Ben Brooks – Hurra

Nueve millones de años en el futuro, seguiremos existiendo en lejanas nubes estelares, separados por años luz pero en el mismo lugar de siempre.

29908790.jpg           Ben Brooks es un joven escritor inglés nacido en el 1992. Con tan solo 24 años, tiene seis libros publicados a sus espaldas y, sin duda, nos deleitará con muchos más. Hurra (2016, Blackie Books) es su último libro —publicado antes en España que en su país natal— y el primero que ha caído en mis manos, y su manera de explorar de la manera más real, humilde y honesta la muerte, la vida, la depresión, la culpabilidad y las drogas —siempre dentro de un contexto juvenil y generacional— me ha dejado atrapada desde la primera página. Todo esto hace del libro un conjunto tan explosivo que, junto a la fluidez del relato y la perfecta caracterización de los personajes, solo podrás amar u odiar. Y, en mi caso, ya me ha enamorado.

           Hurra empieza con el suicidio de Ellen, la hermana e hija pequeña de «una familia con un largo historial de desajustes químicos cerebrales». A partir de ese momento, sus hermanos Dan y Adam; Saskia, la mejor amiga de Ellen y el amor platónico —en ocasiones, real— de Dan, y sus padres luchan por intentar aceptar, superar y, sobre todo, comprender ese hecho, a la vez que intentan darle sentido a sus vidas o, más bien, soportar esa carencia de sentido que a todos nos rodea. Este duelo lo intentan sobrellevar de la manera más humana posible: con drogas, alcohol y una intensa necesidad de respuestas. Al encontrarse en una vorágine sin final de venganza, culpabilidad y desesperación, la primera parte del libro termina —Trae los martillos— para dar paso a la segunda —No hay tiburones—, en la que Dan, Adam y Saskia se embarcan, junto a las cenizas de su hermana y amiga, en un roadtrip por Europa como vía de escape que, en realidad, ni pone fin a nada ni da respuestas a sus preguntas. Sin embargo, aunque nada cambie, empiezan a adquirir la certeza de que, como su madre decía, «no se puede ver la luz sin oscuridad».

           Si este libro duele es por cómo trata las cosas más humanas y dolorosas: el suicidio y la intensa necesidad de encontrar respuestas al respecto; el lado más frágil de una familia que está rota y qué hacer para unirla; la depresión y de qué manera huir de ella y del hecho de que el mundo —o al menos este plano en el que vivimos— es decadente y carente de significado; la juventud y su incapacidad para hacernos comprender cómo debemos actuar y si somos adultos o niños; el sexo y sus malas decisiones, y el amor, junto a su requisito de querer llevarnos a la persona querida a un lugar mejor donde nada duela. Todos estos temas confunden y hunden de tal forma a los personajes de esta novela que, por ese mismo motivo, se dejan comer por la decadencia y el “aquí y ahora”.

           Durante la mayor parte del relato de Hurra, todos los personajes viven sin importarles el futuro inmediato, en el presente más duro y cruel que les lleva a la más absoluta autodestrucción. Pero para el narrador, Dan, las cosas empiezan a cambiar poco a poco en cuanto Saskia entra en su vida. Y es que si hay algo que puede hacer olvidar la tristeza innata a la vida es el amor. Esa sensación de querer llevar a la persona amada a otro plano mejor, menos ridículo y menos doloroso, en el que no «existan cosas tan patéticas como la pasta de dientes, los zapatos ortopédicos y los caniches diminutos», por poner un ejemplo frívolo de la tontería que es la vida. Y es ese deseo el que, poco a poco, va haciendo que Dan y que los demás personajes vuelvan a tomar contacto con la realidad y puedan llegar a comprender que esa oscuridad y patetismo de la vida quizás ayuda a ver lo demás con más luz.

         Ben Brooks describe a la perfección el sentimiento de pérdida y de dolor, de una forma tan dolorosa, directa, deprimente y tan contundente que te hunde en la miseria para resucitarte poco a poco y volver a darte ganas de buscar algo que ilumine —lo suficiente como para no acabar como Ellen, aunque sea— las penumbras. Y si lo describe a la perfección es porque no se para en dar consejos de autoayuda o de mentirnos con el lado bueno de las cosas sino que, simplemente, nos transmite la verdad: que la gente está rota, que la muerte no se supera y que el mundo es una mierda, sí, pero recordando como consuelo que «el mundo solo acaba cuando desapareces y cuando desapareces no estás para ver el fin del mundo». Hurra te deprime sobremanera desde la primera página, pero el relato te ata y te engancha por eso, por esa honestidad y realidad que hay en lo peor de lo peor, en esa oscuridad que te hace sentir hasta desgarrarte, sin poder parar.

           Pero Hurra no solo es una historia bien contada y dolorosa que te hace sentir sino que, además, también pertenecen a ella unos personajes sublimes y perfectos que, aunque no hagan más que equivocarse y tirarse al vacío, te llegan dentro, muy dentro, precisamente porque los notas tan reales y humanos como cualquiera de nosotros. Asimismo, además de por su excepcional ágil, llano y tajante estilo de escritura, Ben Brooks nos recuerda con sus personajes a Salinger y a las deprimentes historias de la familia Glass, siendo Dan, Adam, Ellen y Saskia un batiburrillo de todos ellos. Es algo tan obvio que, conforme avanza el relato, choca un poco, pero no hay nada de malo en imitar a un grande, sobre todo cuando a Brooks le sale tan bien.

         Este es el primer libro que leo de Brooks, pero continuaré, sin dudarlo. Porque su manera de escribir tan dura pero sensible, tan escatológica pero cuidada y tan hilarante como seria y contundente me ha dejado prendada. No se equivocan cuando dicen que Brooks es la voz de una generación perdida y rota porque, pese al hipsterismo impostado que muchos pueden ver en él, yo, que pertenezco a esta triste generación, me quito el sombrero y le felicito por lo bien que sabe definirla y lo muchísimo que transmite. Quiero más Ben Brooks, quiero seguir sintiendo asco, risa, tristeza y amor a partes iguales. Quiero frivolizar la decadencia que nos rodea porque, al fin y al cabo, no nos queda otra cosa y Brooks lo sabe bien.

           Por eso mismo, Hurra por Ben Brooks. Hurra por el mundo, que es una mierda. Hurra por emborracharte cada día. Hurra por la hermana que se tiró de un aparcamiento. Hurra por todas esas Saskias que nos hacen olvidar. Hurra por nuestras imperfecciones. Hurra por todos esos planos mejores en los que no vivimos. Hurra por la decadencia y por no tener ganas de vivir. Hurra por sentirnos comprendidos. Hurra por Ben Brooks otra vez: que nos siga deleitando mucho más.

NOTA: 5/5

Almudena Grandes – Castillos de cartón

Había pasado mucho tiempo, pero a ninguno de los tres se nos había olvidado que Jaime y yo, solos, no llegaríamos nunca a ninguna parte.

castillos-de-carton            Si hay un tema que es común en la historia de la literatura es la intensidad, la inocencia, la emoción y los miedos del primer amor. Sin embargo, en Castillos de cartón (2004, Tusquets), Almudena Grandes se atreve a tratarlo de una manera diferente: el dos deja de ser el número del amor para dar paso al tres, el poliamor, la pasión en una trieja sin poder excluir a ninguno de sus miembros. Este es un libro que, además de poder leerse de una sentada por su fluidez del relato, nos hace evocar los recuerdos más bonitos de nuestras vidas, aunque no hayamos vivido con exactitud los sentimientos que la protagonista narra a lo largo de la obra. Y que una obra consiga meterse tan dentro es siempre un placer.

            La protagonista y la encargada del relato es Jose, quien, al principio, recibe una llamada de Jaime informándola de que Marcos se ha suicidado. A partir de ese momento, intenta recordar en un flashback que dura la mayor parte del libro su relación —atípica, intensa, especial y única— con ambos. Jose, Marcos y Jaime eran jóvenes, estudiaban Bellas Artes y compartían un amor en común y recíproco, pero también el amor por la belleza, el arte, el sexo, los porros. El hilo que les unía a los tres se debía a que amaban como compartían: sin dejar nada sin dar, sin explorar o sin recibir. Y pese a que sus personalidades fuesen diferentes, en esa época dorada de blancos o negros, el tres era un número único, conjunto pero individual.

            Así pues, en Castillos de cartón no solo se trata el amor sino también la ambición. El fin de esa juventud no solo supuso el fin de ese amor sino la resolución de que, a veces, la vida adulta y real no puede cumplir las expectativas que teníamos en cualquier terreno cuando éramos más jóvenes. Por eso, pese a que los tres compartían el deseo de triunfar en el campo artístico, ninguno vio su vida completa como les habría gustado: Jose se rindió con su sueño y acabó montando una galería; Jaime, el perfecto dibujante, terminó como profesor en un colegio de Valencia, y Marcos, pese a ser el único triunfador en el arte, vivió un trágico final.

            Pero lo que importa no es qué pasó después, pues damos por sentado que la vida no ayuda a que tus sueños o deseos se cumplan al completo, sino qué pasó en ese momento y por qué fue tan importante. Almudena Grandes, a través del esfuerzo de Jose por recordar, nos pone las cartas sobre la mesa. Y nosotros las vemos, las vemos y experimentamos el dolor y la felicidad de la protagonista al querer tanto que duele o, incluso peor, al recordar algo tan profundo, tan único, que ahora duele. Aunque no hayamos vivido ese amor o esa especial trieja, Almudena Grandes, con una fluidez increíble en su relato y un mundo bien perfilado, tan simple como complejo, nos hace daño —pero ese daño que nos gusta sentir porque está lleno de emoción— y nos hace desear con nostalgia ese “algo” que estuvo ahí, que en su momento fue todo y que ahora no es nada.

            He de reconocer que este es mi primer libro leído de Almudena Grandes, que posiblemente los tendrá mucho mejores, que puede que falte un pelín de profundidad en los personajes —ojo, pero no en las emociones, que están bien descritas—, pero Castillos de cartón está bien escrito, tiene una perspectiva nueva y, además, te hace sentir. No solo el amor de ese momento o el dolor de que se haya acabado y solo pueda ir a peor sino, también, la decepción que viene junto a la certeza de que no habrá una época mejor y no habrá un amor igual. Y es que, Almudena Grandes y Jose tienen razón: «Había sido demasiado amor, tanto como el que yo podía dar, más del que me convenía. Fue demasiado amor. Y luego, nada».

            De este modo, Almudena Grandes nos duele en un libro que no es novedad pero lo parece, en un libro que parece de lectura ligera pero que está tan bien contado que, al terminar sus páginas, el recuerdo, el amor, y el dolor de la protagonista deja rastro en nosotros como lectores. Y además, ayuda a visibilizar y a comprender el profundo amor dentro de una pareja a tres y el miedo de no ser sin el otro, pero sin el otro tampoco. Y, pese a haber sido escrito en 2004, sigue siendo igual de necesario en 2017 entender, amar y respetar.

            Así que si nunca habéis leído a Almudena Grandes y queréis empezar: esta es la mejor elección. Y si sois tan románticos y nostálgicos como yo, mejor. Y recordad: aunque todo se acabe, siempre queda algo más, aunque sea en la literatura.

NOTA: 4/5

Jon Bilbao – Estrómboli

Aliviaba su presión, indiferente a las fotografías de los excursionistas y las exclamaciones de asombro y toda aquella cháchara.

9788416542369.jpg            La pregunta que cualifica la condición humana por excelencia es hasta dónde podríamos llegar estando inmersos en la desesperación. Y es esto, la condición humana más profunda —e, incluso, repulsiva en algunos casos pero no por ello menos real—, de lo que versa Estrómboli (2016, Impedimenta). En este libro, Jon Bilbao, ingeniero y escritor desde 2006, intenta penetrar en la humanidad más bochornosa a través de ocho sencillos pero potentes relatos.

            Entre dichos relatos, destacaría el que da el pistoletazo de salida, Crónica de mi último verano. En él, se narra la historia de una pareja que se muda a los Estados Unidos de modo que la chica pueda continuar investigando para su tesis. El hastío en la relación y un extraño incidente que envuelve a un motorista maleante oliendo las bragas de la novia del chico llevan a este último hasta su límite más doloroso. También, en Una boda en invierno, uno de los más excelentes y paradigmáticos de toda la compilación, una boda se adelanta a invierno por el posible próximo fallecimiento de la madre de la novia. Sin embargo, el misterio de una casa ruinosa donde dos mendigos murieron se vuelve la guinda del pastel, así como el final tan sublime que nos enseña que las apariencias engañan y que no hay nada más fuerte que los sentimientos. Por otro lado, y con un toque bastante más cómico, Avicularia avicularia trata sobre un hombre con aracnofobia que se ve obligado a comerse una araña en televisión para conseguir remontar su situación económica familiar, pero la pregunta de si ha merecido la pena pasar por su fobia para eso le inquieta cada segundo. Y cómo no, por último, el relato que da nombre a la colección y que, a su vez, junta a todos en uno: Estrómboli. Un hombre y su amante van a una inhóspita isla italiana a intentar sacar de la depresión y el aislamiento al hermano del primero. Ahí, el desengaño y el dolor entrarán en erupción y Bilbao se sirve de ello para poner fin al conjunto de relatos más coherente, divertido y, a la vez, doloroso que he leído por parte de un autor vivo.

            Todos estos cuentos, aunque de diferente índole, reúnen una característica principal: hasta dónde podemos llegar por hastío, amor, desengaño, vacío y aburrimiento y cuál es límite de nuestro autocontrol. Para ello, Bilbao exagera la cotidianeidad sin perder esa realidad con la que nos podamos identificar, añadiendo toques tanto cómicos como desagradables. Todo esto es tratado sin complejidades, con un lenguaje sencillo pero poderoso y dinámico. Conforme pasas cada página de cada relato, más acabas formando parte de él, enganchado completamente a la extraordinaria forma que tiene Jon Bilbao de contar historias y deseando que sus finales sean eternos, aun sabiendo que son justo como tienen que ser.

            Cada pequeño detalle dentro de la narración —los lugares, los acontecimientos y los pensamientos de los personajes— está tan bien puesto que, en cierto punto, te olvidas de que en realidad estás leyendo palabra tras palabra y la historia sucede en tu cabeza nítidamente como si fuese una película.

            Es verdad que es el primer libro de Jon Bilbao con el que me cruzo, pero todo lo que he encontrado de forma técnica en Estrómboli —el lenguaje tan dinámico y esa forma de narrar que tiene que te abduce, te entretiene sobremanera e, incluso, te acaba doliendo— como de forma temática me lleva a querer devorar más y más cosas suyas.

            No todo el mundo sabe describir tan bien lo más oscuro de la mente humana de forma cómica, sorprendente, desgarradora y, sobre todo, original. Pero en Estrómboli eso ocurre, y qué mejor manera de agradecerlo que leyéndolo.

NOTA: 4/5

Karl Marx y Friedrich Engels – El manifiesto comunista

ac78bee96d0ceeac552e0c8780bc4822            Hoy vengo a hablaros de El manifiesto comunista de Karl Marx y Friedrich Engels. Sin embargo, por primera vez no voy a tratar el contenido del libro en cuestión sino más bien su forma. En mis manos tengo la preciosa edición de este famoso texto que salió a la luz en 2012 por parte de la editorial Nórdica.

            La importancia de El manifiesto comunista, publicado originalmente en 1848, para la historia de la política, economía e, incluso, de la literatura es indiscutible, independientemente de que haya quienes estén de acuerdo con las premisas tratadas en el texto y haya quienes que no lo estén rotundamente. Sin embargo, en la actualidad es, sin duda, necesario acercar este texto tan sumamente valioso al público joven que no ha vivido las circunstancias políticas necesarias como para interesarse por él.

            Firmemente opino que Nórdica, con esta edición, ha conseguido —o, al menos, ha puesto todo de su parte y se nota— rejuvenecer este gran clásico para hacerlo, de este modo, más atractivo. Y se nota tanto en el extremo cuidado que le han puesto a la edición como en las sublimes ilustraciones de Fernando Vicente que acompañan al texto.

            Supongo que a muchos les dolió el pensar que podrían hacer una edición ilustrada de El manifiesto comunista y, aunque quizá la mera idea pueda sonar extraña, una vez tienes en tus manos el libro lo entiendes. La belleza que las magníficas ilustraciones dan al texto en sí es irrefutable y, además, original, y que exista originalidad a la hora de editar uno de los libros más leídos por todo el mundo es lo que hace a editoriales como esta en cuestión —Nórdica— especiales.

            El manifiesto comunista es, además, uno de esos libros que jamás envejecen: el retrato de la sociedad capitalista y de la lucha entre las clases obrera y burguesa también sirve para la actualidad, pese a que haya pasado más de un siglo. Así que tanto si os apasiona ideológicamente y nunca lo habéis leído como si queréis leerlo por su gran valor dentro de la historia política y económica, esta edición ilustrada y modernizada será, sin duda, de vuestro agrado visual e intelectual.

1338982544_989386_1338982785_album_normal
Una de las ilustraciones de Fernando Vicente.

Jenny Offill – Departamento de especulaciones

Ningún joven sabe el nombre de nada.

arton1572.jpg            Guardo mucho respeto hacia la calidad literaria de los libros publicados en la editorial Libros del Asteroide. Por eso, de vez en cuando me dejo guiar por ese amor a primera vista que me provocan algunos libros y me lanzo a alguno de los suyos. Departamento de especulaciones (2016, Libros del Asteroide), de Jenny Offill, ha sido uno de ellos, pero no uno cualquiera. Da gusto encontrarse con libros así por sorpresa, libros que te hacen sentir viva, sentir cada una de las cosas que la protagonista siente. Es un libro provocativo que parece un ejercicio de curación tanto como para la protagonista como para la autora misma. Pero es, sobre todo, precioso, tanto que te rompe el corazón, como el amor, como la mayor parte de las cosas buenas en la vida.

            El relato del libro se estructura en tres partes, a través del esfuerzo de la anónima protagonista por echar la vista atrás e intentar recapitular cómo empezó todo, qué es lo que fue mal y cómo ha llegado a donde está, principalmente en el terreno amoroso-doméstico. En la primera la observamos desde un campo individual, comprendemos sus deseos de triunfar como escritora y artista así como su odio por aquellas personas comunes, aquellas que carecen de ambición o que van a yoga. Pero entonces se enamora y, con ese amor que te impide ser racional y que solo te deja que le sigas sin rumbo, llega la inevitabilidad de renunciar a la ambición, a la individualidad o al deseo de ser excepcional. Su vida, que ahora gira alrededor de su amor incondicional, tanto hacia su marido como a su hija, la lleva a salirse del plan, a cambiar la órbita gravitacional de sus deseos. Sin embargo, conforme van surgiendo problemas en el hogar —«deja de escribir te quiero» le escribe su hija en una nota— se empieza a lamentar de su vida artística perdida y se pregunta por qué «algunas mujeres hacen que parezca facilísimo eso de renunciar a la ambición». Casi sin previo aviso, se ha convertido en una de esas mujeres a las que odia, y esa evolución doméstica, así como los problemas que surgen en su relación sentimental, nos lleva a la tercera parte: una severa depresión causada por el exceso de lo cotidiano, de lo doméstico; por el intenso aislamiento que siente del resto.

            Offill penetra perfectamente con este libro en lo más hondo de la condición humana, en ese deseo de amar con miedo a entregarse del todo, en los temas más comunes pero más reales y dolorosos de la vida: el paso de la intensa felicidad y satisfacción a la depresión, del amor al desamor, del compromiso a la infidelidad y de la ambición profesional a la monotonía de lo doméstico. Y es que el amor es así: adorar a la otra persona, sentir que está por encima de todo, y desear intensamente que sientan lo mismo por ti.  El amor es una apuesta obligatoria de la que no te puedes escapar cuyo mayor premio no es ganar sino disfrutar del mejor camino. «Cuesta creer que el amor haya llegado a parecerme un asunto tan frágil», reconoce la autora. Y es que, a través de su ejercicio de introspección, ha descubierto que el amor no es solo precioso y magnánimo sino que se puede romper por el menor paso en balde, que puede albergar tanto todo lo bueno como todo lo malo en la vida y que, pese a ello, merece la pena.

            Departamento de especulaciones es un libro en el que su mayor protagonista es la realidad subrayada de lo común y cotidiano, con sus cosas dolorosas y asquerosas pero también con sus cosas bonitas que dan sentido a la vida. ¿Lo mejor de todo? Que no solo el mensaje se transmite bien y llega directo al lector sino que, además, está bien formulado y bien escrito. El relato consta de párrafos cortos con un lenguaje muy llano, identificados como los abruptos —a veces emotivos, a veces cómicos pero siempre honestos— pensamientos de la protagonista, lo cual ayuda a que la lectura enganche, fluya y se haga corta, pese a que la queramos disfrutar más y más. Además, el anonimato de los personajes ayuda a que el relato sea tan universal como los temas de los que trata. Y el cambio que hace de narrador en cada una de las tres partes, pasando de la primera persona del singular, a la tercera persona del singular para terminar en el plural es una elección sublime para señalar la evolución del personaje y su preocupación por la pérdida de su individualidad.

            Puede ser que Offill tenga razón al escribir que «parece que la verdad acerca de envejecer sea que cada vez haya menos cosas de las que una pueda reírse», pero tanto la protagonista como ella misma parecen haber conseguido mantener un resquicio, aunque sea, de esa luz que, según los místicos, se desvanece con la edad. Offill ha conseguido crear un libro que no solo gusta sino que encanta y enamora como si no existiese otro más.

            Y si Rilke tenía razón al decir que «la obra artística siempre es el resultado de haber estado en peligro»: enamorémonos, apostemos sin ninguna seguridad, lancémonos a precipicios y, no solo habremos exprimido cada posibilidad que la vida pueda ofrecernos sino que, quizás, alguien podrá seguir creando obras tan perfectas como esta.

 NOTA: 5/5

Mircea Cãrtãrescu – Lulu

Antes de salir, he empañado tu imagen y he escrito con el dedo sobre el espejo:
DESAPARECE.

9788415130192.jpg            La literatura rumana es un campo sin explorar —a mí parecer, al menos no lo suficiente— y cuando se descubren obras como Lulu (2011, Impedimenta), de Mircea Cãrtãrescu, una se pregunta el porqué. Lulu es un libro que trata de cómo Victor, escritor en su treintena que goza de una aceptable fama, recuerda sus vivencias con Lulu en un campamento de verano en el que vivió parte de su adolescencia. A través de ese esfuerzo por comprender su propia psique, Cãrtãrescu nos mantiene inmersos muy adentro, en lo más profundo del oscuro subconsciente de Víctor, llegando a apasionarnos al mismo nivel que incomodarnos.

            Esta novela es una especie de bildungsroman contado por el propio artista en crecimiento, un poco en la línea de Retrato del artista adolescente, de James Joyce. Sin embargo, no es un bildungsroman común al tratar la difícil relación dual entre lo femenino y lo masculino dentro del mismo individuo y esa androginia que el protagonista niega a aceptar en sí mismo. Conforme avanza el relato de su experiencia en dicho campamento de verano, nos empezamos a preguntar hasta qué punto sus oscuras e intrigantes pesadillas con Lulu, la araña que le absorbe las vísceras o la ninfa con órganos sexuales masculinos, entre otras, son en realidad una expresión, por parte del subconsciente, de sus traumas reprimidos que niega a aceptar y expresar. Esta dualidad andrógina que Víctor vive, poco a poco, empieza a ser comprendida tanto por él como por los lectores hasta llegar a aceptar por sí mismo que  «debe ignorar los falsos túneles del amor sexual y debe volver hacia sí mismo, ser hombre y mujer al mismo tiempo y hacer el amor consigo mismo en la soledad animal de su palacio cerebral».

            «Qué curiosa mezcla de desprecio y adulación sentía por aquellos que, sublimes-imbéciles, mecían a las chicas en la oscuridad de la discoteca, moteada de luces de colores!», reconoce Víctor a pocas páginas del principio de Lulu. Y es que, pese a la aceptación final de su identidad y de sus traumas reprimidos, todo ello le lleva a sentirse aislado de la sociedad, sintiendo una mezcla entre admiración y repulsión hacia aquellos que no viven su misma lucha.

            A través de la presencia de uno de los recursos más recurridos de la literatura —aunque no por ello resulta menos satisfactorio cuando se hace bien—, el doppelgänger, Víctor se sirve de eso y del relato que dirige a él mismo para llevar a cabo un proceso de redescubrimiento de su propia identidad. Asimismo, la presencia del narrador en esta obra es fundamental y única, así como el fluir de su propia consciencia para, así, conseguir llegar a ese fin y, además, mantenernos en tensión por saber a qué se deben sus obsesiones, pesadillas y, de este modo, comprender nosotros su propio subconsciente también al mismo ritmo que él.

            Sin embargo, si tuviese que destacar algún fallo  —por mínimo que sea— a Lulu sería que tanta pomposidad, tanta descripción pormenorizada, tanta adjetivación y tanto despliegue de un registro lingüístico muy elevado y exuberante abruman e imposibilitan un poco la fluidez de ese fluir de consciencia que podría resultar tan llevadero como sublime.

            Con lo bueno y con lo malo, Lulu es una obra de arte que recuerda a La Metamorfosis  —no es casualidad que sea libro de cabecera del propio Víctor—, a esa sensación de extrañeza y de aislamiento del otro, cambiando, por supuesto, al insecto por un travesti.

            Cãrtãrescu escribió y publicó Lulu en 1994 y todavía a 2016 me sigue pareciendo muy valiente y muy necesario producir y leer obras como esta, que intentan explicar —mediante una genial técnica en este caso— el infierno por el que pasa una persona que siente presencia de otro género diferente al que la sociedad le impuso dentro de sí misma. Y, además, rezuma originalidad y un tono melancólico que te acaba atrapando desde el principio hasta el final. Qué mejor.

NOTA: 4/5

Lucía Etxebarria – Más peligroso es no amar

La cuestión es que lo que ya ha llegado probablemente no va a esfumarse mágicamente, no va a volverse a la situación anterior. El poliamor está aquí para quedarse.

9788403515710.jpg          Si algo está claro es que vivimos en una sociedad hipócrita con valores contradictorios. Para ello, es un placer que existan personas como Lucía Etxebarria que se atrevan a analizarlos, a hablar de ellos y, sobre todo, a dar a conocer otra posible realidad que es más común de lo que nos pensamos. De esto, de las diferentes formas de amar y relacionarse en nuestros tiempos y del poliamor en concreto trata Más peligroso es no amar (2016, Aguilar), el último libro de Lucía Etxebarria que nos sumerge en esas otras formas de vivir y de amar —no por ello menos o más válidas que las normativas— a través de unos testimonios tan reales como amenos.

          Muchos creen o muchos argumentan —y seguirán argumentando— que, tomando como ejemplo España o cualquier otro país occidental, nuestra sociedad es, en un alto porcentaje, tolerante y abierta. Y es verdad que podemos casi asegurar que la mayoría de las personas ya no se escandalizan cuando ven parejas del mismo sexo o cuando ven a una madre soltera por propia decisión, por ilustrarlo con algún ejemplo. Poco a poco, hemos ido introduciendo —¡y cuánto nos ha costado!— ciertos valores positivos de respeto y aceptación en cuanto a otras formas de vida se refiere. Sin embargo, no debemos quedarnos ahí. Debemos señalar las problemáticas discriminatorias que suceden día tras día y debemos seguir luchando por no solo conseguir la completa regularización e igualdad de las personas del colectivo LGTBIQA+ sino, también, por aquellas maneras de amar y de relacionarse los unos con los otros que todavía luchan por ser aceptadas en los ambientes más abiertos y liberales. Este es el caso del poliamor —para quien no esté muy ducho en el tema en cuestión: según la Wikipedia, «un neologismo que significa tener más de una relación íntima, amorosa, sexual y duradera de manera simultánea con varias personas, con el pleno consentimiento y conocimiento de todos los amores involucrados»—, que lleva combatiendo desde bastante tiempo para hacerse un hueco dentro de esos ámbitos que poco a poco se van aceptando y normalizando.

          Indudablemente, en Más peligroso es no amar el gran protagonista es la figura del poliamor y todos aquellos relatos, incluido alguno de la propia autora, que ayudan a hacernos comprender y empatizar. Sin embargo, no es el único. En este ensayo literario —más adelante os explicaré el porqué de añadir la palabra «literario»—, se tratarán cuestiones tan gravemente presentes diariamente en nuestras vidas como el machismo, la superficialidad, la creencia en el amor romántico como absoluto o el uso de las redes de contactos para ligar y su diferenciación según la orientación sexual. Quizás la sociedad no es tan perfecta, quizás hay que hacer algo para cambiar el hecho de que las excesivas relaciones sexuales por parte de una mujer estén tan mal vistas mientras los hombres son contemplados como héroes en las mismas circunstancias. O la terrible importancia que se le da al físico frente a cualquier otra característica, por ejemplo, intelectual. O la supremacía del sexo, de la atención al deseo, por encima de lo afectivo y sentimental. O esta construcción de género tan ridícula que nos dice que somos menos mujeres si no nos maquillamos y los hombres, menos hombres si lo hacen. Por todos estos valores que hemos adquirido obligatoriamente y que merecen una renovación y con el fin de alimentar nuestro espíritu crítico y ser personas más concienciadas, respetuosas y tolerantes, era necesaria la creación y la publicación de este nuevo libro de Lucía Etxebarria.

          De manera muy acertada, decía Zygmunt Bauman en Sobre la educación en un mundo líquido (2013, Paidós) que vivimos en una sociedad de modernidad líquida, es decir, en «una civilización de excesos, redundancia, desperdicio y eliminación de desechos». Esto significa que todas nuestras relaciones afectivas y personales, del mismo modo como nos vinculamos con las cosas materiales, se basan en un «aquí y ahora», en una necesidad instantánea e imperante pero, al fin y al cabo, perecedera. Por esta misma razón, dichas relaciones son otra cosa más que entra en el ámbito de lo frágil y provisional. Se nos enseña desde que somos pequeños el concepto del amor romántico como aquel lleno de deseo e intensidad emocional y sexual y que, en el caso de que eso acabe, debemos buscar otra cosa que nos llene de ese intenso sentimiento desprovisto de razón a lo que nosotros llamamos «amor». Todo esto mientras se nos obliga a creer en aquel amor para toda la vida que, por supuesto, tiene que reunir dichas características.

          En palabras de la misma Etxebarria, «nos educan con la idea de que el amor puede con todo y no es verdad; no lo justifica todo» y, en ocasiones, «la pareja no funciona porque en demasiados casos se construye sobre una extrema dependencia poco compatible con la individualidad, la libertad o la autonomía, o desde preceptos excesivamente románticos o ideales». Es decir, estos ideales tan excesivamente románticos con los que crecemos desde pequeños chocan con la realidad de que, con el paso del tiempo, el amor evoluciona, la atracción hacia otras personas es inevitable y, a veces por culpa de ello, ese deseo suele romper los lazos amorosos y de confianza que tenemos con nuestra pareja actual.

          Antes de nada, dejemos claro que para algunas parejas sí que funciona la monogamia y están a gusto sin llevar a cabo esos deseos o, simplemente, no los sienten, pero sí que es verdad que, dada la extrema concurrencia de infidelidades en las parejas de todas las orientaciones sexuales, se podría asegurar que lo anteriormente narrado es un hecho que necesitamos solventar. Y no creáis que es fácil darse cuenta de ello. Incluso para mí, que soy una romántica tradicional —de estas que creen en el amor de las películas, ese tan intenso que tiene que ser para siempre— a pesar de que mi orientación sexual no entre dentro de la norma, ha sido realmente doloroso llegar a esta realidad que cuadra en todas las relaciones que he tenido y en todas las que he conocido en los demás. Y porque, quizás, simplemente sea necesario darle una vuelta a las cosas e intentar introducir un ápice de razón en nuestras relaciones amorosas, y, para ello, es imperante leer cada página de Más peligroso es no amar.

          En cuanto a la parte más formal de este libro, he de decir que, pese a ser un ensayo, considero el lenguaje muy cercano al lector aunque existan muchas referencias históricas, actuales o filosóficas. En muchos libros de ensayo, el escritor se sitúa por encima del lector, intentando instruirnos con su ingente sabiduría, y eso hace que sea difícil seguir el relato. Sin embargo, este no es el caso. Gracias al estilo literario que derrocha Lucía Etxebarria, nunca deja de perder el ritmo y la diversión página tras página —de hecho, prometo que me pasé dos paradas en el metro al estar tan inmersa en la lectura—. Más peligroso es no amar no es un libro ostentoso, es un libro honesto que abre la mente pero no solo eso: además, es divertidísimo.

     En definitiva, «muchas veces no tomamos conciencia de cómo vivimos y permanecemos dentro de nuestra zona de confort emocional, creyendo que a pesar de todo estamos bien, que los cambios no tienen sentido, que todo aquello conocido para ti y a lo que estás acostumbrado ya te vale». Lo desconocido duele y da miedo y los cambios, más si cabe, pero, si este es vuestro caso, comprad este libro porque no estáis solos. Y si no lo es, es del mismo modo necesario porque nunca viene mal una dosis de tolerancia, aceptación y realidad. Y recordad que más peligroso, siempre, es no amar.

NOTA: 5/5