Carlos Ruiz Zafón – La sombra del viento

Para mi amigo Daniel, que me devolvió la voz y la pluma.
Y para Beatriz, que nos devolvió a ambos la vida.

la-sombra-del-viento-ebook-9788408095590.jpg            Puedo decir, por fin, que sí, que lo he conseguido: ¡me he leído La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón! Tanta emoción se debe a las ingentes cantidades de sudor, lágrimas y sangre que he tenido que desperdiciar para conseguir acabarme este libro y no prenderle fuego —sobre todo, a partir de la página 429, momento en el que sufrí el mayor nivel de ultraje—. Así que, aviso, esto no va a ser una carta de amor.

            Siendo lo más breve posible, La sombra del viento es un melodrama sobre Daniel Sempere, protagonista y huérfano de madre, y su alrededor. El padre de Daniel le lleva, cuando es niño, al Cementerio de los Libros Olvidados, donde, por casualidad, encuentra un libro de Julián Carax. Este autor, junto con todas sus obras, parece haber desaparecido del mapa sin haber dejado rastro. Si nos quedamos aquí, podemos incluso pensar que tiene un argumento interesante. Pero no nos confundamos: con la mera excusa del Cementerio de los Libros Olvidados, cuya acertada e interesante presencia dejará de tener peso en la novela a partir de ese momento, nos veremos envueltos en una historia propia de las telenovelas hispanoamericanas —ojo, en televisión están superentretenidas, pero plantarla en una novela y asegurar que es “literatura” es un disparate— y, por tanto, tendremos todas sus características: incesto, un policía malo que quiere acabar con la vida del protagonista, tramas infinitas que se saca de la manga en prácticamente cada página, peleas, historias de amor imposible y, por supuesto, una continua intriga que, reconozco, podría  haber sido interesante si su revelación se hubiese ido desvelando a lo largo de la historia, y no introduciendo simplemente una larguísima carta que aburre desde el principio y que nos hace intuir que el señor Ruiz Zafón sabe crear tensiones pero no solucionarlas.

            Sobra decir que no he empatizado ni un solo segundo con los exagerados personajes que, por esa mera característica, te dejan indiferente durante todo el libro. Con la excepción, por supuesto, de Fermín, el único por el que podemos felicitar al escritor por casi conseguir caracterizar correctamente. Por supuesto, el tema de la novela brilla por su ausencia y, por eso, podemos imaginar las gotas de sudor de Zafón para intentar mantener la tensión, abriendo tantas tramas que resulta soporífero y en absoluto coherente.

            Sin embargo, podríamos perdonarle ligeramente todo esto si estuviese bien escrito, si Zafón tuviese un sublime estilo literario. Pero él no me permite ni ser benevolente: los cambios que hace de narrador son un sinsentido, uno de esos hechos que ejemplifica que no sabe —ni de lejos— escribir: tenemos la primera persona de Daniel, que alterna indistintamente con la tercera persona pero desde el mismo punto de vista para luego sorprendernos con una primera persona continua de Nuria.

            A mí me habían dicho mil veces que las grandes dotes de Zafón eran tanto la ambientación en cohesión con los personajes como sus perfectísimas descripciones, lo juro. Y aunque he de reconocer que pueda ser que los personajes estén bien hilados con Barcelona, dicha ciudad parece una mera excusa —una de tantas— para desarrollar esta telenovela y que parezca buena literatura. En cuanto a las descripciones, prefiero no hablar… Pero bueno, qué remedio, tendré que hacerlo: otra vez Zafón cree que para ser un buen escritor tienes que llenar tu novela de descripciones extensísimas, aburridísimas, insignificantes y, lo que es peor, meter metáforas, comparaciones y demás construcciones baratas en cada frase. Esto se lo aplaudo, honestamente, porque cuando creía que no podía incluir algo peor, va el campeón y lo hace. Es, sin duda, meritorio introducir tamañas ridiculeces y que ni tu editor ni el 90% de tus lectores se den cuenta. Ejemplos: «una memoria de elefante», «mirada de porcelana», «se enrolla como una persiana», «el aliento de un piano flotaba en el aire» —¿¿¿???—, «una silueta evaporándose en la oscuridad envuelta en su risa de trapo», «la mirada se me cayó al suelo», el mismísimo título «la sombra del viento»  y un largo etcétera de, concretamente, 576 páginas.

            Siguiendo con la “maravillosa” prosa de Zafón, es de destacar su absurda forma de describir el habla andaluza. Frases como «Siento comunicarsus, en nombre de la diresión, que no queda ni vera de jamong», «Ora mimo» o «[…] desde que se ha echao novia me tie orvidá y desatendía» me obligan a pedirle por favor a Zafón que se disculpe ante la gente del sur. Y si ya, a todo esto, le añadimos su incapacidad para formular buenos diálogos —no basta con hacer una pregunta y que el susodicho responda con un monólogo eterno— y las colosales erratas en el libro —«¿Les hecha de menos?», ¿en serio, Planeta? ¿EN SERIO?— La sombra del viento no solo nos hará sentir engañados sino increíblemente ofendidos.

            Me parece que el señor Ruiz Zafón intentó con esta soporífera novela algo muy inteligente: crear una historia lo suficientemente telenovelesca e intrigante para captar a los lectores de literatura comercial mientras la llenaba, con mucho esfuerzo, de metáforas, comparaciones y expresiones innecesariamente grandilocuentes para intentar captar a los lectores de literatura de calidad. En lo primero, no puedo opinar, pues no consumo ese tipo de literatura, pero en lo último puedo, sin duda, afirmar que al menos a mí no me ha engañado.

            La sombra del viento fue escrita, simplemente, para ser best-seller antes de haber vendido el primer libro. Pero, por favor, abrid los ojos: Zafón no escribe bien, esta no es una buena novela y, por supuesto, no debería estar en los 1001 libros que hay que leer antes de morir.

            Si apreciáis vuestro tiempo y vuestro intelecto, no leáis a Zafón. Repito: no leáis a Zafón.

NOTA: 1,5/5

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