Charles Bukowski – Mujeres

Le abrí una lata de atún blanco, conservado en aceite de primera calidad. Peso neto 7 onzas.

CM95_G.jpg            Todo el mundo que sea un poquito conocedor o amante de la literatura sabrá quién es Charles Bukowski y, sin duda, tendrá una opinión bastante firme —positiva o negativa— al respecto. Por esta misma razón, he de dejar claro que Mujeres, su tercera novela, no es apta para aquellos que se tomen la vida demasiado en serio. Sin embargo, si consigues olvidarte un poco de la superficie misógina de la que se compone casi todo el libro, descubres que, al menos en esta ocasión, la lectura sí merece la pena.

            Empecemos por lo básico: Mujeres es el relato de Henry Chinaski, álter ego del propio autor, basado principalmente en sus raras experiencias amorosas o sexuales, desamores, rupturas o desinterés en torno a las mujeres. Chinaski es un señor de avanzada edad que dejó su trabajo en una oficina de correos para convertirse en escritor. Se nos presenta como un hombre egoísta, misógino, solitario, que no espera gustar a nadie —como el propio Bukowski—  y, en ocasiones, altamente paradójico. Odiando como odia al mundo de la literatura y no queriéndose relacionar con ningún escritor, resulta curioso cómo se aprovecha de su fama para conseguir experiencias sexuales con jóvenes mujeres. Para él, dentro de los placeres de la vida se sitúan las cosas más mundanas: ir al hipódromo, al boxeo o, por supuestísimo, follar.

            Durante todo el relato, se nos muestran numerosas experiencias sexuales detalladas con mucha concreción, pero también una gran cantidad de situaciones hilarantes que vive con sus amores o desamores, normalmente tan mal de la cabeza como él mismo está. Conforme el libro va avanzando, me sentía realmente aburrida de tantos detalles sexuales y de tanto “usar y tirar” con las mujeres que aparecían en su vida. Esperaba ansiosamente que Chinaski tuviese alguna epifanía que le eximiese de toda esa carga misógina que mancha su relato. Afortunadamente, esa evolución ocurre a lo largo de la última parte del libro. Y así conseguimos ver, por fin, cómo Chinaski es capaz de practicar la autocrítica e, incluso, rechazar la llamada de una jovencísima seguidora por primera vez.

            Mujeres es una novela que engancha, y una de las razones por la que eso es así es que no nos podemos creer que exista alguien tan sumamente gilipollas como el protagonista. Porque, al fin y al cabo, todas sus conductas, lejos de resultar ofensivas, acaban por parecer un mecanismo de defensa desesperado para protegerse de algo. ¿Y qué es ese “algo”, aquello que perturba tanto la existencia de Chinaski?, nos preguntamos, mientras sentimos un ápice de pena por él.

            Es completamente comprensible llegar a sentir odio por este personaje, pero si el lector es una persona ligeramente empática y sensible entenderá que todos tenemos miedos y vulnerabilidades como el protagonista, que Chinaski no deja de ser un hombre «viejo y feo» que, como él mismo se replantea, está tratando de meterse en un camino que le «alejase a la muerte». Lo que él no quiere, en absoluto, es «envejecer de mala manera», sino simplemente «estar muerto antes de que llegase la muerte»; es decir, carecer de sentimientos —o intentarlo desesperadamente—  para que el final de los finales duela menos. De hecho, él mismo reconoce que prefiere a las prostitutas, ya que las «buenas mujeres […] a veces querían tu alma».

            Quizá para muchos esa no es una razón de suficiente peso para tratar a otros ser humanos de la manera como él los trata. Sin embargo, no me mintáis: ¿quién no se ha sentido tan solo que todo lo que podía hacer era usar a las personas con el fin de sentir un poco de compañía? Puede ser que no con tanta crueldad como Chinaski, pero es imposible —al menos para mí— no empatizar, no comprender el sufrimiento existencial que vive una persona en sus últimos años y, sobre todo, no compartir el deseo de devolverle a la vida todo el daño que produce. «A mí nunca me parece bien estar solo, algunas veces no me sentía mal, pero nunca me parecía bien», nos suelta en un momento en el que parece derribar algunas barreras. Y que levante la mano quien esté libre de pecado.

            En la parte técnica, por supuesto, Mujeres, como todas las obras que he tenido el placer de leer de Bukowski, es impecable. Bukowski no se molesta en decorar las palabras, en usar eufemismos o en pintar una realidad de un color que no es suyo, y eso me encanta. Su realismo sucio, más sucio que el de cualquiera de los demás representantes, enamora porque, al fin y al cabo, como persona amante de las letras que soy, considero que, a la hora de describir una situación o una realidad, las palabras más burdas son las más honestas y las que poseen mayor significado. Su estilo literario es brillante y único y, por este motivo, ha sido y seguirá siendo imitado —a veces gloriosamente, y otras no tanto— en numerosas ocasiones.

            Bukowski fue sin duda uno de los mejores escritores de su época. Sin embargo, yo siempre he sido una acérrima seguidora de su poesía, porque en ella es muy complicado esconderse tras un velo de egoísmo y maltrato. Puede ser que en prosa sea conocido por sus brutas historias que quizás en relatos cortos llegan a apasionar, pero en novela se hagan pesadas e, incluso, molesten con tanta hazaña sexual repetitiva. Y, posiblemente, se haría una historia completamente imposible de soportar si no fuese tan gran escritor o si no se nos presentase una evolución del personaje tan clara y que tanto agradecemos.

            Y es que Mujeres es una obra más sentimental de lo que parece, es un ejercicio de exploración personal, de redención en cierto modo. Sin duda, no os culpo si os molesta su relato, pero, a mi parecer, no hay nada más humano que cuando alguien —llamémoslo Chinaski; llamémoslo Bukowski— se explora para conocerse e intenta pedir perdón y enmendar sus errores. Todos cometemos fallos, pero no todos aprendemos de ellos.

            Leedlo, comprendedlo y perdonadlo. O no, o simplemente disfrutad, reíd y divertíos con su molesto pero hilarante relato superficial, que es algo que sin duda Bukowski sabe hacer mejor que nadie.

NOTA: 3/5

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