Javier Marías – Todas las almas

Podía habérselas dejado al niño Eric, que por estas fechas volverá de Bristol para las vacaciones. Pero quizás este niño nuevo también quiera coleccionarlas un día. El niño Eric vive, y crece.

todas-las-almas-bolsillo1_libro_image_big1            Al leer a Javier Marías, no puedo evitar pensar en que nos hace, mediante su sublime prosa, partícipes de él mismo y de sus propias creaciones. En su sexta novela, Todas las almas, publicada en el año 1989 por la editorial Anagrama, dicha experiencia se consolida en nosotros para recorrer emocionalmente los engranajes de pensamiento y sentimiento de nuestro querido narrador, cuyo nombre no se desvela ya que no es ahí donde su importancia reside.

            El Narrador —también llamado El Español— nos cuenta —o, más bien, se recuerda a sí mismo— los dos años que pasó en Oxford dando clases de literatura española y traducción dos veces a la semana. Sin embargo, no es esa su principal dedicación sino más bien todo aquello que sirva como ocupación de su tiempo y, por consiguiente, mente: recorrer las calles y sus librerías, preguntar, observar, amar y, sobre todo, pensar.

            En una ciudad como Oxford, para saber todo lo que se puede saber de una persona hay que preguntárselo a la persona más cercana a ella. Para pasar desapercibido, hay que ser la persona que posea mayor cantidad de información sobre los demás y, por lo tanto, observar. Amar y encontrar el objeto al que dedicarle el verbo es la mejor manera de pertenecer a un lugar que no es tuyo y que nunca lo será. Y, por último, pensar, pensar mientras recorres las calles, preguntas, observas, amas o follas sin amar.

            Para El Español —personaje que Marías disfraza de él mismo sin llegar a mimetizarlo—, su historia de amores desdichados con Clare Bayes es tan necesaria para él como para ella. Clare necesita la emoción que el adulterio da con la certeza de que jamás iría a más para poder ser una buena esposa. El Español no necesita  a Clare pero sí a un objeto al que amar —antes de conocer a Clare en una de las High Tables a las que acudía, su obsesión era una chica con la que su mirada se encontró en una de sus paradas en la estación de Didcot— con urgencia, ¿pues qué mejor manera hay de pertenecer a un sitio que no es tuyo, que no te ha conocido en la infancia, que no te ha visto pasear con tu niñera por la calle Covarrubias, si no es amando?

            Así pues, no podría decirse que este libro abordase en primera instancia el tema amoroso, sino que más bien su único tema es la sensación de ser extraño, de vivir en extrañeza, y cómo poder huir de ella. Cómo poder quedarse sin ser un extraño que vaga sin rumbo —El Narrador se siente un vagabundo disfrazado de oxoniense—, cómo no ser John Gansworth, cómo quedarse sin ser Marco Polo, «el chino con los ojos azules»…

            La narración en primera persona de Todas las almas, focalizada internamente, que roza el fluir de consciencia, y su estructura no lineal hacen pensar al lector que cada capítulo es una parte del nostálgico pero necesario esfuerzo por recordar de El Español, volviendo ocasionalmente al presente para informarnos de que él, casado con una española y con un hijo, ya no forma parte de esa historia. De este modo, podría decirse que el punto fuerte de esta novela es que el lector se hunde en la historia contada, quiere saber más y, principalmente, quiere seguir recordando junto a él.

            Todas las almas rebosa literatura en mayúsculas. Marías, con un estilo digresivo y un toque intimista, nos enreda en la nostalgia de El Narrador y nos muestra brillantemente a los excéntricos personajes de los que sólo sabemos, como él mismo, lo que los demás saben de ellos, así como el oscuro ambiente lleno de secretismo de la ciudad de Oxford.

            «Todo lo que nos sucede, todo lo que hablamos o nos es relatado, cuanto vemos con nuestros propios ojos o sale de nuestra lengua o entra por nuestros oídos, todo aquello a lo que asistimos, ha de tener un destinatario fuera de nosotros mismos», escribe Marías en este libro. Démosle, pues, las gracias a Marías por tener siempre la mejor historia que contar y agradezcámoselo convirtiéndola en leída.

NOTA: 5/5

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