Miqui Otero – Rayos

Lo leí en ese abanico de luz, con el bisbiseo de la palabra que encabeza un recuerdo o una confidencia:
RAYOS

9788416290406.jpg             Un joven desorientado y algo cobarde —pero bastante autocrítico— que se escuda en el estatismo, en aquello que constantemente repite —«no pasa nada»—, para no enfrentarse a sus problemas y, sobre todo, a los cambios. Este es Fidel Centella, personaje principal de la tercera y última novela de Miqui Otero: Rayos (2016, Blackie Books), cuya historia nos hace ser espectadores de lo real, de aquello que ocurre detrás de los sucesos y dentro de las personas. Escrita de forma impecable, nos vemos inmersos en la vida de Fidel, de sus queridos Rayos, y de ese juego al que jugamos todos los que estamos en la pasada veintena, fingiendo ser adultos pero agarrándonos como podemos a los últimos resquicios de la niñez y adolescencia, sin mucha certeza sobre si pierde o gana el último que se suelte.

            Fidel Centella no consigue descifrar para qué es demasiado mayor y para qué, demasiado joven; no quiere aceptar que quizás ha crecido ya lo suficiente como para poder enfrentarse a aquellos problemas que empiezan a pertenecer ya a la vida adulta y que ya no son juegos —la independencia y sus problemas, las tesituras del amor, los cambios en nuestro alrededor y en nosotros mismos, la miseria de aquel que no tiene hogar o está cerca de perderlo o, incluso, la posible muerte de un familiar—. Sin embargo, no está solo para recorrer ese pedregoso camino. Para ello, cuenta con la ayuda de sus Rayos —Brais, Iu y Justo—, sus amigos de la infancia que siempre han estado ahí y sin los que, dada su naturaleza de despistado, no sabría adónde ir. También, Fidel tiene a Bárbara, otra amiga de la infancia por la que quizá siente algo más que el mero cariño hacia quien ha estado tu lado mientras te veía crecer; a los vecinos de su barrio —Tinet, Romario…—, el Raval, cuyas vidas están más descarriadas que la suya propia y por quienes no consigue despojarse de aquella cobardía para poder ayudarles a tiempo, y a sus padres, por supuesto, aunque le ofrecen a su todavía condición de niño más problemas que asimilar que consuelos.

            Cuando eres un niño e, incluso, adolescente, todo te fascina y emociona porque el mundo es un lugar desprovisto de preocupaciones en el que las primeras veces son abundantes. Tu primer amigo del alma, tu primera rebeldía, tu primer amor, tus primeras pellas, tu primer cigarro, tu primer polvo… Habiendo vivido esa etapa en la que rezuman las primeras veces y la emoción por la novedad, cuesta digerir que, llegados a una edad, no van a existir más y que, quizás, las que existen son más dolorosas. Rayos es la novela que nos presenta ese proceso de descubrimiento personal a través de Fidel Centella, en el que vemos cómo consigue evolucionar y enfrentarse, aunque a pequeños pasitos, a las cosas que duelen.

            «Una luz aquí pedía una sombra allí», nos decía Virginia Woolf en Al faro a través de la pintura de Lily Briscoe. Y bajo otra metáfora, bastante más simple pero igual de efectiva, Miqui Otero nos explica el secreto de la vida adulta: aceptar que «al final las tormentas son necesarias para que escampe». Y lo bonito de Rayos es el crecimiento personal de Fidel para que acabe por confesarnos eso, por aceptar lo que quizás algunos ya sabíamos y quizás otros no: que necesitamos los problemas, aceptarlos y superarlos, para encontrar en algún momento la calma. Y es que, aunque todo pase, no pasa nada.

            Rayos es una novela muy coherente con su estructura, intercalando las desesperaciones de Fidel con los episodios de su infancia o los recuerdos de su familia en la aldea gallega para, de ese modo, comprenderse mejor a sí mismo y conseguir descubrir su identidad, y con un estilo tan personal, tan llano pero tan bonito que hasta embellece las descripciones que hace Fidel de sus masturbaciones. Y todo esto con una preciosa protagonista, la ciudad de Barcelona en los años 2000, descrita a través de diferentes perspectivas: cómo sus padres y familiares la veían al emigrar desde Galicia y cómo la siguen viendo, como una gran Galicia pero con más movimiento; cómo Fidel mismo la ve, tan cuadriculada y ordenada en contraposición con su inherente desorden personal, y cómo la volverá a ver cuando vuelva del retiro en su aldea en 2008, en plena crisis económica.

            Mediante «el Videoclip Real» de Justo, amigo de Fidel, Miqui Otero nos señala el día a día, a las personas y a la manera que tienen de enfrentarse a la rutina y a los altibajos. Consigue así, como bien asegura a través de su protagonista, «convertir una vida en la que no pasaba nada en un libro en el que sucedió algo». Quizá si en Rayos las tensiones no se resuelven es porque, como en la vida, a veces simplemente pasan.

            Puede ser que, al final, estemos todos observando mientras aprendemos a vivir y para ello necesitemos «leer y escribir para vivir muchas vidas cuando se tiene solo una y demasiado miedo de perderla». Sobre todo, si son obras como esta. Pues eso.

 NOTA: 5/5

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