Harper Lee – Matar a un ruiseñor

Apagó la luz y fue al cuarto de Jem. Se quedaría allí toda la noche, y seguiría allí cuando Jem se despertara por la mañana.

matar-un-ruiseñor-harper-lee-nuevaedición-harpercollinsespañol-to-kill-a-mockinbird.jpg            Hay algunos afortunados que nunca mueren de verdad porque siempre tendrán un legado en el mundo y siempre habrá una parte de ellos que será recordada. Harper Lee murió el 19 de febrero de este año y este es mi intento de mantenerla viva. No hay mucho que pueda decir que no se haya dicho ya sobre la primera —y única, hasta que se publicara hace poco Ve y pon un centinela (2015, Harper Collins)— obra de Harper Lee, Matar a un ruiseñor, pero eso no me impedirá intentarlo.

            Lo primero que quiero decir de esta gran obra es que ahora, por fin, comprendo por qué es lectura obligada en los colegios de países anglófonos. Y lo segundo es que, de hecho, lo que no entiendo es por qué no lo es en los colegios de los demás países. Matar a un ruiseñor es pura bondad y respeto y, sin duda, opino que nos hace mejores personas al leerlo. Hace daño pensar que los temas tratados —el racismo, las clases sociales, la problemática dentro del género, etc.— en el escenario del sur de los Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX no se han quedado anticuados y seguimos sufriéndolos en todo el mundo.

            Al meternos en los ámbitos concretos del libro, nos encontramos con que Matar a un ruiseñor es una obra narrada desde la perspectiva juvenil de Scout Finch, con un toque de madurez, como si lo estuviese recordando la ya adulta Jean Louis Finch. Scout, según avanza el libro, va aprendiendo poco a poco de su padre, Atticus Finch, el abogado del pueblo, valores como el respeto, la justicia o la igualdad. La novela se revuelve alrededor de un difícil juicio en el que Atticus defiende a un negro —Tom Robinson— de la injusta acusación de haber violado a la hija de Bob Ewell, el borracho y violento del pueblo. Pese a la inocencia de Robinson y la maldad de Ewell, el juicio acaba por ignorar los hechos y basarse en la lucha entre blancos y negros. Jem Finch, hermano de Scout, ve su respeto por la justicia americana roto tras el veredicto de dicho juicio y Dill, amigo de Scout, siente náuseas al oírlo. Sin embargo, el mundo adulto se queda igual y da la impresión, en palabras de Atticus Finch, de que, al ver la injusticia, «al final, parece que solo lloran los niños», ya que son ellos los únicos que todavía no han sido corrompidos con los valores, aunque incorrectos, de la sociedad y conservan su inocencia.

            De todas maneras, aunque el suceso principal de la novela sea el juicio, hay personajes que son un argumento en sí mismos y que sirven para desarrollar los temas que se tratan. Por ejemplo, en la cuestión de las clases sociales, tenemos a las familias Ewell y Cunningham que, aunque son igual de pobres, los Ewell carecen de los correctos valores y de respeto hacia los demás, mientras que los Cunningham son el paradigma de bondad y respeto, no aceptando nada de forma gratuita, aunque, en ocasiones, tengan que seguir los valores de la sociedad por miedo. Asimismo, en el tema del racismo tenemos a personajes tan claves como Calpurnia o Dolphus Raymond. Calpurnia es la criada de la familia Finch pero es tratada como mucho más que eso: cuida y educa a los niños correctamente y a su voluntad, es respetada y ayudada todo el tiempo e, incluso, lleva a los niños a las ceremonias religiosas de la gente de color sin que suponga ningún revuelo. Dolphus Raymond es un blanco que vive entre negros, según es descrito, y que, de hecho, tiene como esposa a una mujer de color con la que tiene varios hijos mestizos. El Señor Raymond se hace el borracho para que la gente no cuestione sus actos pero, en realidad, confiesa a los hermanos Finch que es así como quiere vivir y como se siente a gusto. Por otro lado, tenemos a la tía Alexandra que lucha contra Scout y contra su padre, demostrando, también, las problemáticas de género vividas en la época. Scout es una chica imaginativa, que juega con su hermano mayor y que se ensucia, a la que no le gusta llevar vestidos y, en definitiva, llevar el papel de “dama” como es comúnmente considerado. Y, por si no fuese poco, también encontramos una crítica al sistema educativo de la época cuando Scout es castigada en la escuela por saber leer, hecho que le enfada ya que, según considera — ¡y cuánta razón!—, «leer es como respirar».

            Aunque todos estos personajes son maravillosas y están perfectamente perfilados, nuestro corazón está con Boo Radley y Atticus Finch. Cuando Dill volvía a Maycomb, la ciudad de los Finch, por el verano, Scout, Jem y él inventaban historias sobre la misteriosa historia de los Radley. Boo Radley jamás salía de su casa y corrían leyendas terribles sobre su naturaleza. Los niños se cuelan en los alrededores de la casa varias veces para intentar descifrar el misterio y sueñan con encontrarse con Boo, pero no es hasta el final del libro cuando su verdadera presencia y, con ella, su bondad son reveladas.

            Por último pero no por ello menos importante, es necesario señalar la labor del gran Atticus Finch. Viudo de su mujer, Atticus intenta cuidar de sus hijos de la mejor manera que puede, junto a Calpurnia. Les inculca valores tales como el respeto, la actitud pacífica frente a los insultos, la empatía hacia todos los demás, por muy diferentes que sean a ellos… Y no sólo se los inculca a ellos, sino a toda la ciudad de Maycomb en el juicio, pese a que sabía que iba a perder, ya que «solo porque fuéramos derrotados cien años antes de haber comenzado no es razón suficiente para no volver a intentarlo». Y, por supuesto, todos estos personajes perfectamente encajados con una sublime ambientación de la época en la América sureña.

            Matar a un ruiseñor es un libro que, pese a que resida su importancia en los temas tratados, está escrito de una forma tan bella y visual y con un ritmo tan correcto que te lleva sin parones desde el principio hasta el final. Y, además de ello, posee uno de los símbolos más bonitos que he podido llegar a leer: el ruiseñor. El ruiseñor, aquel que es pecado matar, pues lo único que hace «es música para que la disfrutemos». El ruiseñor que se personifica en Tom Robinson y en Boo Radley, el ruiseñor al que condenar sería un pecado porque está lleno de bondad y carece de intención de dañar a nadie.

            Atticus, sin duda, es un activista de su época en toda regla y no se rinde aunque tenga a toda la ciudad en su contra. Y eso es algo que todos deberíamos aprender en los tiempos que corren. A 2016, se multiplican las agresiones homófobas cada año en España; el año pasado acabó con 57 mujeres asesinadas por violencia de género, sin contar las que ingresan cada día en centros de acogida por maltrato; en unos meses, hemos tenido dos atentados terroristas en Europa e innumerables más en el resto del mundo; los terroristas siguen matando a mujeres y a niños por razones de cultura y religión y, lo que es peor, nosotros seguimos matando a mujeres y a niños por razones de cultura y religión.

            «Nunca llegarás a entender realmente a una persona hasta que consideres las cosas desde su punto de vista… hasta que te metas en su piel y camines con ella», escribió Harper Lee a través de Atticus Finch. Estoy segura de que ella, como la mayoría de nosotros, quería morir viendo un importante cambio en la sociedad. Tomemos las palabras de Atticus Finch como sagradas y, antes de juzgar a una cultura entera o a individuos en concreto, empaticemos. Porque la empatía es la mejor característica que puede tener un ser humano. Porque todos podemos ser como Tom Robinson o Boo Radley, todos tenemos algo de ruiseñor dentro de nosotros y, sin duda, «la mayoría de las personas lo son [buenas], cuando por fin las ves».

NOTA: 5/5

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