Boris Vian – El arrancacorazones

Detrás de él, la verja, quizás empujada por una corriente de aire, volvió a cerrarse con un fuerte chasquido. El viento pasaba por entre los barrotes.

34595210.jpg          La última novela que publicó Boris Vian, El Arrancacorazones (2009, Tusquets), ni es fácil de leer ni es fácil de reseñar pero, como todo en esta vida, si lo intentas acaba por parecernos una experiencia enormemente satisfactoria. El arrancacorazones resulta tan triste como cómica, rozando quizá la más extrema hilaridad que rodea lo absurdo. En definitiva, es como la vida misma: desoladora, divertida y, sobre todo, ridícula.

          La narración comienza con la llegada del psiquiatra Jacquemort a un hogar familiar en donde se encuentra en la obligación de asistir en el parto de la señora de la casa, Clementine. A partir de estos momentos, las problemáticas de la vida y las situaciones más absurdas se suceden continuamente en la crónica de este psiquiatra y en la de todo aquello que le rodea. Jacquemort se siente desprovisto de cualquier tipo de sentimiento. Por este motivo, necesita encontrar desesperadamente alguien a quien psicoanalizar para, así, conseguir llenar ese vacío existencial que habita en su interior y sentirse más humano. Sin embargo, nadie en el pueblo quiere hablar de sus problemas: reprimen cualquier pensamiento negativo hacia ellos mismos haciendo uso de la extrema crueldad o tortura a los otros, tanto animales como humanos considerados en una posición de inferioridad. Por supuesto, en este caso también utilizan a la Gloira, lanzándoles toda la vergüenza que les come por dentro a cambio de dinero.

          En este libro, la importancia reside tanto en lo que se cuenta como en la manera como se cuenta; es decir, entre los personajes y las situaciones más rocambolescas que claramente no se corresponderían en la vida real, vemos trazados los temás más existencialistas de la mente humana: todo contado mediante una poética narración que te absorbe y unos diálogos maravillosos, perfectamente ejecutados.

         
Los personajes y sus singulares coyunturas son, sin duda alguna, lo mejor del libro. Además del padre que necesita exiliarse de su propio hogar —así sea por su propia decisión o por obligación inconsciente de los otros—, de una criada ninfómana e inculta con traumas infantiles y del reverendo del pueblo que está muy al tanto del egoísmo humano y castiga a los habitantes, los personajes más interesantes y mejor trazados son otros. Y es que, con la ayuda, principalmente, de Clementine, La Gloira, Jacquemort y la comunidad, vemos pormenorizadas cuestiones tan difíciles de tratar como la culpa, la represión sexual que solo aflota en momentos de inconsciencia, la crueldad de la sociedad y de la familia en concreto, la relación entre las madres y los hijos y, sobre todo, el vacío existencial. Vian consigue lidiar con todos estos temas de la manera más sorprendente: a través de situaciones y personajes en las que, pese a que avanzan en el absurdo y la exageración conforme la narración avanza, acabamos envueltos sin saber concretamente cómo, creyéndolas hasta el final.

         
Es ese vacío existencial el que lleva a Jacquemort a ese pueblo cuyas costumbres le parecen atroces y decepcionantes hasta llevarle a la locura y aceptarlas, finalmente, como suyas. De este modo, acaba encomendando su destino a llenar dicho vacío con las penurias de esa comunidad que tanto repudiaba, solo que no de la manera que él había planeado desde el principio. Tal es la enajenación y la disociación que el pueblo provoca en nuestro protagonista que el relato, narrado desde el inicio de la obra a través de entradas marcadas en el tiempo —«29 de agosto» o «2 de septiembre», por ejemplo—, va diluyéndose en el tiempo sin saber, tanto los lectores como el propio protagonista, en qué momento de la historia estamos o cuánto ha pasado desde el «59 de eneabril» y el «73 de februnio».
         
          Sin embargo, el vínculo humano que más me ha marcado dentro de la novela es el descrito entre Clementine y sus hijos —Joël, Noël y Citroën—. Clementine va desarrollando desde el parto una paranoia cada vez mayor con relación a la seguridad y el bienestar de sus hijos, a un nivel tan extremo que necesita castigarse para sentirse buena madre y va, poco a poco, coartando sus libertades para suprimir cualquier, aunque sea remoto, problema en los que ellos se puedan ver envueltos. Entretanto, los niños buscan libertad de esa presión familiar pero aceptan de buena gana esa supresión de su propia autonomía —en parte, porque el mundo les es relatado como nocivo y mísero— mientras mantengan su propia y oculta manera de escapar de su realidad para que, un poco más adelante, también se les sea arrebatada.

          El arrancacorazones es una novela que resulta extremadamente rara al principio pero que, en cuanto estás más inmerso en lo absurdo y surreal de la narración, te acaba enganchando hasta que acabas considerando las grotescas situaciones como la normalidad absoluta de la vida. Esta es mi primera obra leída de Vian pero, sin duda ninguna, si las demás novelas están tan bien narradas y llenas de este mundo tan hiponotizante y surreal que se acaba convirtiendo en realidad, me las apunto en la lista.

NOTA: 4/5

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