Belén Gopegui – Acceso no autorizado

 Y seguimos errando en esas nieblas.

9788439724674.jpg             La Feria del Libro nos ha sorprendido hoy con su nuevo lema para esta edición: «Porque no se imagina en el aire. Porque imaginar tiene que ver con hacer, con poder hacer». Extraído de El lado frío de la almohada, de Belén Gopegui, nos muestra lo que esta escritora pretende con sus textos: imaginar para hacer algo que pueda cambiar las cosas, por poco que sea. Esto es la literatura —o esto debería ser— y, sin duda, lo encontramos en Acceso no autorizado (2011, Literatura Mondadori), un libro que revindica a través de redes hackeadas, conspiraciones políticas y la intensa necesidad de compañía que está en todos nosotros.

             De este modo, Acceso no autorizado narra la historia de la lucha que la vicepresidenta de un gobierno del PSOE sigue adelante con el fin de que dicho partido no se desvíe de su ideología, pese a saber que tiene muy pocas posibilidades de poder conseguirlo. A través de su ordenador y en forma de una flecha, se presenta el relato de un abogado que penetra sin autorización en el ordenador de Julia, la vicepresidenta, para conseguir así ayudar a un amigo suyo. Sin embargo, la relación entre ambos evoluciona en una necesidad mutua de ayuda, de comprensión pero, principalmente, de compañía en un mundo en el que luchar para salirse del camino está castigado.

             Los personajes de esta obra se podrían reunir en dos categorías: aquellos que aceptan las cosas como están y se resignan a actuar siguiendo el camino ya propuesto —el presidente, el ministro de Interior, el Irlandés…—, y aquellos que intentan salirse del camino y cambiar las cosas, sin rendirse aunque sepan que no hay posibilidad —la vicepresidenta Julia, algunos amigos suyos, políticos y expolíticos, el abogado y el chico en problemas, Crisma—.

            Los sucesos y los personajes descritos en esta novela nos recuerdan irremediablemente a esos últimos momentos del PSOE, decaído por “la crisis” —o quizá más bien por la inercia y la cobardía—, en los que el partido empezó a dar los primeros pasos hacia la derecha. En esta época y desde hace bastante tiempo, la ideología deja de tener la magnitud que antes tenía para dar paso a la supremacía de los bancos, de las empresas y, en definitiva, de lo privado, muy por encima del gobierno de un país, sin importar su origen, y a años luz de las necesidades sociales de los individuos de a pie.

             «¿Lo que no se consigue pero, por tanto, se ha intentado, añade algo, algún tipo de cualidad?», se nos pregunta en el libro. En efecto, es ahí donde prevalece la importancia de los que nunca se cansan de luchar y de intentarlo por la mera esperanza de que, en algún momento, algo se pueda cambiar. “Utópicos” es el adjetivo que lanzarán los inertes hacia los que no solo quieren modificar las circunstancias sino también el camino, pero son los héroes de nuestra sociedad y de este relato.

             Puede que el gobierno descrito en la novela y todos los gobiernos que hemos tenido tengan razón: no podemos cambiar el camino que tenemos que seguir, por muchos desvíos que tomemos. Y esto es así y será así porque tal ruta tiene un nombre que todos hemos aceptado como nuestro y que no nos atrevemos a tocar: capitalismo.

             Eliminando temporalmente la política del texto y centrándonos en la novela, Acceso no autorizado es un gran libro, con la gran calidad literaria a la que Gopegui nos tiene acostumbrados, que quizá se queda corto comparado con otras obras suyas que la superan irremediablemente: La escala de los mapas, La conquista del aire…: los saltos de tiempo y persona en la narración sin seguir ningún tipo de coherencia resultan confusos y pueden romper la fluidez del relato; los diálogos, continuamente filosóficos y políticos, entre los personajes no producen credibilidad sino que, más bien, parecen pertenecer a la misma voz—posiblemente, de la autora— y la historia de la conspiración va perdiendo peso conforme el relato avanza.

             Sin embargo, este último punto parece explicarse cuando la vicepresidenta dice en su comparecencia que «soñamos con la conspiración porque implicaría la existencia de un orden, y eso nos calma». Quizá no era necesario elaborar el suceso de la privatización de las cajas o las otras tensiones mencionadas al principio de la novela. Quizá lo único que tiene peso es que en la política las cosas simplemente pasan, y suele ser por pasividad.

             Pese a todo, Gopegui te captura como bien sabe hacer con su narración del principio hasta el final, y tan solo con el grito de guerra del que se compone la novela hace que merezca la pena enfrascarse en su relato. Y de sobra.

Hay, dijo alguien, una diferencia entre creerte, incluso estar en la obligación de creerte, tus razones, e imaginar que te las crees. Este gobierno sólo imagina que las cree, cuando lo imagina; a veces sólo hay cinismo.

            Me gustaría afirmar que, desde el año de publicación de esta obra al momento en que estamos ahora, algo ha cambiado, por muy nimio que sea, y que esa ya no es la sensación que algunos ciudadanos tenemos de todos nuestros políticos. Pero no puedo. Y contra eso, solo está la literatura, el arte y, por supuesto, votar.

NOTA: 3/5

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