Almudena Grandes – Castillos de cartón

Había pasado mucho tiempo, pero a ninguno de los tres se nos había olvidado que Jaime y yo, solos, no llegaríamos nunca a ninguna parte.

castillos-de-carton            Si hay un tema que es común en la historia de la literatura es la intensidad, la inocencia, la emoción y los miedos del primer amor. Sin embargo, en Castillos de cartón (2004, Tusquets), Almudena Grandes se atreve a tratarlo de una manera diferente: el dos deja de ser el número del amor para dar paso al tres, el poliamor, la pasión en una trieja sin poder excluir a ninguno de sus miembros. Este es un libro que, además de poder leerse de una sentada por su fluidez del relato, nos hace evocar los recuerdos más bonitos de nuestras vidas, aunque no hayamos vivido con exactitud los sentimientos que la protagonista narra a lo largo de la obra. Y que una obra consiga meterse tan dentro es siempre un placer.

            La protagonista y la encargada del relato es Jose, quien, al principio, recibe una llamada de Jaime informándola de que Marcos se ha suicidado. A partir de ese momento, intenta recordar en un flashback que dura la mayor parte del libro su relación —atípica, intensa, especial y única— con ambos. Jose, Marcos y Jaime eran jóvenes, estudiaban Bellas Artes y compartían un amor en común y recíproco, pero también el amor por la belleza, el arte, el sexo, los porros. El hilo que les unía a los tres se debía a que amaban como compartían: sin dejar nada sin dar, sin explorar o sin recibir. Y pese a que sus personalidades fuesen diferentes, en esa época dorada de blancos o negros, el tres era un número único, conjunto pero individual.

            Así pues, en Castillos de cartón no solo se trata el amor sino también la ambición. El fin de esa juventud no solo supuso el fin de ese amor sino la resolución de que, a veces, la vida adulta y real no puede cumplir las expectativas que teníamos en cualquier terreno cuando éramos más jóvenes. Por eso, pese a que los tres compartían el deseo de triunfar en el campo artístico, ninguno vio su vida completa como les habría gustado: Jose se rindió con su sueño y acabó montando una galería; Jaime, el perfecto dibujante, terminó como profesor en un colegio de Valencia, y Marcos, pese a ser el único triunfador en el arte, vivió un trágico final.

            Pero lo que importa no es qué pasó después, pues damos por sentado que la vida no ayuda a que tus sueños o deseos se cumplan al completo, sino qué pasó en ese momento y por qué fue tan importante. Almudena Grandes, a través del esfuerzo de Jose por recordar, nos pone las cartas sobre la mesa. Y nosotros las vemos, las vemos y experimentamos el dolor y la felicidad de la protagonista al querer tanto que duele o, incluso peor, al recordar algo tan profundo, tan único, que ahora duele. Aunque no hayamos vivido ese amor o esa especial trieja, Almudena Grandes, con una fluidez increíble en su relato y un mundo bien perfilado, tan simple como complejo, nos hace daño —pero ese daño que nos gusta sentir porque está lleno de emoción— y nos hace desear con nostalgia ese “algo” que estuvo ahí, que en su momento fue todo y que ahora no es nada.

            He de reconocer que este es mi primer libro leído de Almudena Grandes, que posiblemente los tendrá mucho mejores, que puede que falte un pelín de profundidad en los personajes —ojo, pero no en las emociones, que están bien descritas—, pero Castillos de cartón está bien escrito, tiene una perspectiva nueva y, además, te hace sentir. No solo el amor de ese momento o el dolor de que se haya acabado y solo pueda ir a peor sino, también, la decepción que viene junto a la certeza de que no habrá una época mejor y no habrá un amor igual. Y es que, Almudena Grandes y Jose tienen razón: «Había sido demasiado amor, tanto como el que yo podía dar, más del que me convenía. Fue demasiado amor. Y luego, nada».

            De este modo, Almudena Grandes nos duele en un libro que no es novedad pero lo parece, en un libro que parece de lectura ligera pero que está tan bien contado que, al terminar sus páginas, el recuerdo, el amor, y el dolor de la protagonista deja rastro en nosotros como lectores. Y además, ayuda a visibilizar y a comprender el profundo amor dentro de una pareja a tres y el miedo de no ser sin el otro, pero sin el otro tampoco. Y, pese a haber sido escrito en 2004, sigue siendo igual de necesario en 2017 entender, amar y respetar.

            Así que si nunca habéis leído a Almudena Grandes y queréis empezar: esta es la mejor elección. Y si sois tan románticos y nostálgicos como yo, mejor. Y recordad: aunque todo se acabe, siempre queda algo más, aunque sea en la literatura.

NOTA: 4/5

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Jon Bilbao – Estrómboli

Aliviaba su presión, indiferente a las fotografías de los excursionistas y las exclamaciones de asombro y toda aquella cháchara.

9788416542369.jpg            La pregunta que cualifica la condición humana por excelencia es hasta dónde podríamos llegar estando inmersos en la desesperación. Y es esto, la condición humana más profunda —e, incluso, repulsiva en algunos casos pero no por ello menos real—, de lo que versa Estrómboli (2016, Impedimenta). En este libro, Jon Bilbao, ingeniero y escritor desde 2006, intenta penetrar en la humanidad más bochornosa a través de ocho sencillos pero potentes relatos.

            Entre dichos relatos, destacaría el que da el pistoletazo de salida, Crónica de mi último verano. En él, se narra la historia de una pareja que se muda a los Estados Unidos de modo que la chica pueda continuar investigando para su tesis. El hastío en la relación y un extraño incidente que envuelve a un motorista maleante oliendo las bragas de la novia del chico llevan a este último hasta su límite más doloroso. También, en Una boda en invierno, uno de los más excelentes y paradigmáticos de toda la compilación, una boda se adelanta a invierno por el posible próximo fallecimiento de la madre de la novia. Sin embargo, el misterio de una casa ruinosa donde dos mendigos murieron se vuelve la guinda del pastel, así como el final tan sublime que nos enseña que las apariencias engañan y que no hay nada más fuerte que los sentimientos. Por otro lado, y con un toque bastante más cómico, Avicularia avicularia trata sobre un hombre con aracnofobia que se ve obligado a comerse una araña en televisión para conseguir remontar su situación económica familiar, pero la pregunta de si ha merecido la pena pasar por su fobia para eso le inquieta cada segundo. Y cómo no, por último, el relato que da nombre a la colección y que, a su vez, junta a todos en uno: Estrómboli. Un hombre y su amante van a una inhóspita isla italiana a intentar sacar de la depresión y el aislamiento al hermano del primero. Ahí, el desengaño y el dolor entrarán en erupción y Bilbao se sirve de ello para poner fin al conjunto de relatos más coherente, divertido y, a la vez, doloroso que he leído por parte de un autor vivo.

            Todos estos cuentos, aunque de diferente índole, reúnen una característica principal: hasta dónde podemos llegar por hastío, amor, desengaño, vacío y aburrimiento y cuál es límite de nuestro autocontrol. Para ello, Bilbao exagera la cotidianeidad sin perder esa realidad con la que nos podamos identificar, añadiendo toques tanto cómicos como desagradables. Todo esto es tratado sin complejidades, con un lenguaje sencillo pero poderoso y dinámico. Conforme pasas cada página de cada relato, más acabas formando parte de él, enganchado completamente a la extraordinaria forma que tiene Jon Bilbao de contar historias y deseando que sus finales sean eternos, aun sabiendo que son justo como tienen que ser.

            Cada pequeño detalle dentro de la narración —los lugares, los acontecimientos y los pensamientos de los personajes— está tan bien puesto que, en cierto punto, te olvidas de que en realidad estás leyendo palabra tras palabra y la historia sucede en tu cabeza nítidamente como si fuese una película.

            Es verdad que es el primer libro de Jon Bilbao con el que me cruzo, pero todo lo que he encontrado de forma técnica en Estrómboli —el lenguaje tan dinámico y esa forma de narrar que tiene que te abduce, te entretiene sobremanera e, incluso, te acaba doliendo— como de forma temática me lleva a querer devorar más y más cosas suyas.

            No todo el mundo sabe describir tan bien lo más oscuro de la mente humana de forma cómica, sorprendente, desgarradora y, sobre todo, original. Pero en Estrómboli eso ocurre, y qué mejor manera de agradecerlo que leyéndolo.

NOTA: 4/5

Jordi Nopca – Vente

Nos estuvo rondando todo el fin de semana y hoy ha decidido llevarse a tu abuelo. ¿Por qué no me escogió a mí? ¿No habría sido mejor? ¿No habría sido más justo?

 arton1368.jpg          Vente a casa (2015, Libros del Asteroide), el segundo libro de Jordi Nopca, es una colección de diez relatos que narran diferentes historias pero con un elemento en común: la vida en continuo decaimiento de los jóvenes adultos que han vivido el principio y el durante de la dolorosa crisis en, concretamente, Barcelona.

          Una chica recientemente soltera intenta rehacer, sin éxito, su vida sentimental mientras, en otro relato, otro chico, obsesionado con su exnovia, intenta seguir ese mismo camino con menor efecto aún; la extraña e hilarante relación de codependencia entre un autor y su traductor y su correspondiente lucha de egos; una pareja que, tras haber perdido sus trabajos, vive el sufrimiento del alcoholismo en uno de sus miembros sin perder la esperanza por recuperar la estabilidad, tanto emocional como laboral; muchas parejas que, habiendo perdido el empleo y pasando por varios casos de infidelidades, deciden seguir luchando autoengañándose, rehaciendo su vida de alguna forma o, incluso, cometiendo un crimen para aliviar sus dolencias…, y un largo etcétera que nos llena, al pasar cada página, de pasión, empatía y de una mezcla entre la carcajada y el horror.

          Y es que, pese a la extrema exageración de los personajes y de las situaciones que Jordi Nopca nos presenta, no podemos evitar sentirnos horrorizados —y a la vez maravillados— de identificarnos a tal nivel con el relato tan actual de Vente a casa: la crisis, el declive laboral y social que nos lleva, quizás, a adquirir tanto desencanto y conformismo que hasta nuestras relaciones más personales se arriesgan a entrar en esa decadencia tan peligrosa del momento que vivimos. Por eso, se nos señalan los conflictos sin sus causas ni porqués: lo que importa es el sentimiento; las razones no las desconocemos.

          El estilo de Nopca en este libro es simple pero contundente y, en ocasiones, estupendamente cómico, con la voz tan propia y tan clara de una generación que está muy perdida, pero que es muy real y que tiene ganas de más, de mucho más. Y aunque quizás dé la impresión de que falta algo más, algo especial, en su prosa, es así como es nuestra realidad y nuestras circunstancias económicas, sociales y personales: asquerosas, deprimentes y carentes de vitalidad hasta que nos degradan como individuos.

          Jordi Nopca nos traslada con Vente a casa al interior de una casa llena de historias y de desencantos que podría ser cualquiera de las que habitamos día tras día. Si sueles tachar de pesimismo la realidad y la consciencia del decaimiento de una generación, no es tu libro. En cambio, si lo que quieres es divertirte y reírte de todos los problemas, ya que es lo único que nos queda —Always look on the bright side of life, decían los Monty Python—, ve a tu librería más cercana y disfruta con este libro que te atrapará desde el principio.

NOTA: 3,5/5

Carlos Ruiz Zafón – La sombra del viento

Para mi amigo Daniel, que me devolvió la voz y la pluma.
Y para Beatriz, que nos devolvió a ambos la vida.

la-sombra-del-viento-ebook-9788408095590.jpg            Puedo decir, por fin, que sí, que lo he conseguido: ¡me he leído La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón! Tanta emoción se debe a las ingentes cantidades de sudor, lágrimas y sangre que he tenido que desperdiciar para conseguir acabarme este libro y no prenderle fuego —sobre todo, a partir de la página 429, momento en el que sufrí el mayor nivel de ultraje—. Así que, aviso, esto no va a ser una carta de amor.

            Siendo lo más breve posible, La sombra del viento es un melodrama sobre Daniel Sempere, protagonista y huérfano de madre, y su alrededor. El padre de Daniel le lleva, cuando es niño, al Cementerio de los Libros Olvidados, donde, por casualidad, encuentra un libro de Julián Carax. Este autor, junto con todas sus obras, parece haber desaparecido del mapa sin haber dejado rastro. Si nos quedamos aquí, podemos incluso pensar que tiene un argumento interesante. Pero no nos confundamos: con la mera excusa del Cementerio de los Libros Olvidados, cuya acertada e interesante presencia dejará de tener peso en la novela a partir de ese momento, nos veremos envueltos en una historia propia de las telenovelas hispanoamericanas —ojo, en televisión están superentretenidas, pero plantarla en una novela y asegurar que es “literatura” es un disparate— y, por tanto, tendremos todas sus características: incesto, un policía malo que quiere acabar con la vida del protagonista, tramas infinitas que se saca de la manga en prácticamente cada página, peleas, historias de amor imposible y, por supuesto, una continua intriga que, reconozco, podría  haber sido interesante si su revelación se hubiese ido desvelando a lo largo de la historia, y no introduciendo simplemente una larguísima carta que aburre desde el principio y que nos hace intuir que el señor Ruiz Zafón sabe crear tensiones pero no solucionarlas.

            Sobra decir que no he empatizado ni un solo segundo con los exagerados personajes que, por esa mera característica, te dejan indiferente durante todo el libro. Con la excepción, por supuesto, de Fermín, el único por el que podemos felicitar al escritor por casi conseguir caracterizar correctamente. Por supuesto, el tema de la novela brilla por su ausencia y, por eso, podemos imaginar las gotas de sudor de Zafón para intentar mantener la tensión, abriendo tantas tramas que resulta soporífero y en absoluto coherente.

            Sin embargo, podríamos perdonarle ligeramente todo esto si estuviese bien escrito, si Zafón tuviese un sublime estilo literario. Pero él no me permite ni ser benevolente: los cambios que hace de narrador son un sinsentido, uno de esos hechos que ejemplifica que no sabe —ni de lejos— escribir: tenemos la primera persona de Daniel, que alterna indistintamente con la tercera persona pero desde el mismo punto de vista para luego sorprendernos con una primera persona continua de Nuria.

            A mí me habían dicho mil veces que las grandes dotes de Zafón eran tanto la ambientación en cohesión con los personajes como sus perfectísimas descripciones, lo juro. Y aunque he de reconocer que pueda ser que los personajes estén bien hilados con Barcelona, dicha ciudad parece una mera excusa —una de tantas— para desarrollar esta telenovela y que parezca buena literatura. En cuanto a las descripciones, prefiero no hablar… Pero bueno, qué remedio, tendré que hacerlo: otra vez Zafón cree que para ser un buen escritor tienes que llenar tu novela de descripciones extensísimas, aburridísimas, insignificantes y, lo que es peor, meter metáforas, comparaciones y demás construcciones baratas en cada frase. Esto se lo aplaudo, honestamente, porque cuando creía que no podía incluir algo peor, va el campeón y lo hace. Es, sin duda, meritorio introducir tamañas ridiculeces y que ni tu editor ni el 90% de tus lectores se den cuenta. Ejemplos: «una memoria de elefante», «mirada de porcelana», «se enrolla como una persiana», «el aliento de un piano flotaba en el aire» —¿¿¿???—, «una silueta evaporándose en la oscuridad envuelta en su risa de trapo», «la mirada se me cayó al suelo», el mismísimo título «la sombra del viento»  y un largo etcétera de, concretamente, 576 páginas.

            Siguiendo con la “maravillosa” prosa de Zafón, es de destacar su absurda forma de describir el habla andaluza. Frases como «Siento comunicarsus, en nombre de la diresión, que no queda ni vera de jamong», «Ora mimo» o «[…] desde que se ha echao novia me tie orvidá y desatendía» me obligan a pedirle por favor a Zafón que se disculpe ante la gente del sur. Y si ya, a todo esto, le añadimos su incapacidad para formular buenos diálogos —no basta con hacer una pregunta y que el susodicho responda con un monólogo eterno— y las colosales erratas en el libro —«¿Les hecha de menos?», ¿en serio, Planeta? ¿EN SERIO?— La sombra del viento no solo nos hará sentir engañados sino increíblemente ofendidos.

            Me parece que el señor Ruiz Zafón intentó con esta soporífera novela algo muy inteligente: crear una historia lo suficientemente telenovelesca e intrigante para captar a los lectores de literatura comercial mientras la llenaba, con mucho esfuerzo, de metáforas, comparaciones y expresiones innecesariamente grandilocuentes para intentar captar a los lectores de literatura de calidad. En lo primero, no puedo opinar, pues no consumo ese tipo de literatura, pero en lo último puedo, sin duda, afirmar que al menos a mí no me ha engañado.

            La sombra del viento fue escrita, simplemente, para ser best-seller antes de haber vendido el primer libro. Pero, por favor, abrid los ojos: Zafón no escribe bien, esta no es una buena novela y, por supuesto, no debería estar en los 1001 libros que hay que leer antes de morir.

            Si apreciáis vuestro tiempo y vuestro intelecto, no leáis a Zafón. Repito: no leáis a Zafón.

NOTA: 1,5/5

Mariano Peyrou – De los otros

—¿Qué pasa? Te toca.
—Ya estamos llegando —dijo Pola.

9788416358915.jpg            Mariano Peyrou se adentra en la novela por primera vez, tras escribir poesía y relatos, con De los otros (2016, Sexto Piso): un libro sobre el que es tan difícil escribir como es leerlo, pues en él la historia desaparece para dar paso a la consciencia de Tico, el personaje principal, y su ruido.

            Tico es un compositor que disfruta de cierto renombre en el ámbito artístico entre la élite musical, sin sentirse del todo a gusto en ese papel —tampoco en los demás—. Esto es causado por su continuo cuestionamiento de todo lo que le rodea y de todo lo que hay en él. Su papel de artista no le da el suficiente dinero para vivir cómodamente pero tampoco está dispuesto a crear para las masas por su alto concepto del arte. Es difícil para él vivir con tanto ruido, principalmente en su cabeza, y para eso tiene a Pola, quien le reta y le irrita contradiciéndole y, a su vez, a la que irrita descontroladamente. Pola considera exasperante la «constante exigencia de conversaciones inteligentes» por parte de Tico, así como su necesidad para no dejar nada sin explicación o debate. Asimismo, también considera que Tico peca de elitista con su obsesión por el buen arte y la buena cultura. Sin embargo, él no deja de ser un artista que valora la inteligencia y la cultura porque, en cierto modo, así es como ha sido criado.

            Sin embargo, para Tico esa extrema sensibilidad por la cultura y por la inteligencia no resulta enaltecedora: nos da la impresión de que le separa de los otros, de la uniformidad ajena. Y es que en De los otros, a través de las elucubraciones mentales de Tico, se tratan los temas más importantes: la cultura, el arte, la pose, la necesidad de encajar —pero destacando, a ser posible—, la libertad, la posibilidad de definirse a uno mismo en conjunto y aisladamente pero, principalmente, de cualquier cosa que nos une y nos separa de los otros. Porque hasta cuando hacemos cosas a las que —creemos— nos inclinamos por el placer, no conseguimos discernir hasta qué punto nuestros actos están determinados por ese placer o por la inercia de seguirlo o, quizás, si dicho placer es nuestro o forma parte de los demás. En definitiva, si «cada placer es indisociable de la imagen que proporciona al sujeto», en qué parte somos libertad y en qué parte, pose.

            Y es verdad: somos seres sociales. ¿Pero hasta dónde llegamos? Aunque no de forma física, estamos continuamente en contacto humano y necesitamos silencio, alejarnos de los otros y, sobre todo, de nosotros mismos. Solo en ese caso encontramos nuestra libertad e identidad y, por este motivo, Tico nos asegura que había decidido ser músico: «para poder estar solo y en el silencio de la música». No parece haberlo conseguido, pues a lo largo de todo el devenir mental de Tico en forma de libro, observamos tan bien su necesidad por aislarse como la de ser aceptado. Contra eso, lo único que tiene es su música, sus conversaciones con Pola y los juegos. Ese último juego de inventar a otros, en el que, por fin, consigue «jugar con los otros, sin los otros».

            Si hay algo en esta novela tan importante como Tico o los temas de que se tratan es el lenguaje. A través de un incesante flujo de consciencia, nos sentimos ininterrumpidamente en la mente de Tico. Incluso en sus diálogos con Pola, David o las niñas, Tico proyecta su propia alienación y sus dudas en los demás y, por eso, jamás dejamos de estar dentro. El discurso, tanto en su cabeza como en las conversaciones con los demás, fluye sin parar, pese a las frases y diálogos inconclusos que solo sirven para darnos el más fiel ejemplo lingüístico de la realidad. Por este motivo, afirmaría casi con certeza que, sin duda, Peyrou es un firme seguidor de Joyce y gran lector del Ulises: ese flujo de consciencia sin fin que hasta llega a ser representado sin puntuación alguna nos obliga a, salvando las distancias, compararlo al gran Joyce.

            Sin embargo, para romper con los esquemas y con mi pose, reconozco no haber sido capaz de leerme el Ulises entero pese a su gran valor literario. Por ese motivo, acepto que esa fluida narración en De los otros, para mí, se encaja y no avanza. Pero como Tico nos dice en el libro: hay cosas que gustan pero que no tienen valor intelectual y hay cosas que no a las que sabemos darle el valor que se merece. Y De los otros es, sin duda, una obra arriesgada y con un alto valor tanto intelectual como literario que merece ser leída pese al reto que plantea.

            Así, la intención de Mariano Peyrou, como le ocurre a Tico, no creo que fuera crear una novela para todos los públicos. Pero sí es tan subjetiva que resulta siendo nuestra, objetiva, general y política. Porque todo es política, todo es nuestro, todo es ruido y todo es de los otros. Y este libro, más aun.

NOTA: 2,5/5

Belén Gopegui – Acceso no autorizado

 Y seguimos errando en esas nieblas.

9788439724674.jpg             La Feria del Libro nos ha sorprendido hoy con su nuevo lema para esta edición: «Porque no se imagina en el aire. Porque imaginar tiene que ver con hacer, con poder hacer». Extraído de El lado frío de la almohada, de Belén Gopegui, nos muestra lo que esta escritora pretende con sus textos: imaginar para hacer algo que pueda cambiar las cosas, por poco que sea. Esto es la literatura —o esto debería ser— y, sin duda, lo encontramos en Acceso no autorizado (2011, Literatura Mondadori), un libro que revindica a través de redes hackeadas, conspiraciones políticas y la intensa necesidad de compañía que está en todos nosotros.

             De este modo, Acceso no autorizado narra la historia de la lucha que la vicepresidenta de un gobierno del PSOE sigue adelante con el fin de que dicho partido no se desvíe de su ideología, pese a saber que tiene muy pocas posibilidades de poder conseguirlo. A través de su ordenador y en forma de una flecha, se presenta el relato de un abogado que penetra sin autorización en el ordenador de Julia, la vicepresidenta, para conseguir así ayudar a un amigo suyo. Sin embargo, la relación entre ambos evoluciona en una necesidad mutua de ayuda, de comprensión pero, principalmente, de compañía en un mundo en el que luchar para salirse del camino está castigado.

             Los personajes de esta obra se podrían reunir en dos categorías: aquellos que aceptan las cosas como están y se resignan a actuar siguiendo el camino ya propuesto —el presidente, el ministro de Interior, el Irlandés…—, y aquellos que intentan salirse del camino y cambiar las cosas, sin rendirse aunque sepan que no hay posibilidad —la vicepresidenta Julia, algunos amigos suyos, políticos y expolíticos, el abogado y el chico en problemas, Crisma—.

            Los sucesos y los personajes descritos en esta novela nos recuerdan irremediablemente a esos últimos momentos del PSOE, decaído por “la crisis” —o quizá más bien por la inercia y la cobardía—, en los que el partido empezó a dar los primeros pasos hacia la derecha. En esta época y desde hace bastante tiempo, la ideología deja de tener la magnitud que antes tenía para dar paso a la supremacía de los bancos, de las empresas y, en definitiva, de lo privado, muy por encima del gobierno de un país, sin importar su origen, y a años luz de las necesidades sociales de los individuos de a pie.

             «¿Lo que no se consigue pero, por tanto, se ha intentado, añade algo, algún tipo de cualidad?», se nos pregunta en el libro. En efecto, es ahí donde prevalece la importancia de los que nunca se cansan de luchar y de intentarlo por la mera esperanza de que, en algún momento, algo se pueda cambiar. “Utópicos” es el adjetivo que lanzarán los inertes hacia los que no solo quieren modificar las circunstancias sino también el camino, pero son los héroes de nuestra sociedad y de este relato.

             Puede que el gobierno descrito en la novela y todos los gobiernos que hemos tenido tengan razón: no podemos cambiar el camino que tenemos que seguir, por muchos desvíos que tomemos. Y esto es así y será así porque tal ruta tiene un nombre que todos hemos aceptado como nuestro y que no nos atrevemos a tocar: capitalismo.

             Eliminando temporalmente la política del texto y centrándonos en la novela, Acceso no autorizado es un gran libro, con la gran calidad literaria a la que Gopegui nos tiene acostumbrados, que quizá se queda corto comparado con otras obras suyas que la superan irremediablemente: La escala de los mapas, La conquista del aire…: los saltos de tiempo y persona en la narración sin seguir ningún tipo de coherencia resultan confusos y pueden romper la fluidez del relato; los diálogos, continuamente filosóficos y políticos, entre los personajes no producen credibilidad sino que, más bien, parecen pertenecer a la misma voz—posiblemente, de la autora— y la historia de la conspiración va perdiendo peso conforme el relato avanza.

             Sin embargo, este último punto parece explicarse cuando la vicepresidenta dice en su comparecencia que «soñamos con la conspiración porque implicaría la existencia de un orden, y eso nos calma». Quizá no era necesario elaborar el suceso de la privatización de las cajas o las otras tensiones mencionadas al principio de la novela. Quizá lo único que tiene peso es que en la política las cosas simplemente pasan, y suele ser por pasividad.

             Pese a todo, Gopegui te captura como bien sabe hacer con su narración del principio hasta el final, y tan solo con el grito de guerra del que se compone la novela hace que merezca la pena enfrascarse en su relato. Y de sobra.

Hay, dijo alguien, una diferencia entre creerte, incluso estar en la obligación de creerte, tus razones, e imaginar que te las crees. Este gobierno sólo imagina que las cree, cuando lo imagina; a veces sólo hay cinismo.

            Me gustaría afirmar que, desde el año de publicación de esta obra al momento en que estamos ahora, algo ha cambiado, por muy nimio que sea, y que esa ya no es la sensación que algunos ciudadanos tenemos de todos nuestros políticos. Pero no puedo. Y contra eso, solo está la literatura, el arte y, por supuesto, votar.

NOTA: 3/5

Miqui Otero – Rayos

Lo leí en ese abanico de luz, con el bisbiseo de la palabra que encabeza un recuerdo o una confidencia:
RAYOS

9788416290406.jpg             Un joven desorientado y algo cobarde —pero bastante autocrítico— que se escuda en el estatismo, en aquello que constantemente repite —«no pasa nada»—, para no enfrentarse a sus problemas y, sobre todo, a los cambios. Este es Fidel Centella, personaje principal de la tercera y última novela de Miqui Otero: Rayos (2016, Blackie Books), cuya historia nos hace ser espectadores de lo real, de aquello que ocurre detrás de los sucesos y dentro de las personas. Escrita de forma impecable, nos vemos inmersos en la vida de Fidel, de sus queridos Rayos, y de ese juego al que jugamos todos los que estamos en la pasada veintena, fingiendo ser adultos pero agarrándonos como podemos a los últimos resquicios de la niñez y adolescencia, sin mucha certeza sobre si pierde o gana el último que se suelte.

            Fidel Centella no consigue descifrar para qué es demasiado mayor y para qué, demasiado joven; no quiere aceptar que quizás ha crecido ya lo suficiente como para poder enfrentarse a aquellos problemas que empiezan a pertenecer ya a la vida adulta y que ya no son juegos —la independencia y sus problemas, las tesituras del amor, los cambios en nuestro alrededor y en nosotros mismos, la miseria de aquel que no tiene hogar o está cerca de perderlo o, incluso, la posible muerte de un familiar—. Sin embargo, no está solo para recorrer ese pedregoso camino. Para ello, cuenta con la ayuda de sus Rayos —Brais, Iu y Justo—, sus amigos de la infancia que siempre han estado ahí y sin los que, dada su naturaleza de despistado, no sabría adónde ir. También, Fidel tiene a Bárbara, otra amiga de la infancia por la que quizá siente algo más que el mero cariño hacia quien ha estado tu lado mientras te veía crecer; a los vecinos de su barrio —Tinet, Romario…—, el Raval, cuyas vidas están más descarriadas que la suya propia y por quienes no consigue despojarse de aquella cobardía para poder ayudarles a tiempo, y a sus padres, por supuesto, aunque le ofrecen a su todavía condición de niño más problemas que asimilar que consuelos.

            Cuando eres un niño e, incluso, adolescente, todo te fascina y emociona porque el mundo es un lugar desprovisto de preocupaciones en el que las primeras veces son abundantes. Tu primer amigo del alma, tu primera rebeldía, tu primer amor, tus primeras pellas, tu primer cigarro, tu primer polvo… Habiendo vivido esa etapa en la que rezuman las primeras veces y la emoción por la novedad, cuesta digerir que, llegados a una edad, no van a existir más y que, quizás, las que existen son más dolorosas. Rayos es la novela que nos presenta ese proceso de descubrimiento personal a través de Fidel Centella, en el que vemos cómo consigue evolucionar y enfrentarse, aunque a pequeños pasitos, a las cosas que duelen.

            «Una luz aquí pedía una sombra allí», nos decía Virginia Woolf en Al faro a través de la pintura de Lily Briscoe. Y bajo otra metáfora, bastante más simple pero igual de efectiva, Miqui Otero nos explica el secreto de la vida adulta: aceptar que «al final las tormentas son necesarias para que escampe». Y lo bonito de Rayos es el crecimiento personal de Fidel para que acabe por confesarnos eso, por aceptar lo que quizás algunos ya sabíamos y quizás otros no: que necesitamos los problemas, aceptarlos y superarlos, para encontrar en algún momento la calma. Y es que, aunque todo pase, no pasa nada.

            Rayos es una novela muy coherente con su estructura, intercalando las desesperaciones de Fidel con los episodios de su infancia o los recuerdos de su familia en la aldea gallega para, de ese modo, comprenderse mejor a sí mismo y conseguir descubrir su identidad, y con un estilo tan personal, tan llano pero tan bonito que hasta embellece las descripciones que hace Fidel de sus masturbaciones. Y todo esto con una preciosa protagonista, la ciudad de Barcelona en los años 2000, descrita a través de diferentes perspectivas: cómo sus padres y familiares la veían al emigrar desde Galicia y cómo la siguen viendo, como una gran Galicia pero con más movimiento; cómo Fidel mismo la ve, tan cuadriculada y ordenada en contraposición con su inherente desorden personal, y cómo la volverá a ver cuando vuelva del retiro en su aldea en 2008, en plena crisis económica.

            Mediante «el Videoclip Real» de Justo, amigo de Fidel, Miqui Otero nos señala el día a día, a las personas y a la manera que tienen de enfrentarse a la rutina y a los altibajos. Consigue así, como bien asegura a través de su protagonista, «convertir una vida en la que no pasaba nada en un libro en el que sucedió algo». Quizá si en Rayos las tensiones no se resuelven es porque, como en la vida, a veces simplemente pasan.

            Puede ser que, al final, estemos todos observando mientras aprendemos a vivir y para ello necesitemos «leer y escribir para vivir muchas vidas cuando se tiene solo una y demasiado miedo de perderla». Sobre todo, si son obras como esta. Pues eso.

 NOTA: 5/5