Hillel Halkin – ¡Melisande! ¿Qué son los sueños?

mi Lo leerás. Después, charlaremos. Ahora solamente diré que, si tuviera que vivir mil vidas, querría vivirlas todas contigo.

       arton1134.jpg     He de decir que cada vez que abro un libro de la editorial Libros del Asteroide sé que me espera algo muy bonito. Dejo claro que no me pagan por ello para poder asegurar, desde mi más humilde opinión, que para mí tienen el premio a la labor editorial perfecta: su selección de autores y textos es sublime, y sus cuidadas ediciones hacen que me enamore sin ni siquiera haber abierto el libro.

            Dicho esto, arranco con una de las historias más bonitas y mejor contadas que he leído en mi vida: ¡Melisande! ¿Qué son los sueños? es la primera novela de Hillel Halkin, escrita cuando tenía 72 años, y en ella nos habla de la tanto triste como bonita emotiva belleza que reside en la evolución de una relación, en su principio, en su más alta cúspide y en el decaimiento pero nunca —y esto es lo mejor de ello— del final.

            ¡Melisande! ¿Qué son los sueños? es la más preciosa carta de amor escrita por Hoo para su querida Mellie, narrada directamente en segunda persona. Halkin empieza presentándonos el triángulo amoroso que existe entre los tres amigos en Nueva York de los años 50: Hoo, Melisande y Ricky. Pese a que esté contada desde la perspectiva de Hoo, la protagonista real es Melisande, ya que los personajes se desenvuelven y se descubren con relación a ella. Ricky es un chico extremadamente inteligente que, en cierto punto de su vida, decide vivir en la espiritualidad sin nada más que lo puesto: regala su dinero y se hace mendigo, haciendo autostop para recorrerse el país, se convierte al hinduismo, ayudado por sus mentores en la India y, poco a poco, acaba enfermando de esquizofrenia. Hoo es un chico sensible, con los pies un poco más en la tierra que su amigo, obsesionado con los neoplatónicos y la cultura griega antigua. Melisande es, pues, el nexo de unión, y está entre los dos a los que, según ella afirma, quiere por igual.

            Desde que Melisande inicia relaciones con Ricky, los conflictos entre los tres y ellos mismos se disparan. Los engaños, las rupturas, una muerte, un aborto y la posterior incapacidad para tener hijos son los principales conflictos de esta novela que, en definitiva, nos suenan a vida, a nosotros y, sobre todo, a realidad.

            Y es esta realidad del amor la que hace este libro especial. Es el esfuerzo de Hoo por narrarle a Melisande su historia desde el principio, todo lo que sentía por ella y todo por lo que pasó sin ella y con ella, lo que nos enamora. Hilken sabe utilizar ese intento de Hoo por recordar cada ápice de su vida, la que gira en torno a Melisande, de forma gradual y coherente para que, gracias también a un precioso lenguaje poético, empaticemos con él, nos sumerjamos en él, seamos él, nos enfademos con él y, sobre todo, lloremos junto a él.

            Así pues, Hoo escribe a Melisande desde la cercanía, el amor y la unión que siente hacia ella. Le escribe con un registro informal, intimista, poético pero, también, vulgar cuando hace referencia a temas sexuales. Es decir, le escribe como escribiría una persona a su objeto de amor con el que tanta confianza tiene. Hoo se esfuerza por recordar para explicarle todo a Mellie, ahora que no está, y sentimos que, también, lo necesita para sí mismo, para seguir esperando y para seguirla recordando.

            Melisande, investigando a Keats, afirmaba que el poeta creía en la posibilidad de crear nuestra propia alma. No un alma “de segunda mano”, como en la que Ricky creía, o un alma nueva y perfecta al nacer para que, más tarde, sea juzgada por un dios cristiano, no, sino en nuestra propia alma, que íbamos formando y que no tendría por qué ser juzgada. De este modo, querer a alguien, para Hoo —para mí y para unos cuantos románticos más que vagamos por el mundo— es extrapolar tu alma hacia esa persona, construirla junto a ella para que, así, sean una, inseparable aunque no estén juntos en presencia. Por eso, siempre se encontrarían. Por eso, siempre la esperaría. Porque no hay nada altruista en el amor, pese a la creencia popular. Porque el amor es un sentimiento humano y, por ello, imperfecto que te hace ser egoísta y arremeter contra él —como lo ataca Hoo cuando no encuentra otra manera de avanzar— cuando no hay otra solución para curarlo.

            ¡Melisande! ¿Qué son los sueños? es uno de los mejores cánticos al amor real que he leído. Sentimos cómo Halkin apunta al corazón y acierta cuando Hoo asegura que deseaba, como muchos de nosotros deseamos o deseábamos, vivir mil vidas para «hacer un millón de cosas y amar a un millón de mujeres» pero que, desde que se enamoró de Mellie, sólo quería tener mil vidas para vivir con ella cada una de ellas y que, si pudiese elegir entre mil vidas sin ella o una con ella, elegiría una sin dudarlo. Y, de hecho, su amor por ella es tan fuerte que ni siquiera él es capaz de ser sin ella: no sabemos el verdadero nombre del narrador y solo le conocemos por el mote cariñoso que Mellie usa para referirse a él.

            Dejo claro que este libro, pese a la fuerte carga emotiva que emana, no es un mero libro romántico. Este libro es pura literatura, escrito admirablemente, con unos diálogos muy creíbles y reales y un estilo sublime.

            Esta novela acierta en todos los sentidos. Acierta tanto que reconozco que forma parte de los dos únicos libros que me han hecho llorar. Me ha hecho querer vivir y, sobre todo, amar por encima de todas las cosas, aceptando lo bueno y lo malo que está por llegar.

            Por todas las razones anteriormente expuestas, recomiendo este libro a todos los lectores, de todas las edades y con todos los tipos de personalidades. Porque Halkin ha creado una novela perfecta, tanto en forma como en contenido, que, si no te duele, no te hace sonreír o no te emociona, te quito el carné de humano.

 

Oda a Psique – John Keats

¡Oh diosa! Escucha estos versos silentes, arrancados

por la dulce coacción y la memoria amada,

y perdona que cante tus secretos

incluso en tus suaves oídos aconchados.

¿Soñé hoy acaso, o es que he visto

a Psique alada con ojos despiertos?

Vagaba descuidado por un bosque sin razón ni cuidado,

y observé de repente, lleno de sorpresa

dos hermosas criaturas que juntas yacían,

sobre la hierba crecida bajo un techo de hojas

que susurran y flores temblorosas y fluía

un arroyuelo perceptible apenas.

Entre flores tranquilas, de raíces frescas y aromáticos

capullos, azules plateadas con yemas de púrpura,

yacen sosegados en el lecho de hierba;

juntos, abrazadas sus alas,

sus labios no se rozan, mas no se despiden,

separados por las suaves manos del letargo,

y dispuestos a exceder los besos ya entregados

al abrir sus tiernos ojos como auroras de amor:

al muchacho alado conocía,

pero ¿ quién eres tú, feliz paloma?

¡Eras tú, su fiel Psique!

¡Tú, la última nacida, y visión más hermosa

de aquella apagada jerarquía del Olimpo!

Más clara que la estrella de Febe en su espacio

de zafiros, que Véspero, amorosa luciérnaga

del cielo, más hermosa, aunque templo no tengas

ni altar de flores colmado

ni un coro de vírgenes con cantos deliciosos

en las hojas de la noche,

ni voz, ni laúd, ni flauta, ni incienso dulce

ni santuario, ni bosque, ni oráculo, ni ardor

de profeta de labios macilentos que sueña.

¡Oh tú, la más brillante! Ya es tarde para votos antiguos,

muy tarde para liras devotas y entusiastas,

cuando sagrados eran los bosques encantados

y sagrados el aire, el agua y el fuego;

incluso en estos días, tan alejados

de ofrendas jubilosas, tus alas refulgentes,

batiendo entre los pálidos seres del Olimpo,

veo, y canto inspirado tan sólo por mis ojos.

Déjame ser, entonces, el coro que te cante

en las horas de la noche,

tu voz, tu laúd, tu flauta, tu incienso dulce

que exhala el incensario que ligero oscila,

tu santuario, tu bosque, tu oráculo, tu ardor

de profeta de labios macilentos que sueña.

Yo seré tu sacerdote y edificaré un templo

En alguna región oculta de mi mente,

En la que rámeas ideas, nacidas con dolor

Gozoso, murmuren al viento en vez de los pinos:

y lejos esos árboles oscuramente unidos

cubrirán cada ladera de las montañas de cimas

agrestes, y los céfiros, los ríos, aves y abejas

arrullarán a las dríadas sobre el musgo;

y en medio de esta vasta quietud

adornaré un santuario con rosas

con el rico emparrado de mi laboriosa mente,

con brotes, campanillas, y con estrellas sin nombre,

con todo aquello que Fantasía pudo jamás crear,

jardinera que cría flores que nunca crecen iguales,

y para ti habrá las más suaves delicias

que consiguen los pensamientos vagos,

una antorcha brillante y una ventana en la noche

para que el cálido Amor penetre.

NOTA: 5/5

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