Jenny Offill – Departamento de especulaciones

Ningún joven sabe el nombre de nada.

arton1572.jpg            Guardo mucho respeto hacia la calidad literaria de los libros publicados en la editorial Libros del Asteroide. Por eso, de vez en cuando me dejo guiar por ese amor a primera vista que me provocan algunos libros y me lanzo a alguno de los suyos. Departamento de especulaciones (2016, Libros del Asteroide), de Jenny Offill, ha sido uno de ellos, pero no uno cualquiera. Da gusto encontrarse con libros así por sorpresa, libros que te hacen sentir viva, sentir cada una de las cosas que la protagonista siente. Es un libro provocativo que parece un ejercicio de curación tanto como para la protagonista como para la autora misma. Pero es, sobre todo, precioso, tanto que te rompe el corazón, como el amor, como la mayor parte de las cosas buenas en la vida.

            El relato del libro se estructura en tres partes, a través del esfuerzo de la anónima protagonista por echar la vista atrás e intentar recapitular cómo empezó todo, qué es lo que fue mal y cómo ha llegado a donde está, principalmente en el terreno amoroso-doméstico. En la primera la observamos desde un campo individual, comprendemos sus deseos de triunfar como escritora y artista así como su odio por aquellas personas comunes, aquellas que carecen de ambición o que van a yoga. Pero entonces se enamora y, con ese amor que te impide ser racional y que solo te deja que le sigas sin rumbo, llega la inevitabilidad de renunciar a la ambición, a la individualidad o al deseo de ser excepcional. Su vida, que ahora gira alrededor de su amor incondicional, tanto hacia su marido como a su hija, la lleva a salirse del plan, a cambiar la órbita gravitacional de sus deseos. Sin embargo, conforme van surgiendo problemas en el hogar —«deja de escribir te quiero» le escribe su hija en una nota— se empieza a lamentar de su vida artística perdida y se pregunta por qué «algunas mujeres hacen que parezca facilísimo eso de renunciar a la ambición». Casi sin previo aviso, se ha convertido en una de esas mujeres a las que odia, y esa evolución doméstica, así como los problemas que surgen en su relación sentimental, nos lleva a la tercera parte: una severa depresión causada por el exceso de lo cotidiano, de lo doméstico; por el intenso aislamiento que siente del resto.

            Offill penetra perfectamente con este libro en lo más hondo de la condición humana, en ese deseo de amar con miedo a entregarse del todo, en los temas más comunes pero más reales y dolorosos de la vida: el paso de la intensa felicidad y satisfacción a la depresión, del amor al desamor, del compromiso a la infidelidad y de la ambición profesional a la monotonía de lo doméstico. Y es que el amor es así: adorar a la otra persona, sentir que está por encima de todo, y desear intensamente que sientan lo mismo por ti.  El amor es una apuesta obligatoria de la que no te puedes escapar cuyo mayor premio no es ganar sino disfrutar del mejor camino. «Cuesta creer que el amor haya llegado a parecerme un asunto tan frágil», reconoce la autora. Y es que, a través de su ejercicio de introspección, ha descubierto que el amor no es solo precioso y magnánimo sino que se puede romper por el menor paso en balde, que puede albergar tanto todo lo bueno como todo lo malo en la vida y que, pese a ello, merece la pena.

            Departamento de especulaciones es un libro en el que su mayor protagonista es la realidad subrayada de lo común y cotidiano, con sus cosas dolorosas y asquerosas pero también con sus cosas bonitas que dan sentido a la vida. ¿Lo mejor de todo? Que no solo el mensaje se transmite bien y llega directo al lector sino que, además, está bien formulado y bien escrito. El relato consta de párrafos cortos con un lenguaje muy llano, identificados como los abruptos —a veces emotivos, a veces cómicos pero siempre honestos— pensamientos de la protagonista, lo cual ayuda a que la lectura enganche, fluya y se haga corta, pese a que la queramos disfrutar más y más. Además, el anonimato de los personajes ayuda a que el relato sea tan universal como los temas de los que trata. Y el cambio que hace de narrador en cada una de las tres partes, pasando de la primera persona del singular, a la tercera persona del singular para terminar en el plural es una elección sublime para señalar la evolución del personaje y su preocupación por la pérdida de su individualidad.

            Puede ser que Offill tenga razón al escribir que «parece que la verdad acerca de envejecer sea que cada vez haya menos cosas de las que una pueda reírse», pero tanto la protagonista como ella misma parecen haber conseguido mantener un resquicio, aunque sea, de esa luz que, según los místicos, se desvanece con la edad. Offill ha conseguido crear un libro que no solo gusta sino que encanta y enamora como si no existiese otro más.

            Y si Rilke tenía razón al decir que «la obra artística siempre es el resultado de haber estado en peligro»: enamorémonos, apostemos sin ninguna seguridad, lancémonos a precipicios y, no solo habremos exprimido cada posibilidad que la vida pueda ofrecernos sino que, quizás, alguien podrá seguir creando obras tan perfectas como esta.

 NOTA: 5/5

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