Celso Castro – entre culebras y extraños

—aquí… aquí dentro…— y le señalé el adorno de su pecho, y Sofía me sonrió y dijo sí, es lo que dijo —sí…— después nos cogimos de la mano, y dimos dos o tres vueltas por el aparcamiento, muy despacio y en silencio y sin ver más allá de nosotros, sólo sintiendo cómo el sol de la primera tarde reposaba en nuestra piel abierta, sólo sintiéndonos antes de entrar al tanatorio

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            La muerte de un padre abre la narración de entre culebras y extraños (2015, Destino), última parte de la trilogía de “relatos del yo” de Celso Castro —antes, el afinador de habitaciones (2010) y astillas (2011), ambas de la editorial Libros del Silencio—.

            entre culebras y extraños es una novela cuyo mayor encanto es hacer que el lector se desgarre por dentro a través del monólogo de un adolescente obsesionado con la filosofía —en concreto, con Kierkegaard, Schopenhauer o Nietzsche, a los que nombra a menudo en su relato— que, a raíz de la pronta ida de su progenitor, va creciendo —quizás demasiado rápido­— y, sobre todo, aceptando el sufrimiento que es vivir.

            A partir de ese momento, nuestro joven y anónimo narrador irá descubriendo el mayor secreto de su familia y tendrá que imponerse a otra muerte más, mientras toma como pilares de su vida a las figuras femeninas que le rodean: su sobreprotectora madre, su hermana Vera y Sofía, quien le ayuda a descubrir los extremos del amor y el deseo sexual. Su relación con todas ellas será lo que le vaya marcando y, poco a poco, le configure como persona.

            Sin embargo, de entre todas sus mujeres, quien más conmociona y desordena su vida es Sofía, su amor y desamor, su fortaleza y debilidad. La carencia de una figura familiar —hecho que comparten— es un dolor que no se puede elegir, pero del que muchos sobreviven. Y aquellos que sobreviven renacen con mayor resistencia que aquellos cuya vida ha pasado sin glorias pero, principalmente, sin penas. Es por este motivo que el narrador nos informa de estos versos que escribe en su cuaderno y que, quizás, constituye el mejor consejo que se pueda dar: «cuídate de las víctimas / no hay peor verdugo».

            Nuestro —cada vez más querido y comprendido— narrador es una víctima, un joven enfermizo, sensible y sufridor, pero también sabe ser verdugo, fuerte, frío y sabe conseguir lo que quiere. Todas estas características, incoherentes entre sí, le ayudan a sobrevivir a todo. A todo, menos al amor. Para él —y posiblemente para todos aquellos románticos empedernidos que existimos—, amar es quitarse la ropa que te protege, aun a sabiendas de que seremos más propensos a sufrir; aceptar el sufrimiento y dejarlo fluir; hacerlo nuestro y necesitar que sea de todo el mundo.

            Hay algo en Celso Castro —sin duda, gracias a su condición de poeta— que me hace pensar que él escribe como ama y, que si no amase, no sería capaz de escribir. Su estilo extremadamente lírico y su carencia de minúsculas ayuda a un intensísimo flujo que hace que el lector se abra al relato como el relato se abre a ti, que duela y que emocione tanto como si tuviese vida propia, como si fuera nuestro pequeño amante.

            Tanto la forma como el contenido de esta novela son uno y ese uno indestructible te atrapa y no te deja ir hasta mucho, mucho después de la última página. Pasan cinco minutos e, incluso, días —no miento— y te seguirá doliendo, aunque no seas consciente de a qué concretamente se debe. Y si esa no es la mejor razón que puede tener alguien para leer un libro…, entonces no sé cuál es.

NOTA: 5/5

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