Aleksandra Lun – Los palimpsestos

El explorador polar me guiñó un ojo.
—Llámame Ernest.

9788494353956.jpg            He de decir la verdad: no sé muy bien cómo empezar a escribir sobre la primera novela de Aleksandra Lun, Los palimpsestos (2015, Minúscula), no porque haya poco que decir sobre ella, sino porque hay demasiado; porque es tan sumamente original y disparatada que cualquier palabra es insuficiente para describirla como se merece.

            Los palimpsestos narra la historia de Czeslaw Przesnicki, un aspirante a veterinario que fracasa con su primera novela Wampir, escrita en antártico pese a ser polaco. Czeslaw es ingresado en un hospital belga, donde le aplican la “terapia bartlebiana” para curar su “síndrome de escritor extranjero”. Pronto descubre que no es el único afligido por esa curiosa enfermedad y recibirá la visita de otros escritores que tampoco escriben en su lengua materna.

            Czeslaw Przesnicki se nos presenta como un “unreliable narrator” —como nos gusta llamarlo a los filólogos ingleses, deseosos de encontrar uno—, es decir, su narración no es confiable porque partimos del hecho de que, evidentemente, no está bien de la cabeza. Sin embargo, en su incredibilidad nace la extrema comicidad de la obra. La narración es tan sumamente brillante que, desde el principio hasta el final, no podemos parar de reírnos con su inverosímil relato.

            Otro fantástico aspecto de Los Palimpsestos son, sin lugar a dudas, los personajes secundarios. Personalidades tan grandes de la literatura como Cioran, Conrad, Nabokov, Beckett o Blixen, entre otros, que irrumpen en la historia por sorpresa para ofrecernos un jocoso espectáculo en el que se mezcla la irrealidad con la realidad. No contenta con eso, Aleksandra Lun nos muestra también, haciendo alarde de su increíble bagaje cultural, la obsesión de Przesnicki, no sólo con el sexo —o con su carencia de vida sexual—, sino también con los hombres de la literatura. Przesnicki describe, siempre desde la comicidad, sus efímeras relaciones amorosas con personajes de la literatura como Hemingway, Meville o Javier Cercas, que siempre acaban en un desencanto en el que el protagonista se ve sumido en un océano de llantos y de lectura filosófica.

            Conforme el relato de Przesnicki avanza y nos vamos encandilando con sus sesiones de psiquiatría, descubrimos la verdadera razón por la que se volvió loco y lo acabaron encerrando en dicho hospital psiquiátrico de Lieja. Eso sí, siempre oculta en un fondo de situaciones tan locas como unos escritores antárticos pegándole palizas a nuestro ya amado protagonista, dejándole siempre en una ciudad diferente de Europa para vivir otra aventura. Su obsesión resulta ser, simplemente, su incapacidad para escribir en su idioma materno y su fracaso a la hora de convertirse en veterinario —hecho que le hace maltratar en ataques de locura a animales, pese a tener una curiosa fijación con Rex, un policía diferente—.

            Como amante de la literatura he de dar las gracias a Aleksandra Lun por las maravillas que ha conseguido a la hora de crear este libro. Perfila perfectamente a los personajes para hacerlos divertidos y creíbles dentro de su inverosimilitud. Crea repeticiones verbales continuas en el personaje que no nos aburren sino que nos divierten cada vez más. Przesnicki es un personaje tan brillante que solo necesitamos a él y a su locura obsesiva para que la obra funcione perfectamente. Necesitamos que le traicionen mucho los nervios y que siga haciéndonos reír y eso, definitivamente, es lo que consigue.

            Además, hay que añadir que la autora de esta obra, Aleksandra Lun, también es polaca y también escribe en un idioma que no es el suyo. El paralelismo con su protagonista es inevitable y en todo momento nos hace preguntarnos por qué y para qué un escritor decide escribir en un idioma extranjero o, incluso, si es decisión propia o algo que le ha venido impuesto. De hecho, su personaje principal, Przesnicki, hace una fantástica comparación entre los animales domésticos y las lenguas: la lengua materna es un perro dócil que nos saluda al llegar a casa, contento de que hayamos vuelto, que nos da cariño y es fiel; la extranjera es como un gato, arisca, que no nos necesita salvo para darle de comer.

            Y es que siempre me ha costado a mí, personalmente, comprender por qué una persona elige un idioma que no es el suyo de forma nativa para escribir, ya que, sin duda, no tendría tanta libertad creativa. Sin embargo, si Aleksandra Lun me ha hecho llegar a alguna conclusión es que da exactamente igual en qué idioma escriban si son capaces de crear obras con tanto nivel literario y tanta originalidad.

            Los palimpsestos es una historia inverosímil y absurda que, lejos de parecer ridícula, resulta tan hilarante en su surrealismo que no te permite apartar los ojos de cada palabra. Y también es que yo siempre he sido más de gatos.

NOTA: 5/5

 

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