Brooks es un joven escritor inglés nacido en el 1992. Con tan solo 24 años, tiene seis libros publicados a sus espaldas y, sin duda, nos deleitará con muchos más. Hurra (2016, Blackie Books) es su último libro —publicado antes en España que en su país natal— y el primero que ha caído en mis manos, y su manera de explorar de la manera más real, humilde y honesta la muerte, la vida, la depresión, la culpabilidad y las drogas —siempre dentro de un contexto juvenil y generacional— me ha dejado atrapada desde la primera página. Todo esto hace del libro un conjunto tan explosivo que, junto a la fluidez del relato y la perfecta caracterización de los personajes, solo podrás amar u odiar. Y, en mi caso, ya me ha enamorado.

           Hurra empieza con el suicidio de Ellen, la hermana e hija pequeña de «una familia con un largo historial de desajustes químicos cerebrales». A partir de ese momento, sus hermanos Dan y Adam; Saskia, la mejor amiga de Ellen y el amor platónico —en ocasiones, real— de Dan, y sus padres luchan por intentar aceptar, superar y, sobre todo, comprender ese hecho, a la vez que intentan darle sentido a sus vidas o, más bien, soportar esa carencia de sentido que a todos nos rodea. Este duelo lo intentan sobrellevar de la manera más humana posible: con drogas, alcohol y una intensa necesidad de respuestas. Al encontrarse en una vorágine sin final de venganza, culpabilidad y desesperación, la primera parte del libro termina —Trae los martillos— para dar paso a la segunda —No hay tiburones—, en la que Dan, Adam y Saskia se embarcan, junto a las cenizas de su hermana y amiga, en un roadtrip por Europa como vía de escape que, en realidad, ni pone fin a nada ni da respuestas a sus preguntas. Sin embargo, aunque nada cambie, empiezan a adquirir la certeza de que, como su madre decía, «no se puede ver la luz sin oscuridad».

           Si este libro duele es por cómo trata las cosas más humanas y dolorosas: el suicidio y la intensa necesidad de encontrar respuestas al respecto; el lado más frágil de una familia que está rota y qué hacer para unirla; la depresión y de qué manera huir de ella y del hecho de que el mundo —o al menos este plano en el que vivimos— es decadente y carente de significado; la juventud y su incapacidad para hacernos comprender cómo debemos actuar y si somos adultos o niños; el sexo y sus malas decisiones, y el amor, junto a su requisito de querer llevarnos a la persona querida a un lugar mejor donde nada duela. Todos estos temas confunden y hunden de tal forma a los personajes de esta novela que, por ese mismo motivo, se dejan comer por la decadencia y el “aquí y ahora”.

           Durante la mayor parte del relato de Hurra, todos los personajes viven sin importarles el futuro inmediato, en el presente más duro y cruel que les lleva a la más absoluta autodestrucción. Pero para el narrador, Dan, las cosas empiezan a cambiar poco a poco en cuanto Saskia entra en su vida. Y es que si hay algo que puede hacer olvidar la tristeza innata a la vida es el amor. Esa sensación de querer llevar a la persona amada a otro plano mejor, menos ridículo y menos doloroso, en el que no «existan cosas tan patéticas como la pasta de dientes, los zapatos ortopédicos y los caniches diminutos», por poner un ejemplo frívolo de la tontería que es la vida. Y es ese deseo el que, poco a poco, va haciendo que Dan y que los demás personajes vuelvan a tomar contacto con la realidad y puedan llegar a comprender que esa oscuridad y patetismo de la vida quizás ayuda a ver lo demás con más luz.

         Ben Brooks describe a la perfección el sentimiento de pérdida y de dolor, de una forma tan dolorosa, directa, deprimente y tan contundente que te hunde en la miseria para resucitarte poco a poco y volver a darte ganas de buscar algo que ilumine —lo suficiente como para no acabar como Ellen, aunque sea— las penumbras. Y si lo describe a la perfección es porque no se para en dar consejos de autoayuda o de mentirnos con el lado bueno de las cosas sino que, simplemente, nos transmite la verdad: que la gente está rota, que la muerte no se supera y que el mundo es una mierda, sí, pero recordando como consuelo que «el mundo solo acaba cuando desapareces y cuando desapareces no estás para ver el fin del mundo». Hurra te deprime sobremanera desde la primera página, pero el relato te ata y te engancha por eso, por esa honestidad y realidad que hay en lo peor de lo peor, en esa oscuridad que te hace sentir hasta desgarrarte, sin poder parar.

           Pero Hurra no solo es una historia bien contada y dolorosa que te hace sentir sino que, además, también pertenecen a ella unos personajes sublimes y perfectos que, aunque no hagan más que equivocarse y tirarse al vacío, te llegan dentro, muy dentro, precisamente porque los notas tan reales y humanos como cualquiera de nosotros. Asimismo, además de por su excepcional ágil, llano y tajante estilo de escritura, Ben Brooks nos recuerda con sus personajes a Salinger y a las deprimentes historias de la familia Glass, siendo Dan, Adam, Ellen y Saskia un batiburrillo de todos ellos. Es algo tan obvio que, conforme avanza el relato, choca un poco, pero no hay nada de malo en imitar a un grande, sobre todo cuando a Brooks le sale tan bien.

         Este es el primer libro que leo de Brooks, pero continuaré, sin dudarlo. Porque su manera de escribir tan dura pero sensible, tan escatológica pero cuidada y tan hilarante como seria y contundente me ha dejado prendada. No se equivocan cuando dicen que Brooks es la voz de una generación perdida y rota porque, pese al hipsterismo impostado que muchos pueden ver en él, yo, que pertenezco a esta triste generación, me quito el sombrero y le felicito por lo bien que sabe definirla y lo muchísimo que transmite. Quiero más Ben Brooks, quiero seguir sintiendo asco, risa, tristeza y amor a partes iguales. Quiero frivolizar la decadencia que nos rodea porque, al fin y al cabo, no nos queda otra cosa y Brooks lo sabe bien.

           Por eso mismo, Hurra por Ben Brooks. Hurra por el mundo, que es una mierda. Hurra por emborracharte cada día. Hurra por la hermana que se tiró de un aparcamiento. Hurra por todas esas Saskias que nos hacen olvidar. Hurra por nuestras imperfecciones. Hurra por todos esos planos mejores en los que no vivimos. Hurra por la decadencia y por no tener ganas de vivir. Hurra por sentirnos comprendidos. Hurra por Ben Brooks otra vez: que nos siga deleitando mucho más.

NOTA: 5/5

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Jenny Offill – Departamento de especulaciones

Ningún joven sabe el nombre de nada.

arton1572.jpg            Guardo mucho respeto hacia la calidad literaria de los libros publicados en la editorial Libros del Asteroide. Por eso, de vez en cuando me dejo guiar por ese amor a primera vista que me provocan algunos libros y me lanzo a alguno de los suyos. Departamento de especulaciones (2016, Libros del Asteroide), de Jenny Offill, ha sido uno de ellos, pero no uno cualquiera. Da gusto encontrarse con libros así por sorpresa, libros que te hacen sentir viva, sentir cada una de las cosas que la protagonista siente. Es un libro provocativo que parece un ejercicio de curación tanto como para la protagonista como para la autora misma. Pero es, sobre todo, precioso, tanto que te rompe el corazón, como el amor, como la mayor parte de las cosas buenas en la vida.

            El relato del libro se estructura en tres partes, a través del esfuerzo de la anónima protagonista por echar la vista atrás e intentar recapitular cómo empezó todo, qué es lo que fue mal y cómo ha llegado a donde está, principalmente en el terreno amoroso-doméstico. En la primera la observamos desde un campo individual, comprendemos sus deseos de triunfar como escritora y artista así como su odio por aquellas personas comunes, aquellas que carecen de ambición o que van a yoga. Pero entonces se enamora y, con ese amor que te impide ser racional y que solo te deja que le sigas sin rumbo, llega la inevitabilidad de renunciar a la ambición, a la individualidad o al deseo de ser excepcional. Su vida, que ahora gira alrededor de su amor incondicional, tanto hacia su marido como a su hija, la lleva a salirse del plan, a cambiar la órbita gravitacional de sus deseos. Sin embargo, conforme van surgiendo problemas en el hogar —«deja de escribir te quiero» le escribe su hija en una nota— se empieza a lamentar de su vida artística perdida y se pregunta por qué «algunas mujeres hacen que parezca facilísimo eso de renunciar a la ambición». Casi sin previo aviso, se ha convertido en una de esas mujeres a las que odia, y esa evolución doméstica, así como los problemas que surgen en su relación sentimental, nos lleva a la tercera parte: una severa depresión causada por el exceso de lo cotidiano, de lo doméstico; por el intenso aislamiento que siente del resto.

            Offill penetra perfectamente con este libro en lo más hondo de la condición humana, en ese deseo de amar con miedo a entregarse del todo, en los temas más comunes pero más reales y dolorosos de la vida: el paso de la intensa felicidad y satisfacción a la depresión, del amor al desamor, del compromiso a la infidelidad y de la ambición profesional a la monotonía de lo doméstico. Y es que el amor es así: adorar a la otra persona, sentir que está por encima de todo, y desear intensamente que sientan lo mismo por ti.  El amor es una apuesta obligatoria de la que no te puedes escapar cuyo mayor premio no es ganar sino disfrutar del mejor camino. «Cuesta creer que el amor haya llegado a parecerme un asunto tan frágil», reconoce la autora. Y es que, a través de su ejercicio de introspección, ha descubierto que el amor no es solo precioso y magnánimo sino que se puede romper por el menor paso en balde, que puede albergar tanto todo lo bueno como todo lo malo en la vida y que, pese a ello, merece la pena.

            Departamento de especulaciones es un libro en el que su mayor protagonista es la realidad subrayada de lo común y cotidiano, con sus cosas dolorosas y asquerosas pero también con sus cosas bonitas que dan sentido a la vida. ¿Lo mejor de todo? Que no solo el mensaje se transmite bien y llega directo al lector sino que, además, está bien formulado y bien escrito. El relato consta de párrafos cortos con un lenguaje muy llano, identificados como los abruptos —a veces emotivos, a veces cómicos pero siempre honestos— pensamientos de la protagonista, lo cual ayuda a que la lectura enganche, fluya y se haga corta, pese a que la queramos disfrutar más y más. Además, el anonimato de los personajes ayuda a que el relato sea tan universal como los temas de los que trata. Y el cambio que hace de narrador en cada una de las tres partes, pasando de la primera persona del singular, a la tercera persona del singular para terminar en el plural es una elección sublime para señalar la evolución del personaje y su preocupación por la pérdida de su individualidad.

            Puede ser que Offill tenga razón al escribir que «parece que la verdad acerca de envejecer sea que cada vez haya menos cosas de las que una pueda reírse», pero tanto la protagonista como ella misma parecen haber conseguido mantener un resquicio, aunque sea, de esa luz que, según los místicos, se desvanece con la edad. Offill ha conseguido crear un libro que no solo gusta sino que encanta y enamora como si no existiese otro más.

            Y si Rilke tenía razón al decir que «la obra artística siempre es el resultado de haber estado en peligro»: enamorémonos, apostemos sin ninguna seguridad, lancémonos a precipicios y, no solo habremos exprimido cada posibilidad que la vida pueda ofrecernos sino que, quizás, alguien podrá seguir creando obras tan perfectas como esta.

 NOTA: 5/5

Mircea Cãrtãrescu – Lulu

Antes de salir, he empañado tu imagen y he escrito con el dedo sobre el espejo:
DESAPARECE.

9788415130192.jpg            La literatura rumana es un campo sin explorar —a mí parecer, al menos no lo suficiente— y cuando se descubren obras como Lulu (2011, Impedimenta), de Mircea Cãrtãrescu, una se pregunta el porqué. Lulu es un libro que trata de cómo Victor, escritor en su treintena que goza de una aceptable fama, recuerda sus vivencias con Lulu en un campamento de verano en el que vivió parte de su adolescencia. A través de ese esfuerzo por comprender su propia psique, Cãrtãrescu nos mantiene inmersos muy adentro, en lo más profundo del oscuro subconsciente de Víctor, llegando a apasionarnos al mismo nivel que incomodarnos.

            Esta novela es una especie de bildungsroman contado por el propio artista en crecimiento, un poco en la línea de Retrato del artista adolescente, de James Joyce. Sin embargo, no es un bildungsroman común al tratar la difícil relación dual entre lo femenino y lo masculino dentro del mismo individuo y esa androginia que el protagonista niega a aceptar en sí mismo. Conforme avanza el relato de su experiencia en dicho campamento de verano, nos empezamos a preguntar hasta qué punto sus oscuras e intrigantes pesadillas con Lulu, la araña que le absorbe las vísceras o la ninfa con órganos sexuales masculinos, entre otras, son en realidad una expresión, por parte del subconsciente, de sus traumas reprimidos que niega a aceptar y expresar. Esta dualidad andrógina que Víctor vive, poco a poco, empieza a ser comprendida tanto por él como por los lectores hasta llegar a aceptar por sí mismo que  «debe ignorar los falsos túneles del amor sexual y debe volver hacia sí mismo, ser hombre y mujer al mismo tiempo y hacer el amor consigo mismo en la soledad animal de su palacio cerebral».

            «Qué curiosa mezcla de desprecio y adulación sentía por aquellos que, sublimes-imbéciles, mecían a las chicas en la oscuridad de la discoteca, moteada de luces de colores!», reconoce Víctor a pocas páginas del principio de Lulu. Y es que, pese a la aceptación final de su identidad y de sus traumas reprimidos, todo ello le lleva a sentirse aislado de la sociedad, sintiendo una mezcla entre admiración y repulsión hacia aquellos que no viven su misma lucha.

            A través de la presencia de uno de los recursos más recurridos de la literatura —aunque no por ello resulta menos satisfactorio cuando se hace bien—, el doppelgänger, Víctor se sirve de eso y del relato que dirige a él mismo para llevar a cabo un proceso de redescubrimiento de su propia identidad. Asimismo, la presencia del narrador en esta obra es fundamental y única, así como el fluir de su propia consciencia para, así, conseguir llegar a ese fin y, además, mantenernos en tensión por saber a qué se deben sus obsesiones, pesadillas y, de este modo, comprender nosotros su propio subconsciente también al mismo ritmo que él.

            Sin embargo, si tuviese que destacar algún fallo  —por mínimo que sea— a Lulu sería que tanta pomposidad, tanta descripción pormenorizada, tanta adjetivación y tanto despliegue de un registro lingüístico muy elevado y exuberante abruman e imposibilitan un poco la fluidez de ese fluir de consciencia que podría resultar tan llevadero como sublime.

            Con lo bueno y con lo malo, Lulu es una obra de arte que recuerda a La Metamorfosis  —no es casualidad que sea libro de cabecera del propio Víctor—, a esa sensación de extrañeza y de aislamiento del otro, cambiando, por supuesto, al insecto por un travesti.

            Cãrtãrescu escribió y publicó Lulu en 1994 y todavía a 2016 me sigue pareciendo muy valiente y muy necesario producir y leer obras como esta, que intentan explicar —mediante una genial técnica en este caso— el infierno por el que pasa una persona que siente presencia de otro género diferente al que la sociedad le impuso dentro de sí misma. Y, además, rezuma originalidad y un tono melancólico que te acaba atrapando desde el principio hasta el final. Qué mejor.

NOTA: 4/5

Nickolas Butler – Canciones de amor a quemarropa

Y ahora, detrás de la barra hay un tarro nuevo, uno de conservas, pequeño, justo para chutney o mermelada o un puñado de judías verdes, completamente lleno de aire salvo en el fondo, donde reposa una cosa tosca y llamativa: la bala de Lee, una bala sin encurtir que un forastero que pasaba por el pueblo disparó con su pistola.

arton1234-185ad.jpg            Antes de leer un libro, suelo investigar qué dicen de él. Sorprendida me hallé cuando me encontré tan buenas críticas internacionales sobre la primera novela de Nickolas Butler, Canciones de amor a quemarropa (2015, Libros del Asteroide). Más de un año después de haberlo leído por primera vez, los personajes, la historia y la maravillosa escritura de Butler seguían conmigo, así que decidí dedicarle otra lectura. Pocos libros siguen ganando una segunda vez, pero este es, sin duda, uno de ellos.

            Canciones de amor a quemarropa es una novela de las que más me gustan, de aquellas que están llenas de vida y, con ello, melancolía, de las que no ocultan nada. Con él, Butler nos demuestra que tiene la sensibilidad y el talento necesarios para hacer de la vida una poesía y, qué queréis que os diga, no hay nada que me parezca más bello que eso.

            El relato se centra en Little Wing, un pueblecillo de Wisconsin, donde nada y todo pasa. En dicha ubicación, la amistad, el amor, la traición y la vida en general se explican a través de la narración de cuatro amigos y de la mujer de uno de ellos. Henry y Beth, novios desde la infancia, se casaron y asentaron en Little Wing; Lee se convirtió en un músico de gran fama, viajando por todo el mundo; Kip, con un gran negocio entre manos, se fue a vivir a Chicago con su mujer, mientras Ronny era un gran cowboy de rodeo. Salvo Henry y Beth, todos acabaron yéndose de la ciudad, pero, tras la reunión en una boda, decidieron volver a su hogar para empezar otra vez e intentar solventar sus vidas truncadas.

            Desde ese momento, los problemas empiezan a aflorar: Kip invierte todo su dinero en una fábrica que no consigue sacar a flote; Ronny sufre problemas de alcoholismo y de salud tras su gran accidente como cowboy; Henry y Beth luchan por superar el estatismo de la ciudad de la que no han salido, así como el dolor de un gran secreto sacado a la luz, y Lee vuelve, tras un divorcio exprés, con el corazón roto y con un gran amor de la infancia del que no se ha podido olvidar.

            Estos problemas cotidianos que podríamos vivir cualquiera de nosotros sirven como puente para tratar los temas principales de la novela: el amor, la amistad, la traición, el perdón, el sentimiento de “hogar” y, en definitiva, todo aquello de lo que trata la vida. Todo ello lo vemos en la estabilidad matrimonial de Henry y Beth en Little Wing que, aunque a veces resulte difícil de llevar, acaba por unirles más aún; en la intensa necesidad de Lee por encontrar el amor verdadero, alguien que le quiera como es y que también quiera a su ciudad, es decir, alguien como Beth; en la amistad entre personas que han crecido juntas pero que han evolucionado individualmente, cambiando con el paso de los años; o, también, en la sensación de tener un hogar al que, aunque te hastíe a veces, acabes volviendo siempre porque te hace sentir seguro.

            De todo esto y de cada aspecto de la vida, con sus simplezas y complejidades, trata Canciones de amor a quemarropa. Y es que Butler es tan gran escritor como observador y no falla al mostrarnos, en palabras de Beth, que, pese a que las personas evolucionen inevitablemente y resulte difícil crecer junto a ellas en el mismo estático lugar, lo más importante es reconocer a aquellas necesarias para nosotros, esas «personas que descuelgan el teléfono en el momento justo y llaman porque están preocupadas por ti, porque quieren oír tu voz», aquellas «que te dicen que no pasa nada por llorar o que ya es hora de dejar de llorar y que hay que ponerse en pie y seguir adelante» o «que te dicen que eres hermosa, que te quieren», aceptarlas con sus imperfecciones y, sobre todo, perdonarlas.

            Quizá la belleza y la credibilidad de la historia que Butler nos cuenta se deben, entre otras cosas, al uso tan apropiado de la narración múltiple. Los diversos narradores que se intercalan ayudan a que comprendamos y empaticemos con todas las versiones de la historia, con todos los puntos de vista y con todas las diferentes emociones. Solo con esto, que no es fácil de conseguir, sentimos que Canciones de amor a quemarropa vale la pena.

            Además, otro de sus muchos puntos fuertes es la brillante descripción de la ambientación, sirviendo no solo como un perfecto escenario para el tratamiento de dichos personajes sino también como un personaje en sí mismo. Little Wing está perfectamente alineado con cada uno de los amigos y es el hogar que hace que el relato sea real, creíble, sin el que no habría historia en absoluto. Butler usa las diferentes narraciones de los personajes para mostrarnos la relación que tienen con su entorno y, además, de una forma tan bella que no podemos evitar sentirnos tan unidos a Wisconsin como ellos lo están.

            Little Wing, además de servir como una ambientación perfecta, es usada para contraponerla con la gran ciudad, Nueva York, en el momento en el que todos, menos Kip y Felicia, acuden a la boda de Lee. El hogar, por muy pequeño o estático que sea, rezuma honestidad y autenticidad, mientras que Nueva York es descrita como una ciudad efímera y cínica. Y, aunque mi “hogar” siempre haya sido una ciudad de millones de habitantes, consigo comprender sin dificultad el amor que puede llegar a sentir alguien por el pueblo que le vio nacer y crecer, ese amor que te hace daño en ocasiones por su inmovilidad, pero al que siempre acabas perdonando y volviendo porque sabes que en ningún otro lugar vas a sentirte seguro, genuino o querido. Algo muy parecido a lo que les ocurre a Henry y a Lee o a Henry y a su esposa: por mucho que nos hagan daño, si la balanza compensa, siempre vamos a perdonar, siempre vamos a volver

            Sé que muchos aseguran que Canciones de amor a quemarropa es un tópico o que es excesivamente cursi sin decir nada. Y, aunque sea una firme creyente de la libertad de opinión, les debo decir que a mi parecer están confundidos. Es un libro precioso con un lenguaje lleno pero poético que no solo cuenta una realidad sino que, además, la hace creíble, la hace especial, como todas nuestras realidad pueden serlo si son bien contadas.

            Canciones de amor a quemarropa fluye y nos hace sentir con cada palabra como si estuviésemos en un largo domingo invernal, observando tras la ventana los copos caer mientras los niños saltan y corretean por la nieve, cayéndose, jugando y, en definitiva, viviendo. Su narración fluida y poética te envuelve en melancolía y te dejas embaucar por ella, disfrutas cada momento, cada lágrima y cada sonrisa, como una canción de Bon Iver —mucho estaba tardando en nombrarlo, ¿verdad?— que duele porque desborda emoción y, en el fondo, eso nos encanta.

            Con su precioso relato, Nickolas Butler nos rompe el corazón una y otra vez para luego curárnoslo, como sucede con la amistad, el amor o la vida en general. Y es que no es nada raro que Canciones de amor a quemarropa haya triunfado tanto que dentro de poco la podamos ver —por favor, no la caguéis— en la pantalla grande, pues me atrevo a asegurar que no he leído libro que emocione tanto, con el que empatices tanto, y que consiga todo eso sin perder su brillante estilo literario, lleno de poesía y melancolía, y con una caracterización de los personajes tan profunda que encaja perfectamente con su entorno.

            La primera novela de Nickolas Butler es para aquellas personas sensibles que amamos la vida con sus sufrimientos y alegrías, para aquellas que pensamos que la poesía se halla en todas partes y para aquellas que amamos la melancolía. Porque a veces el arte imita a la vida y es un honor que todavía exista gente que sepa hacer esa magia.

NOTA: 5/5

Charles Bukowski – Mujeres

Le abrí una lata de atún blanco, conservado en aceite de primera calidad. Peso neto 7 onzas.

CM95_G.jpg            Todo el mundo que sea un poquito conocedor o amante de la literatura sabrá quién es Charles Bukowski y, sin duda, tendrá una opinión bastante firme —positiva o negativa— al respecto. Por esta misma razón, he de dejar claro que Mujeres, su tercera novela, no es apta para aquellos que se tomen la vida demasiado en serio. Sin embargo, si consigues olvidarte un poco de la superficie misógina de la que se compone casi todo el libro, descubres que, al menos en esta ocasión, la lectura sí merece la pena.

            Empecemos por lo básico: Mujeres es el relato de Henry Chinaski, álter ego del propio autor, basado principalmente en sus raras experiencias amorosas o sexuales, desamores, rupturas o desinterés en torno a las mujeres. Chinaski es un señor de avanzada edad que dejó su trabajo en una oficina de correos para convertirse en escritor. Se nos presenta como un hombre egoísta, misógino, solitario, que no espera gustar a nadie —como el propio Bukowski—  y, en ocasiones, altamente paradójico. Odiando como odia al mundo de la literatura y no queriéndose relacionar con ningún escritor, resulta curioso cómo se aprovecha de su fama para conseguir experiencias sexuales con jóvenes mujeres. Para él, dentro de los placeres de la vida se sitúan las cosas más mundanas: ir al hipódromo, al boxeo o, por supuestísimo, follar.

            Durante todo el relato, se nos muestran numerosas experiencias sexuales detalladas con mucha concreción, pero también una gran cantidad de situaciones hilarantes que vive con sus amores o desamores, normalmente tan mal de la cabeza como él mismo está. Conforme el libro va avanzando, me sentía realmente aburrida de tantos detalles sexuales y de tanto “usar y tirar” con las mujeres que aparecían en su vida. Esperaba ansiosamente que Chinaski tuviese alguna epifanía que le eximiese de toda esa carga misógina que mancha su relato. Afortunadamente, esa evolución ocurre a lo largo de la última parte del libro. Y así conseguimos ver, por fin, cómo Chinaski es capaz de practicar la autocrítica e, incluso, rechazar la llamada de una jovencísima seguidora por primera vez.

            Mujeres es una novela que engancha, y una de las razones por la que eso es así es que no nos podemos creer que exista alguien tan sumamente gilipollas como el protagonista. Porque, al fin y al cabo, todas sus conductas, lejos de resultar ofensivas, acaban por parecer un mecanismo de defensa desesperado para protegerse de algo. ¿Y qué es ese “algo”, aquello que perturba tanto la existencia de Chinaski?, nos preguntamos, mientras sentimos un ápice de pena por él.

            Es completamente comprensible llegar a sentir odio por este personaje, pero si el lector es una persona ligeramente empática y sensible entenderá que todos tenemos miedos y vulnerabilidades como el protagonista, que Chinaski no deja de ser un hombre «viejo y feo» que, como él mismo se replantea, está tratando de meterse en un camino que le «alejase a la muerte». Lo que él no quiere, en absoluto, es «envejecer de mala manera», sino simplemente «estar muerto antes de que llegase la muerte»; es decir, carecer de sentimientos —o intentarlo desesperadamente—  para que el final de los finales duela menos. De hecho, él mismo reconoce que prefiere a las prostitutas, ya que las «buenas mujeres […] a veces querían tu alma».

            Quizá para muchos esa no es una razón de suficiente peso para tratar a otros ser humanos de la manera como él los trata. Sin embargo, no me mintáis: ¿quién no se ha sentido tan solo que todo lo que podía hacer era usar a las personas con el fin de sentir un poco de compañía? Puede ser que no con tanta crueldad como Chinaski, pero es imposible —al menos para mí— no empatizar, no comprender el sufrimiento existencial que vive una persona en sus últimos años y, sobre todo, no compartir el deseo de devolverle a la vida todo el daño que produce. «A mí nunca me parece bien estar solo, algunas veces no me sentía mal, pero nunca me parecía bien», nos suelta en un momento en el que parece derribar algunas barreras. Y que levante la mano quien esté libre de pecado.

            En la parte técnica, por supuesto, Mujeres, como todas las obras que he tenido el placer de leer de Bukowski, es impecable. Bukowski no se molesta en decorar las palabras, en usar eufemismos o en pintar una realidad de un color que no es suyo, y eso me encanta. Su realismo sucio, más sucio que el de cualquiera de los demás representantes, enamora porque, al fin y al cabo, como persona amante de las letras que soy, considero que, a la hora de describir una situación o una realidad, las palabras más burdas son las más honestas y las que poseen mayor significado. Su estilo literario es brillante y único y, por este motivo, ha sido y seguirá siendo imitado —a veces gloriosamente, y otras no tanto— en numerosas ocasiones.

            Bukowski fue sin duda uno de los mejores escritores de su época. Sin embargo, yo siempre he sido una acérrima seguidora de su poesía, porque en ella es muy complicado esconderse tras un velo de egoísmo y maltrato. Puede ser que en prosa sea conocido por sus brutas historias que quizás en relatos cortos llegan a apasionar, pero en novela se hagan pesadas e, incluso, molesten con tanta hazaña sexual repetitiva. Y, posiblemente, se haría una historia completamente imposible de soportar si no fuese tan gran escritor o si no se nos presentase una evolución del personaje tan clara y que tanto agradecemos.

            Y es que Mujeres es una obra más sentimental de lo que parece, es un ejercicio de exploración personal, de redención en cierto modo. Sin duda, no os culpo si os molesta su relato, pero, a mi parecer, no hay nada más humano que cuando alguien —llamémoslo Chinaski; llamémoslo Bukowski— se explora para conocerse e intenta pedir perdón y enmendar sus errores. Todos cometemos fallos, pero no todos aprendemos de ellos.

            Leedlo, comprendedlo y perdonadlo. O no, o simplemente disfrutad, reíd y divertíos con su molesto pero hilarante relato superficial, que es algo que sin duda Bukowski sabe hacer mejor que nadie.

NOTA: 3/5

Hillel Halkin – ¡Melisande! ¿Qué son los sueños?

mi Lo leerás. Después, charlaremos. Ahora solamente diré que, si tuviera que vivir mil vidas, querría vivirlas todas contigo.

       arton1134.jpg     He de decir que cada vez que abro un libro de la editorial Libros del Asteroide sé que me espera algo muy bonito. Dejo claro que no me pagan por ello para poder asegurar, desde mi más humilde opinión, que para mí tienen el premio a la labor editorial perfecta: su selección de autores y textos es sublime, y sus cuidadas ediciones hacen que me enamore sin ni siquiera haber abierto el libro.

            Dicho esto, arranco con una de las historias más bonitas y mejor contadas que he leído en mi vida: ¡Melisande! ¿Qué son los sueños? es la primera novela de Hillel Halkin, escrita cuando tenía 72 años, y en ella nos habla de la tanto triste como bonita emotiva belleza que reside en la evolución de una relación, en su principio, en su más alta cúspide y en el decaimiento pero nunca —y esto es lo mejor de ello— del final.

            ¡Melisande! ¿Qué son los sueños? es la más preciosa carta de amor escrita por Hoo para su querida Mellie, narrada directamente en segunda persona. Halkin empieza presentándonos el triángulo amoroso que existe entre los tres amigos en Nueva York de los años 50: Hoo, Melisande y Ricky. Pese a que esté contada desde la perspectiva de Hoo, la protagonista real es Melisande, ya que los personajes se desenvuelven y se descubren con relación a ella. Ricky es un chico extremadamente inteligente que, en cierto punto de su vida, decide vivir en la espiritualidad sin nada más que lo puesto: regala su dinero y se hace mendigo, haciendo autostop para recorrerse el país, se convierte al hinduismo, ayudado por sus mentores en la India y, poco a poco, acaba enfermando de esquizofrenia. Hoo es un chico sensible, con los pies un poco más en la tierra que su amigo, obsesionado con los neoplatónicos y la cultura griega antigua. Melisande es, pues, el nexo de unión, y está entre los dos a los que, según ella afirma, quiere por igual.

            Desde que Melisande inicia relaciones con Ricky, los conflictos entre los tres y ellos mismos se disparan. Los engaños, las rupturas, una muerte, un aborto y la posterior incapacidad para tener hijos son los principales conflictos de esta novela que, en definitiva, nos suenan a vida, a nosotros y, sobre todo, a realidad.

            Y es esta realidad del amor la que hace este libro especial. Es el esfuerzo de Hoo por narrarle a Melisande su historia desde el principio, todo lo que sentía por ella y todo por lo que pasó sin ella y con ella, lo que nos enamora. Hilken sabe utilizar ese intento de Hoo por recordar cada ápice de su vida, la que gira en torno a Melisande, de forma gradual y coherente para que, gracias también a un precioso lenguaje poético, empaticemos con él, nos sumerjamos en él, seamos él, nos enfademos con él y, sobre todo, lloremos junto a él.

            Así pues, Hoo escribe a Melisande desde la cercanía, el amor y la unión que siente hacia ella. Le escribe con un registro informal, intimista, poético pero, también, vulgar cuando hace referencia a temas sexuales. Es decir, le escribe como escribiría una persona a su objeto de amor con el que tanta confianza tiene. Hoo se esfuerza por recordar para explicarle todo a Mellie, ahora que no está, y sentimos que, también, lo necesita para sí mismo, para seguir esperando y para seguirla recordando.

            Melisande, investigando a Keats, afirmaba que el poeta creía en la posibilidad de crear nuestra propia alma. No un alma “de segunda mano”, como en la que Ricky creía, o un alma nueva y perfecta al nacer para que, más tarde, sea juzgada por un dios cristiano, no, sino en nuestra propia alma, que íbamos formando y que no tendría por qué ser juzgada. De este modo, querer a alguien, para Hoo —para mí y para unos cuantos románticos más que vagamos por el mundo— es extrapolar tu alma hacia esa persona, construirla junto a ella para que, así, sean una, inseparable aunque no estén juntos en presencia. Por eso, siempre se encontrarían. Por eso, siempre la esperaría. Porque no hay nada altruista en el amor, pese a la creencia popular. Porque el amor es un sentimiento humano y, por ello, imperfecto que te hace ser egoísta y arremeter contra él —como lo ataca Hoo cuando no encuentra otra manera de avanzar— cuando no hay otra solución para curarlo.

            ¡Melisande! ¿Qué son los sueños? es uno de los mejores cánticos al amor real que he leído. Sentimos cómo Halkin apunta al corazón y acierta cuando Hoo asegura que deseaba, como muchos de nosotros deseamos o deseábamos, vivir mil vidas para «hacer un millón de cosas y amar a un millón de mujeres» pero que, desde que se enamoró de Mellie, sólo quería tener mil vidas para vivir con ella cada una de ellas y que, si pudiese elegir entre mil vidas sin ella o una con ella, elegiría una sin dudarlo. Y, de hecho, su amor por ella es tan fuerte que ni siquiera él es capaz de ser sin ella: no sabemos el verdadero nombre del narrador y solo le conocemos por el mote cariñoso que Mellie usa para referirse a él.

            Dejo claro que este libro, pese a la fuerte carga emotiva que emana, no es un mero libro romántico. Este libro es pura literatura, escrito admirablemente, con unos diálogos muy creíbles y reales y un estilo sublime.

            Esta novela acierta en todos los sentidos. Acierta tanto que reconozco que forma parte de los dos únicos libros que me han hecho llorar. Me ha hecho querer vivir y, sobre todo, amar por encima de todas las cosas, aceptando lo bueno y lo malo que está por llegar.

            Por todas las razones anteriormente expuestas, recomiendo este libro a todos los lectores, de todas las edades y con todos los tipos de personalidades. Porque Halkin ha creado una novela perfecta, tanto en forma como en contenido, que, si no te duele, no te hace sonreír o no te emociona, te quito el carné de humano.

 

Oda a Psique – John Keats

¡Oh diosa! Escucha estos versos silentes, arrancados

por la dulce coacción y la memoria amada,

y perdona que cante tus secretos

incluso en tus suaves oídos aconchados.

¿Soñé hoy acaso, o es que he visto

a Psique alada con ojos despiertos?

Vagaba descuidado por un bosque sin razón ni cuidado,

y observé de repente, lleno de sorpresa

dos hermosas criaturas que juntas yacían,

sobre la hierba crecida bajo un techo de hojas

que susurran y flores temblorosas y fluía

un arroyuelo perceptible apenas.

Entre flores tranquilas, de raíces frescas y aromáticos

capullos, azules plateadas con yemas de púrpura,

yacen sosegados en el lecho de hierba;

juntos, abrazadas sus alas,

sus labios no se rozan, mas no se despiden,

separados por las suaves manos del letargo,

y dispuestos a exceder los besos ya entregados

al abrir sus tiernos ojos como auroras de amor:

al muchacho alado conocía,

pero ¿ quién eres tú, feliz paloma?

¡Eras tú, su fiel Psique!

¡Tú, la última nacida, y visión más hermosa

de aquella apagada jerarquía del Olimpo!

Más clara que la estrella de Febe en su espacio

de zafiros, que Véspero, amorosa luciérnaga

del cielo, más hermosa, aunque templo no tengas

ni altar de flores colmado

ni un coro de vírgenes con cantos deliciosos

en las hojas de la noche,

ni voz, ni laúd, ni flauta, ni incienso dulce

ni santuario, ni bosque, ni oráculo, ni ardor

de profeta de labios macilentos que sueña.

¡Oh tú, la más brillante! Ya es tarde para votos antiguos,

muy tarde para liras devotas y entusiastas,

cuando sagrados eran los bosques encantados

y sagrados el aire, el agua y el fuego;

incluso en estos días, tan alejados

de ofrendas jubilosas, tus alas refulgentes,

batiendo entre los pálidos seres del Olimpo,

veo, y canto inspirado tan sólo por mis ojos.

Déjame ser, entonces, el coro que te cante

en las horas de la noche,

tu voz, tu laúd, tu flauta, tu incienso dulce

que exhala el incensario que ligero oscila,

tu santuario, tu bosque, tu oráculo, tu ardor

de profeta de labios macilentos que sueña.

Yo seré tu sacerdote y edificaré un templo

En alguna región oculta de mi mente,

En la que rámeas ideas, nacidas con dolor

Gozoso, murmuren al viento en vez de los pinos:

y lejos esos árboles oscuramente unidos

cubrirán cada ladera de las montañas de cimas

agrestes, y los céfiros, los ríos, aves y abejas

arrullarán a las dríadas sobre el musgo;

y en medio de esta vasta quietud

adornaré un santuario con rosas

con el rico emparrado de mi laboriosa mente,

con brotes, campanillas, y con estrellas sin nombre,

con todo aquello que Fantasía pudo jamás crear,

jardinera que cría flores que nunca crecen iguales,

y para ti habrá las más suaves delicias

que consiguen los pensamientos vagos,

una antorcha brillante y una ventana en la noche

para que el cálido Amor penetre.

NOTA: 5/5

Alice McDermott – Alguien

Un día antes de morir, Pegeen me había mirado fijamente. Había concebido un plan y le brillaban los ojos. Si lo veo, dijo, me acercaré a él. Fingiré una caída, ¿entiendes? Justo a su lado. Y entonces él me cogerá en volandas y me dirá: «¿Usted otra vez?». Alguien amable.

Eso me dijo la pobrecilla, la pobre inocente. Y, entonces, ya veremos.

arton1419.jpg            A veces a la hora de que nos emocione e intrigue un libro, una película o una historia en general, necesitamos que el relato esté lleno de altibajos, situaciones dramáticas y, en general, conflictos. Siempre me he preguntado el porqué, ya que mi necesidad a la hora de que una historia me llegue no es esa, sino más bien que sea creíble, real. En el caso de Alguien (Libros del Asteroide, 2015), de Alice McDermott, mis deseos se hacen realidad, y espero que los vuestros también.

            En Alguien, nuestra querida narradora, Marie, nos cuenta su vida en Brooklyn a mediados del siglo XX, desde su infancia hasta su vejez, pasando por el camino por el que todos pasamos: la pérdida de la tan preciada inocencia con la que nacemos y que tan poco dura, el despertar sexual, su primer corazón roto, la estabilidad matrimonial alcanzada, la dura condición de ser mujer, el dolor de la muerte de los seres queridos, el sufrimiento y el amor al dar a luz a su primer hijo y, en definitiva, la vida en sí. Otro gran personaje de esta novela, Gabe, que aparenta ser perfecto —sacerdote, culto, educado, recto en su camino— acaba “descarrilándose” y sigue el camino imperfecto que seguimos todos y que nos hace reales.

            Así pues, esta novela es especial porque, pese a que podría tratar un tema fuera de lo normal, no lo hace y se sitúa en cómo lo cotidiano es, a veces, lo más emocionante. No necesitamos de un thriller para crear tensión, pues la verdadera tensión reside en esto, en el “aquí y ahora” de cada día. Y Alice McDermott sabe conseguir eso de una forma sublime y bellísima, con un estilo literario que, pese a ser lento, nos atrapa con su liricismo y melancolía. Desde la perspectiva de Marie y a través de los relatos que nos cuenta, pasados por el filtro de sus recuerdos, sentimos la existencia, el dolor y la alegría. Sentimos la emoción cuando, tras dar a luz y casi perder a su hijo o a ella misma en el intento, descubrimos el amor de una madre cuando nos reconoce, al ver a su hijo en la cuna, que su amor por él y la necesidad que él tiene de ella había conseguido darle un valor y un amor a su vida mayor que el que cualquier le había dado antes. En ese crucial momento, Marie advierte que, esta vez, amor era lo que se necesitaba de ella, y «darlo, no sólo buscarlo y devolverlo».

            Escenas como la anteriormente descrita, el misterio de su hermano Gabe que, tras estar en la senda de Dios, se pierde en ella, vive un ataque de locura y es ingresado en un psiquiátrico, unido todo a su precioso estilo literario, te ayudan a entrar en el mundo de estos personajes que, aunque no tienen nada fuera de lo normal, resultan más interesantes que cualquier exageración de los personajes que es comúnmente dada en la literatura. Sin embargo, si este libro tiene algún punto flojo es que se desinfla un poco por el final y, por ello, acaba pasando desapercibido y no quedándose dentro de ti durante mucho tiempo.

            De todas maneras, Alguien es un libro que merece ser leído porque los mejores conflictos suceden en la realidad, porque el arte es quien la imita —y no viceversa—, y porque nuestros sufrimientos y nuestras alegrías pasan desapercibidos y no nos damos cuenta de que la vida de cada uno, la de cualquiera, puede ser emocionante e intensa si es bien contada.

NOTA: 3/5