Karl Marx y Friedrich Engels – El manifiesto comunista

ac78bee96d0ceeac552e0c8780bc4822            Hoy vengo a hablaros de El manifiesto comunista de Karl Marx y Friedrich Engels. Sin embargo, por primera vez no voy a tratar el contenido del libro en cuestión sino más bien su forma. En mis manos tengo la preciosa edición de este famoso texto que salió a la luz en 2012 por parte de la editorial Nórdica.

            La importancia de El manifiesto comunista, publicado originalmente en 1848, para la historia de la política, economía e, incluso, de la literatura es indiscutible, independientemente de que haya quienes estén de acuerdo con las premisas tratadas en el texto y haya quienes que no lo estén rotundamente. Sin embargo, en la actualidad es, sin duda, necesario acercar este texto tan sumamente valioso al público joven que no ha vivido las circunstancias políticas necesarias como para interesarse por él.

            Firmemente opino que Nórdica, con esta edición, ha conseguido —o, al menos, ha puesto todo de su parte y se nota— rejuvenecer este gran clásico para hacerlo, de este modo, más atractivo. Y se nota tanto en el extremo cuidado que le han puesto a la edición como en las sublimes ilustraciones de Fernando Vicente que acompañan al texto.

            Supongo que a muchos les dolió el pensar que podrían hacer una edición ilustrada de El manifiesto comunista y, aunque quizá la mera idea pueda sonar extraña, una vez tienes en tus manos el libro lo entiendes. La belleza que las magníficas ilustraciones dan al texto en sí es irrefutable y, además, original, y que exista originalidad a la hora de editar uno de los libros más leídos por todo el mundo es lo que hace a editoriales como esta en cuestión —Nórdica— especiales.

            El manifiesto comunista es, además, uno de esos libros que jamás envejecen: el retrato de la sociedad capitalista y de la lucha entre las clases obrera y burguesa también sirve para la actualidad, pese a que haya pasado más de un siglo. Así que tanto si os apasiona ideológicamente y nunca lo habéis leído como si queréis leerlo por su gran valor dentro de la historia política y económica, esta edición ilustrada y modernizada será, sin duda, de vuestro agrado visual e intelectual.

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Una de las ilustraciones de Fernando Vicente.

Boris Vian – El arrancacorazones

Detrás de él, la verja, quizás empujada por una corriente de aire, volvió a cerrarse con un fuerte chasquido. El viento pasaba por entre los barrotes.

34595210.jpg          La última novela que publicó Boris Vian, El Arrancacorazones (2009, Tusquets), ni es fácil de leer ni es fácil de reseñar pero, como todo en esta vida, si lo intentas acaba por parecernos una experiencia enormemente satisfactoria. El arrancacorazones resulta tan triste como cómica, rozando quizá la más extrema hilaridad que rodea lo absurdo. En definitiva, es como la vida misma: desoladora, divertida y, sobre todo, ridícula.

          La narración comienza con la llegada del psiquiatra Jacquemort a un hogar familiar en donde se encuentra en la obligación de asistir en el parto de la señora de la casa, Clementine. A partir de estos momentos, las problemáticas de la vida y las situaciones más absurdas se suceden continuamente en la crónica de este psiquiatra y en la de todo aquello que le rodea. Jacquemort se siente desprovisto de cualquier tipo de sentimiento. Por este motivo, necesita encontrar desesperadamente alguien a quien psicoanalizar para, así, conseguir llenar ese vacío existencial que habita en su interior y sentirse más humano. Sin embargo, nadie en el pueblo quiere hablar de sus problemas: reprimen cualquier pensamiento negativo hacia ellos mismos haciendo uso de la extrema crueldad o tortura a los otros, tanto animales como humanos considerados en una posición de inferioridad. Por supuesto, en este caso también utilizan a la Gloira, lanzándoles toda la vergüenza que les come por dentro a cambio de dinero.

          En este libro, la importancia reside tanto en lo que se cuenta como en la manera como se cuenta; es decir, entre los personajes y las situaciones más rocambolescas que claramente no se corresponderían en la vida real, vemos trazados los temás más existencialistas de la mente humana: todo contado mediante una poética narración que te absorbe y unos diálogos maravillosos, perfectamente ejecutados.

         
Los personajes y sus singulares coyunturas son, sin duda alguna, lo mejor del libro. Además del padre que necesita exiliarse de su propio hogar —así sea por su propia decisión o por obligación inconsciente de los otros—, de una criada ninfómana e inculta con traumas infantiles y del reverendo del pueblo que está muy al tanto del egoísmo humano y castiga a los habitantes, los personajes más interesantes y mejor trazados son otros. Y es que, con la ayuda, principalmente, de Clementine, La Gloira, Jacquemort y la comunidad, vemos pormenorizadas cuestiones tan difíciles de tratar como la culpa, la represión sexual que solo aflota en momentos de inconsciencia, la crueldad de la sociedad y de la familia en concreto, la relación entre las madres y los hijos y, sobre todo, el vacío existencial. Vian consigue lidiar con todos estos temas de la manera más sorprendente: a través de situaciones y personajes en las que, pese a que avanzan en el absurdo y la exageración conforme la narración avanza, acabamos envueltos sin saber concretamente cómo, creyéndolas hasta el final.

         
Es ese vacío existencial el que lleva a Jacquemort a ese pueblo cuyas costumbres le parecen atroces y decepcionantes hasta llevarle a la locura y aceptarlas, finalmente, como suyas. De este modo, acaba encomendando su destino a llenar dicho vacío con las penurias de esa comunidad que tanto repudiaba, solo que no de la manera que él había planeado desde el principio. Tal es la enajenación y la disociación que el pueblo provoca en nuestro protagonista que el relato, narrado desde el inicio de la obra a través de entradas marcadas en el tiempo —«29 de agosto» o «2 de septiembre», por ejemplo—, va diluyéndose en el tiempo sin saber, tanto los lectores como el propio protagonista, en qué momento de la historia estamos o cuánto ha pasado desde el «59 de eneabril» y el «73 de februnio».
         
          Sin embargo, el vínculo humano que más me ha marcado dentro de la novela es el descrito entre Clementine y sus hijos —Joël, Noël y Citroën—. Clementine va desarrollando desde el parto una paranoia cada vez mayor con relación a la seguridad y el bienestar de sus hijos, a un nivel tan extremo que necesita castigarse para sentirse buena madre y va, poco a poco, coartando sus libertades para suprimir cualquier, aunque sea remoto, problema en los que ellos se puedan ver envueltos. Entretanto, los niños buscan libertad de esa presión familiar pero aceptan de buena gana esa supresión de su propia autonomía —en parte, porque el mundo les es relatado como nocivo y mísero— mientras mantengan su propia y oculta manera de escapar de su realidad para que, un poco más adelante, también se les sea arrebatada.

          El arrancacorazones es una novela que resulta extremadamente rara al principio pero que, en cuanto estás más inmerso en lo absurdo y surreal de la narración, te acaba enganchando hasta que acabas considerando las grotescas situaciones como la normalidad absoluta de la vida. Esta es mi primera obra leída de Vian pero, sin duda ninguna, si las demás novelas están tan bien narradas y llenas de este mundo tan hiponotizante y surreal que se acaba convirtiendo en realidad, me las apunto en la lista.

NOTA: 4/5

Harper Lee – Matar a un ruiseñor

Apagó la luz y fue al cuarto de Jem. Se quedaría allí toda la noche, y seguiría allí cuando Jem se despertara por la mañana.

matar-un-ruiseñor-harper-lee-nuevaedición-harpercollinsespañol-to-kill-a-mockinbird.jpg            Hay algunos afortunados que nunca mueren de verdad porque siempre tendrán un legado en el mundo y siempre habrá una parte de ellos que será recordada. Harper Lee murió el 19 de febrero de este año y este es mi intento de mantenerla viva. No hay mucho que pueda decir que no se haya dicho ya sobre la primera —y única, hasta que se publicara hace poco Ve y pon un centinela (2015, Harper Collins)— obra de Harper Lee, Matar a un ruiseñor, pero eso no me impedirá intentarlo.

            Lo primero que quiero decir de esta gran obra es que ahora, por fin, comprendo por qué es lectura obligada en los colegios de países anglófonos. Y lo segundo es que, de hecho, lo que no entiendo es por qué no lo es en los colegios de los demás países. Matar a un ruiseñor es pura bondad y respeto y, sin duda, opino que nos hace mejores personas al leerlo. Hace daño pensar que los temas tratados —el racismo, las clases sociales, la problemática dentro del género, etc.— en el escenario del sur de los Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX no se han quedado anticuados y seguimos sufriéndolos en todo el mundo.

            Al meternos en los ámbitos concretos del libro, nos encontramos con que Matar a un ruiseñor es una obra narrada desde la perspectiva juvenil de Scout Finch, con un toque de madurez, como si lo estuviese recordando la ya adulta Jean Louis Finch. Scout, según avanza el libro, va aprendiendo poco a poco de su padre, Atticus Finch, el abogado del pueblo, valores como el respeto, la justicia o la igualdad. La novela se revuelve alrededor de un difícil juicio en el que Atticus defiende a un negro —Tom Robinson— de la injusta acusación de haber violado a la hija de Bob Ewell, el borracho y violento del pueblo. Pese a la inocencia de Robinson y la maldad de Ewell, el juicio acaba por ignorar los hechos y basarse en la lucha entre blancos y negros. Jem Finch, hermano de Scout, ve su respeto por la justicia americana roto tras el veredicto de dicho juicio y Dill, amigo de Scout, siente náuseas al oírlo. Sin embargo, el mundo adulto se queda igual y da la impresión, en palabras de Atticus Finch, de que, al ver la injusticia, «al final, parece que solo lloran los niños», ya que son ellos los únicos que todavía no han sido corrompidos con los valores, aunque incorrectos, de la sociedad y conservan su inocencia.

            De todas maneras, aunque el suceso principal de la novela sea el juicio, hay personajes que son un argumento en sí mismos y que sirven para desarrollar los temas que se tratan. Por ejemplo, en la cuestión de las clases sociales, tenemos a las familias Ewell y Cunningham que, aunque son igual de pobres, los Ewell carecen de los correctos valores y de respeto hacia los demás, mientras que los Cunningham son el paradigma de bondad y respeto, no aceptando nada de forma gratuita, aunque, en ocasiones, tengan que seguir los valores de la sociedad por miedo. Asimismo, en el tema del racismo tenemos a personajes tan claves como Calpurnia o Dolphus Raymond. Calpurnia es la criada de la familia Finch pero es tratada como mucho más que eso: cuida y educa a los niños correctamente y a su voluntad, es respetada y ayudada todo el tiempo e, incluso, lleva a los niños a las ceremonias religiosas de la gente de color sin que suponga ningún revuelo. Dolphus Raymond es un blanco que vive entre negros, según es descrito, y que, de hecho, tiene como esposa a una mujer de color con la que tiene varios hijos mestizos. El Señor Raymond se hace el borracho para que la gente no cuestione sus actos pero, en realidad, confiesa a los hermanos Finch que es así como quiere vivir y como se siente a gusto. Por otro lado, tenemos a la tía Alexandra que lucha contra Scout y contra su padre, demostrando, también, las problemáticas de género vividas en la época. Scout es una chica imaginativa, que juega con su hermano mayor y que se ensucia, a la que no le gusta llevar vestidos y, en definitiva, llevar el papel de “dama” como es comúnmente considerado. Y, por si no fuese poco, también encontramos una crítica al sistema educativo de la época cuando Scout es castigada en la escuela por saber leer, hecho que le enfada ya que, según considera — ¡y cuánta razón!—, «leer es como respirar».

            Aunque todos estos personajes son maravillosas y están perfectamente perfilados, nuestro corazón está con Boo Radley y Atticus Finch. Cuando Dill volvía a Maycomb, la ciudad de los Finch, por el verano, Scout, Jem y él inventaban historias sobre la misteriosa historia de los Radley. Boo Radley jamás salía de su casa y corrían leyendas terribles sobre su naturaleza. Los niños se cuelan en los alrededores de la casa varias veces para intentar descifrar el misterio y sueñan con encontrarse con Boo, pero no es hasta el final del libro cuando su verdadera presencia y, con ella, su bondad son reveladas.

            Por último pero no por ello menos importante, es necesario señalar la labor del gran Atticus Finch. Viudo de su mujer, Atticus intenta cuidar de sus hijos de la mejor manera que puede, junto a Calpurnia. Les inculca valores tales como el respeto, la actitud pacífica frente a los insultos, la empatía hacia todos los demás, por muy diferentes que sean a ellos… Y no sólo se los inculca a ellos, sino a toda la ciudad de Maycomb en el juicio, pese a que sabía que iba a perder, ya que «solo porque fuéramos derrotados cien años antes de haber comenzado no es razón suficiente para no volver a intentarlo». Y, por supuesto, todos estos personajes perfectamente encajados con una sublime ambientación de la época en la América sureña.

            Matar a un ruiseñor es un libro que, pese a que resida su importancia en los temas tratados, está escrito de una forma tan bella y visual y con un ritmo tan correcto que te lleva sin parones desde el principio hasta el final. Y, además de ello, posee uno de los símbolos más bonitos que he podido llegar a leer: el ruiseñor. El ruiseñor, aquel que es pecado matar, pues lo único que hace «es música para que la disfrutemos». El ruiseñor que se personifica en Tom Robinson y en Boo Radley, el ruiseñor al que condenar sería un pecado porque está lleno de bondad y carece de intención de dañar a nadie.

            Atticus, sin duda, es un activista de su época en toda regla y no se rinde aunque tenga a toda la ciudad en su contra. Y eso es algo que todos deberíamos aprender en los tiempos que corren. A 2016, se multiplican las agresiones homófobas cada año en España; el año pasado acabó con 57 mujeres asesinadas por violencia de género, sin contar las que ingresan cada día en centros de acogida por maltrato; en unos meses, hemos tenido dos atentados terroristas en Europa e innumerables más en el resto del mundo; los terroristas siguen matando a mujeres y a niños por razones de cultura y religión y, lo que es peor, nosotros seguimos matando a mujeres y a niños por razones de cultura y religión.

            «Nunca llegarás a entender realmente a una persona hasta que consideres las cosas desde su punto de vista… hasta que te metas en su piel y camines con ella», escribió Harper Lee a través de Atticus Finch. Estoy segura de que ella, como la mayoría de nosotros, quería morir viendo un importante cambio en la sociedad. Tomemos las palabras de Atticus Finch como sagradas y, antes de juzgar a una cultura entera o a individuos en concreto, empaticemos. Porque la empatía es la mejor característica que puede tener un ser humano. Porque todos podemos ser como Tom Robinson o Boo Radley, todos tenemos algo de ruiseñor dentro de nosotros y, sin duda, «la mayoría de las personas lo son [buenas], cuando por fin las ves».

NOTA: 5/5