W. G. Sebald – Austerlitz

Terminé de leer junto al foso de agua de la fortaleza de Breendonk el capítulo decimoquinto de Heshel’s Kingdom, y luego emprendí el camino de vuelta a Mechelen, adonde llegué cuando se estaba haciendo de noche.

CM350_G.jpg            Mediante el invisible e imperceptible narrador, descubrimos al personaje principal de Austerlitz, tercera y última novela de W. G. Sebald, conforme los coloquios entre ellos avanzan: Dafydd Elias, un hombre cuya difusa identidad nunca ha encajado con algún país, carente de idioma o cultura propios. Elias, criado por un calvinista y su familia en Gales, descubre en el colegio que su verdadero nombre es Jacques Austerlitz. Desde entonces, su sentimiento de extranjerismo se acentúa: no siente como propios ni su nombre ni el idioma que utiliza para comunicarse ni el país donde vive. Gradualmente, va recordando su pasado: es un niño de una familia judía que fue mandado como refugiado por la amenaza de la Alemania nazi. Sin embargo, por mucho que él intente recordar y rendir cuentas con los propios fantasmas de su reminiscencia, ni al visitar Praga, su ciudad natal, consigue sentirse perteneciente a dicho lugar o a dicha cultura.

            Claramente podríamos decir que lo que tenemos entre manos es una novela histórica, escrita con un precioso estilo poético, digresivo y —quizás demasiado— pausado. Pero, pese a las narraciones de hechos históricos, Austerlitz deja al lector la sensación de que hay algo más. Quizás ese algo más es aquel toque existencialista que nos recuerda ­—salvando las distancias— a El Extranjero de Albert Camus: esa forma de no sentirse un miembro de la sociedad y de saber que tú no recuerdas y ella ya ha olvidado. Esa «oscuridad» que «no se desvanece sino que se espesa al pensar lo poco que podemos retener, cuántas cosas y cuánto caen continuamente en el olvido, al extinguirse cada vida, cómo el mundo, por decirlo así, se vacía a sí mismo, porque las historias unidas a innumerables lugares y objetos, que no tienen capacidad para recordar, no son oídas, descritas ni transmitidas por nadie» salvo por Sebald, cuyo intento para hacernos recordar, fructífero o no, merece ser aclamado.

            Sin duda, si merece la pena enfrascarnos en la lectura de Austerlitz es porque consigue transmitirnos esa idea gracias a la magnífica ayuda de la prosa de W. G. Sebald, que nos hipnotiza en melancolía y nos maravilla en su coherencia con la percepción de sentirse ciudadano de ningún sitio, ya que nuestra identidad está fracturada dentro de un caos histórico y social.

            Sin embargo —he de avisar—, éste es un libro que gusta pero del que resulta difícil enamorarse. Quizás tanto despliegue estilístico y tanta profundidad en el tema necesitaban de un poquito más de emoción, de algo que nos haga doler porque, al fin y al cabo, nadie nos recordará, empezando por nosotros mismos.

NOTA: 3/5

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